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Ciencia

Los agujeros negros no solo apagan estrellas en su propia galaxia. También están afectando a las de al lado, y ahora el James Webb empieza a mostrar cómo ocurre

Un análisis reciente con datos del Telescopio Espacial James Webb sugiere que la radiación de los cuásares puede frenar el nacimiento de estrellas en galaxias vecinas, no solo en la suya propia. La imagen clásica de galaxias que evolucionan de forma aislada empieza a quedarse corta.
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La historia que solemos contar sobre la evolución de las galaxias es cómoda: cada una crece, forma estrellas y envejece más o menos por su cuenta, separada de las demás por distancias tan enormes que cualquier influencia externa parece irrelevante. Un nuevo estudio encabezado por Yongda Zhu, investigador del Departamento de Astronomía y del Observatorio Steward de la Universidad de Arizona, pone en cuestión esa idea para el universo temprano. Según sus resultados, los agujeros negros supermasivos activos no solo alteran su galaxia anfitriona, sino que pueden modificar el ritmo de formación estelar en galaxias cercanas.

La clave está en observar cuásares en plena fase de alimentación, cuando el agujero negro central emite cantidades colosales de energía. Para ello, el equipo se apoyó en el Telescopio Espacial James Webb (JWST), cuya sensibilidad en el infrarrojo permite estudiar regiones del cosmos formadas cuando el universo aún era muy joven.

Un cuásar que deja huella en su vecindario

Los agujeros negros no solo apagan estrellas en su propia galaxia. También están afectando a las de al lado, y ahora el James Webb empieza a mostrar cómo ocurre
© Unsplash / NASA Hubble Space Telescope.

El caso de estudio fue el cuásar J0100+2802, uno de los más luminosos conocidos, cuyo agujero negro central tiene una masa de miles de millones de veces la del Sol. Su brillo no solo sirve como faro para observar el universo temprano: también actúa como una fuente de radiación capaz de alterar el entorno galáctico.

El equipo analizó las galaxias situadas en las proximidades del cuásar y encontró un patrón inquietante: la formación de estrellas en ese entorno es significativamente más baja que en regiones similares sin un cuásar activo cercano. No es un efecto anecdótico, sino una tendencia que se extiende a escalas intergalácticas.

La señal que delata que una galaxia “se apaga”

¿Cómo se detecta que una galaxia está formando menos estrellas? Los investigadores se fijaron en la emisión de oxígeno ionizado (O III), un marcador habitual de actividad estelar reciente. Cuando la señal de O III es débil en relación con la radiación ultravioleta, suele interpretarse como que las nubes de gas no están colapsando para crear nuevas estrellas.

Según explica Zhu, la radiación extrema de un cuásar puede calentar e ionizar el gas interestelar en galaxias vecinas, rompiendo las moléculas de hidrógeno que servirían como materia prima para la formación estelar. Es un mecanismo sencillo en concepto, pero devastador en sus consecuencias: el “combustible” de las estrellas queda inutilizado antes de poder encenderse.

Del mito del aislamiento al “ecosistema galáctico”

Los agujeros negros no solo apagan estrellas en su propia galaxia. También están afectando a las de al lado, y ahora el James Webb empieza a mostrar cómo ocurre
© Unsplash / NASA Hubble Space Telescope.

Este resultado encaja con la idea de “ecosistema galáctico” que propone Zhu. En lugar de sistemas aislados, las galaxias del universo temprano formarían comunidades interconectadas, donde la actividad extrema de un solo actor —un cuásar— puede condicionar el crecimiento de los demás. Es un cambio de perspectiva que obliga a reinterpretar observaciones anteriores del James Webb en las que parecía haber menos galaxias visibles alrededor de algunos cuásares colosales: no estaban ausentes, sino apagadas, con una formación estelar tan baja que apenas dejaban huella observable.

Lo que esto cambia en nuestra lectura del universo temprano

Hasta ahora, la influencia de los agujeros negros supermasivos se entendía sobre todo como un fenómeno local, restringido a la galaxia que los alberga. Este trabajo amplía el alcance del impacto a escalas intergalácticas, al menos en las primeras etapas del cosmos. Si estos “depredadores cósmicos” ya condicionaban qué galaxias podían formar estrellas hace más de 13.000 millones de años, el crecimiento del universo fue menos un proceso individual y más un juego de equilibrios entre vecinos.

Para la Vía Láctea, que alberga un agujero negro supermasivo hoy relativamente tranquilo, la pregunta queda en el aire: ¿qué ocurrió cuando nuestro propio centro galáctico pasó por fases más activas? Entender cómo se influían las galaxias entre sí en el pasado remoto no es solo una curiosidad cosmológica. Es una pista directa para reconstruir cómo llegó a existir el vecindario galáctico en el que vivimos hoy.

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