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Ciencia

Lo que el océano esconde: Microplásticos hallados hasta en la fosa más profunda del planeta

Un análisis global revela la dimensión real de la contaminación plástica en el mar: microplásticos flotan, se hunden, viajan por miles de kilómetros y ya están alterando el ciclo del carbono desde la superficie hasta las fosas más oscuras. Y lo peor es que aún no sabemos qué consecuencias traerá.
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El plástico se ha infiltrado en los océanos hasta niveles impensados. Un estudio sin precedentes, que combina datos de más de 1.200 investigaciones y casi 2.000 estaciones de muestreo, demuestra que los microplásticos no solo flotan: están presentes en todo el océano, desde las playas hasta las profundidades más remotas como la fosa de las Marianas. La ciencia empieza a entender su impacto… pero queda mucho por descubrir.

El plástico ya es parte del mar

Lo que el océano esconde: microplásticos hallados hasta en la fosa más profunda del planeta
© Unsplash – Naja Bertolt Jensen.

Durante años se creyó que la mayor amenaza del plástico marino estaba en la superficie, donde se acumulan bolsas, redes y botellas. Pero ahora se sabe que esa es solo la parte visible del problema. El estudio, publicado en Nature, muestra cómo los microplásticos se han incorporado al mar en todas sus capas. Desde las plataformas continentales hasta las zonas abisales, las partículas plásticas —en su mayoría de tamaño inferior a 100 micras— ya son omnipresentes.

Estos diminutos fragmentos flotan lentamente, atraviesan barreras naturales como corrientes o capas de densidad y permanecen suspendidos durante años, exponiendo a múltiples organismos marinos a su presencia. Se estima que en aguas cercanas a las costas hay hasta 500 partículas por metro cúbico, aunque esa cifra cae en aguas profundas antes de volver a subir en los fondos marinos.

Los plásticos alteran la vida y el ciclo del carbono

Lo que el océano esconde: microplásticos hallados hasta en la fosa más profunda del planeta
© Unsplash – Naja Bertolt Jensen.

Una de las revelaciones más inquietantes del estudio es que los microplásticos están interfiriendo con el ciclo natural del carbono. En regiones como el Ártico o en profundidades cercanas a los 7.000 metros, se han encontrado concentraciones de hasta 13.500 partículas por metro cúbico. Algunas quedan atrapadas en picnoclinas —zonas densas por temperatura o salinidad—, otras se hunden lentamente junto con organismos marinos.

Esta contaminación está modificando procesos esenciales como la “nieve marina”, un fenómeno clave que transporta carbono hacia el fondo del océano. Si esa nieve se mezcla con plástico, su velocidad de hundimiento se reduce, lo que afecta la capacidad del océano para capturar dióxido de carbono y mitigar el cambio climático.

Un reloj del planeta que se está desajustando

Lo que el océano esconde: microplásticos hallados hasta en la fosa más profunda del planeta
© Unsplash – Brian Yurasits.

El plástico no solo afecta a los ecosistemas vivos. Su huella química empieza a alterar incluso los métodos científicos para datar el pasado. El carbono fósil presente en los microplásticos ya ha comenzado a alterar la proporción natural de carbono-14, confundiendo el “reloj” con el que se mide la antigüedad de restos arqueológicos y geológicos.

Este “mar de plástico” ha llegado hasta el estrato batipelágico —por debajo de los 1.000 metros— donde el agua permanece inmóvil durante siglos. Allí, los microplásticos podrían durar milenios, transformándose en un legado humano casi eterno.

Un problema invisible que ya no podemos negar

A diferencia del mito de las “islas de plástico”, este estudio demuestra que la mayor parte de la contaminación no se ve. Está sumergida, dispersa, mezclada con organismos y estructuras microscópicas. Como advierten los científicos, el problema no es solo ambiental, sino sistémico: la solución pasa por una reducción drástica en la producción de plásticos, no solo en su reciclaje o limpieza superficial.

El océano, durante siglos símbolo de misterio y vastedad, ahora también es espejo de nuestras decisiones. Y en sus capas más oscuras, la huella del plástico ya es parte del paisaje.

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