Jo Nagai no comenzó su investigación dentro de un laboratorio universitario. Todo surgió en su casa de Kobe, Japón, mientras criaba mariposas cola de golondrina y observaba qué ocurría cuando llegaba el momento de liberarlas.
Algunas no se marchaban inmediatamente. Revoloteaban cerca de él e incluso parecían regresar después de alejarse. Nagai, que entonces cursaba segundo de primaria, empezó a hacerse una pregunta bastante más compleja de lo que sugería aquella escena: ¿podían reconocer algo aprendido cuando todavía eran orugas, pese a haber atravesado una metamorfosis completa?
La duda terminó conectándolo con Martha Weiss, entomóloga de la Universidad de Georgetown especializada en aprendizaje y comportamiento de insectos. El niño encontró uno de sus estudios en internet y le envió una carta manuscrita de cuatro páginas desde Japón. Aquella correspondencia acabaría convirtiéndose en una colaboración científica mantenida durante varios años.
Todo comenzó con un experimento que ya había desconcertado a los científicos en 2008

La investigación que llamó la atención de Nagai había sido publicada por Weiss, Douglas Blackiston y Elena Silva Casey en 2008. En ella, los científicos enseñaron a orugas de la polilla Manduca sexta a relacionar un olor concreto con una pequeña descarga eléctrica.
Cuando las orugas completaron su metamorfosis, las polillas adultas continuaron evitando aquel olor. El equipo descartó que la reacción se debiera simplemente a residuos químicos adheridos a las crisálidas, lo que indicaba que alguna parte de la asociación aprendida había sobrevivido a la profunda reorganización del sistema nervioso.
La metamorfosis transforma músculos, órganos sensoriales y buena parte del cerebro del insecto, pero no implica que toda su estructura nerviosa desaparezca y vuelva a construirse desde cero. Algunos circuitos y neuronas larvarias pueden conservarse o integrarse en el cerebro adulto, una posible vía para explicar por qué determinados aprendizajes logran cruzar la fase de crisálida. El mecanismo exacto, sin embargo, continúa abierto a debate.
Weiss pensó inicialmente que repetir aquella prueba en una vivienda sería demasiado complicado para un niño de primaria. Le propuso estudiar algo más manejable, como el aprendizaje de colores. Nagai insistió: no quería abandonar la pregunta que había puesto en marcha todo el proyecto.
Convirtió su casa en un laboratorio y enseñó a las orugas a temer la lavanda

Nagai adaptó el experimento a los recursos que tenía disponibles. Sustituyó el compuesto empleado por el equipo de Georgetown por aceite de lavanda y utilizó un pequeño dispositivo doméstico de electroterapia para aplicar una estimulación leve mientras las orugas percibían el olor.
El sistema incluía ejemplares entrenados y un grupo de control. Después de la metamorfosis, las mariposas debían elegir entre dos caminos: uno asociado a la lavanda y otro acompañado por una bebida azucarada. Los animales que habían recibido el entrenamiento durante su fase larvaria evitaron con mayor frecuencia el olor, un resultado coherente con la conservación del aprendizaje.
Nagai enviaba sus procedimientos, observaciones y resultados a Weiss, que revisaba el trabajo desde Estados Unidos. En una de las fases analizadas conjuntamente participaron 44 insectos y la diferencia respecto a una elección completamente aleatoria resultó estadísticamente significativa, según la reconstrucción del proyecto realizada por el pódcast Signal Hill y difundida posteriormente por Radiolab.
El resultado ya era llamativo: una experiencia adquirida por una oruga parecía seguir influyendo sobre el comportamiento de la mariposa adulta. Pero Nagai decidió añadir una segunda pregunta. En lugar de volver a entrenar a las nuevas orugas, crió descendientes de las mariposas sometidas al experimento y comprobó cómo reaccionaban ante la lavanda.
También ellas mostraron una tendencia a evitarla, pese a no haber recibido las descargas asociadas al olor. En otras palabras, el efecto del aprendizaje de los progenitores parecía haber alcanzado a la siguiente generación.
El experimento no demuestra todavía que heredemos recuerdos como si fueran archivos

Hablar de «recuerdos heredados» resulta irresistible, pero necesita un matiz importante. Las nuevas mariposas no estarían recordando conscientemente un episodio vivido por sus padres. Lo que podría transmitirse es una predisposición biológica a responder de determinada manera ante un estímulo.
Una posible explicación se encuentra en la epigenética: cambios químicos capaces de modificar la actividad de ciertos genes sin alterar directamente la secuencia del ADN. También podrían intervenir señales maternas, sustancias presentes en los huevos u otros mecanismos que todavía no han sido descartados. Para distinguir entre estas alternativas harán falta experimentos más amplios, controles adicionales y reproducciones independientes.
El trabajo tampoco había sido publicado todavía en una revista científica cuando se contó públicamente la historia. Weiss y Nagai estaban preparando un artículo para enviarlo al Journal of the Lepidopterists’ Society, por lo que sus conclusiones deben entenderse como resultados preliminares y no como una demostración definitiva de herencia transgeneracional.
Eso no reduce lo extraordinario de la historia. Nagai comenzó observando que sus mariposas tardaban en marcharse y terminó planteando una pregunta que toca algunos de los grandes misterios de la biología: dónde se guarda una experiencia, cómo consigue sobrevivir cuando el cuerpo se transforma y hasta qué punto la vida de una generación puede alterar el comportamiento de la siguiente.
Su experimento aún necesita pasar por los filtros habituales de la ciencia. Pero ya ha demostrado algo difícil de discutir: las preguntas importantes no siempre comienzan en un gran laboratorio. A veces aparecen cuando un niño abre la mano, libera una mariposa y se pregunta por qué todavía no quiere irse.