En medio de una convulsa situación política y social, Brasil enfrenta una polémica inesperada: el auge de las muñecas reborn. Estas réplicas hiperrealistas de bebés han trascendido su función artística o terapéutica para convertirse en blanco de críticas, burlas, proyectos legislativos e incluso violencia. Lo que parecía una afición excéntrica ha desatado una crisis que revela los prejuicios, el poder de lo viral y las fisuras culturales más profundas del país.
De TikTok a la histeria colectiva
Todo comenzó con un vídeo viral: una joven mostraba cómo “llevaba” a su bebé llamado Bento al hospital. Preparaba su mochila, le daba el biberón, lo pesaba. Más de 16 millones de personas lo vieron, y muchos no se dieron cuenta de que el supuesto niño era una muñeca reborn. Pronto, las redes sociales se llenaron de imitaciones, críticas y burlas.

En un país enfrentado a juicios por intentos de golpe y un gobierno en declive de popularidad, el foco mediático se desvió hacia estas figuras hiperrealistas. Aunque existen desde los años 90, fue esta ola de viralidad la que llevó el asunto hasta el Congreso brasileño. Allí, se presentaron al menos 30 proyectos de ley para impedir que las muñecas accedan a servicios públicos como la sanidad o el transporte. Algunas propuestas llegaron al absurdo, como preguntarse si debían ser “castradas” en clínicas veterinarias.
La controversia creció aún más cuando se produjo un hecho alarmante: un hombre agredió a un bebé real en la calle, creyendo que era una muñeca. El episodio, que terminó sin consecuencias fatales, mostró la línea difusa entre lo real y lo simbólico que estas figuras han provocado.
Más que muñecas: misoginia, arte y expresión
Lo que se presenta como un debate sobre una moda extravagante encubre, en realidad, una forma de ataque contra las mujeres. La socióloga Isabela Kalil señala que mientras los hombres pueden coleccionar videojuegos o figuras sin críticas, las mujeres que interactúan con muñecos reborn son tachadas de desequilibradas.
Artistas como Larissa Vedolin, conocida en redes como Emily Reborn, reciben amenazas de muerte por mostrar sus obras. Estas muñecas, que pueden costar hasta 3.000 euros, se elaboran con meticulosidad artesanal: se pinta la piel capa por capa, se implanta el cabello mechón a mechón.}

El fenómeno reborn también tiene un componente terapéutico: algunas mujeres que han perdido hijos, centros de pacientes con demencia o incluso productoras de cine utilizan estos muñecos. Pero nada de eso ha impedido que se conviertan en objeto de burla, estigma y censura.
Un espejo de ansiedades
En el fondo, el escándalo de las muñecas reborn en Brasil no va sobre juguetes, sino sobre la forma en que una sociedad proyecta sus temores. La necesidad de ridiculizar o censurar este fenómeno parece responder a un deseo de controlar lo que escapa de la norma, sobre todo si está relacionado con lo femenino.
Como señala Kalil, estas figuras sirven como símbolo sobre el que descargar tensiones culturales. El furor no se explica por los hechos, sino por la ansiedad social ante mujeres que desafían los roles establecidos. En una nación plagada de conflictos reales, que el centro del debate sean unas muñecas de silicona dice más de Brasil que cualquier encuesta.
Fuente: Xataka.