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Tecnología

Lleva 53 años sin mover los brazos, tiene seis chips en el cerebro y acaba de grabar una canción: la historia del hombre que hace música solo con sus pensamientos

Galen Buckwalter, psicólogo de 69 años y tetrapléjico desde los 16, acaba de incluir tonos generados con su actividad neuronal en una canción publicada por su banda. Con seis implantes cerebrales desarrollados por Caltech y Blackrock Neurotech, y un software que traduce el disparo de sus neuronas en frecuencias musicales, Buckwalter no solo toca: compone. Y ya habla de montar una cabina de DJ controlada únicamente por su mente
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Galen Buckwalter tenía 16 años cuando un accidente de buceo lo dejó tetrapléjico. Pasaron 53 años. Hoy tiene 69, seis chips implantados en el cerebro y un álbum con su nombre en los créditos. No como productor ni como letrista: como músico. Los sonidos que aportó a la canción Wirehead, del más reciente disco de su banda Siggy, salieron directamente de las señales eléctricas de sus neuronas.

El caso de Buckwalter, documentado por la revista Wired y desarrollado en colaboración con el Instituto Tecnológico de California (Caltech) y la empresa Blackrock Neurotech, empuja los límites de lo que se entiende por interfaz cerebro-computadora. Estas tecnologías se han orientado históricamente a restaurar funciones básicas como el habla o el movimiento en personas con parálisis grave. Buckwalter les añade una dimensión que los laboratorios rara vez priorizan: la creatividad.

Cómo funciona el sistema que convierte neuronas en notas

Los seis implantes que Buckwalter lleva en el cerebro son arrays de tipo Utah fabricados por Blackrock Neurotech, cada uno con decenas de electrodos capaces de captar la actividad de neuronas individuales. En total, el sistema monitorea 384 canales. Esos canales detectan qué neuronas se disparan, con qué frecuencia y con qué intensidad, cuando el usuario imagina movimientos específicos, como flexionar un dedo o mover el pie hacia arriba.

El software musical fue diseñado por Sean Darcy, estudiante de posgrado del equipo, quien ideó un sistema de traducción directo: cada neurona tiene una frecuencia de disparo basal, y el programa la convierte en un tono musical. Cuando Buckwalter activa voluntariamente esa neurona, el tono sube; cuando la suprime, baja. Así puede producir dos tonos distintos al mismo tiempo. A mayor número de canales que intenta controlar en simultáneo, mayor es la dificultad, de una manera que el propio Buckwalter compara con tocar un instrumento real.

Hay un detalle técnico que hace el sistema especialmente exigente: los electrodos no detectan necesariamente las mismas neuronas cada día. La actividad neuronal varía, y Buckwalter debe encontrar en cada sesión qué neuronas están activas ese día y qué tiene que imaginar para activarlas. Es un proceso de calibración que se repite cada vez que se sienta frente al sistema.

Por qué este caso importa más allá de la tecnología

Las interfaces cerebro-computadora más conocidas, las de Neuralink de Elon Musk, Synchron o Paradromics, se presentan principalmente como soluciones médicas: permitir que personas con ELA o lesiones medulares recuperen la capacidad de comunicarse o de controlar dispositivos. Ese enfoque, legítimo y necesario, deja en segundo plano una pregunta que Buckwalter plantea con su experiencia: ¿qué pasa con la vida más allá de la función?

Buckwalter lleva 29 años siendo miembro de la banda Siggy. La música no es para él una terapia ni un experimento: es parte de su identidad desde antes del accidente. Cuando pudo aportar sonidos generados con sus propias neuronas a una canción real, publicada y disponible para cualquier oyente, no estaba demostrando que la tecnología funciona. Estaba siendo músico.

Sus propias palabras lo resumen con precisión: la restauración es fundamental, pero las personas son mucho más que movimiento y sensación. Y añade algo que debería resonar entre los desarrolladores de estas tecnologías: para que tengan éxito a largo plazo, la gente tiene que disfrutarlas.

El arte neural ya tiene historia, aunque pocos la conocen

El caso de Buckwalter no es el primero en cruzar neurotecnología con expresión artística, aunque sí el más concreto y documentado en el ámbito musical. En 2023, una muestra de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia exhibió obras digitales creadas por personas con implantes cerebrales, entre ellas Nathan Copeland, James Johnson y Jan Scheuermann, todos participantes de distintos ensayos clínicos con interfaces cerebro-computadora.

Esas obras existían como experimentos o como piezas de exhibición científica. Lo que distingue al caso de Buckwalter es que los tonos neuronales que generó forman parte de una canción comercial, en un álbum publicado el 15 de marzo, sin ninguna etiqueta de experimento ni de curiosidad médica. Están ahí simplemente como música.

El siguiente paso: una cabina de DJ controlada solo por el cerebro

Buckwalter y el equipo de Caltech ya trabajan en la siguiente fase: generar pistas musicales completas directamente desde la actividad cerebral, sin ningún instrumento físico ni intermediario. El objetivo declarado es algo que hace apenas unos años sonaba a ciencia ficción: una cabina de DJ operada exclusivamente con la mente.

El camino es largo y los desafíos técnicos son reales, empezando por la variabilidad diaria de las señales neuronales. Pero la motivación es concreta. Como dice el propio Buckwalter, poder hacer cosas totalmente únicas es lo que lo impulsa a levantarse cada mañana. Y ese impulso, sostiene, es exactamente lo que los desarrolladores de neurotecnología necesitan entender si quieren construir tecnologías que la gente realmente quiera usar.

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