Durante tres décadas, los astrónomos sospecharon que tenía que existir algo así dentro de nuestra propia galaxia. Sabían que los agujeros negros podían expulsar enormes chorros de materia y que, por pura cuestión de orientación, alguno debía apuntar casi directamente hacia nosotros. El problema era encontrarlo.
Ahora parece que lo han conseguido. Un equipo internacional de investigadores de España, Países Bajos y Argentina ha identificado IRAS 18293−0941, un sistema binario situado a unos 12.000 años luz que se ha convertido en el primer caso convincente de un microblázar dentro de la Vía Láctea. El trabajo ha sido aceptado en Astronomy & Astrophysics y también está disponible como prepublicación.
Es como un blázar, pero en miniatura

El nombre resulta más sencillo de entender si empezamos por los blázares. En otras galaxias, algunos agujeros negros supermasivos expulsan chorros relativistas desde sus polos. Cuando uno de esos chorros queda orientado prácticamente hacia la Tierra, su emisión aparece enormemente amplificada desde nuestra perspectiva y el sistema recibe el nombre de blázar.
IRAS 18293−0941 reproduce esa geometría a una escala muchísimo menor.
En este caso hablamos de un agujero negro de masa estelar, aproximadamente diez veces más masivo que el Sol, acompañado por una estrella caliente y masiva. Ambos completan una órbita cada 11,38 días. El agujero negro roba material a su compañera y parte de esa materia termina expulsada en dos chorros opuestos que alcanzan aproximadamente el 75% de la velocidad de la luz.
La peculiaridad está en la orientación: uno de esos chorros apunta casi hacia nosotros. Eso no significa que exista ningún peligro para la Tierra. El interés reside en que estamos observando prácticamente de frente un fenómeno que normalmente estudiamos a distancias extragalácticas enormes.
Estaba escondido a plena vista desde 1983

Lo curioso es que el objeto no es precisamente nuevo. El satélite IRAS ya lo había observado en 1983, aunque durante décadas pasó relativamente desapercibido. La explicación está en el entorno: el sistema se encuentra detrás de tal cantidad de polvo interestelar que prácticamente desaparece en las observaciones ópticas convencionales.
La clave llegó al combinar observaciones en distintas longitudes de onda.
La Red Europea de Interferometría de Muy Larga Base (EVN) consiguió resolver una emisión de radio estrecha y claramente unilateral asociada al sistema. La posición determinada mediante estas observaciones, comparada con la conocida gracias al satélite Gaia, permitió descartar una posibilidad incómoda: que el chorro perteneciese en realidad a una galaxia distante situada casualmente detrás de la estrella.
Las observaciones ópticas proporcionaron una segunda prueba independiente al revelar el movimiento orbital de la estrella. Radio y luz visible estaban contando, en esencia, la misma historia.
Y el chorro que no vemos ha dejado una marca gigantesca

El otro chorro apunta en la dirección contraria y resulta muchísimo más difícil de observar, pero los astrónomos creen haber encontrado algo todavía más interesante: su impacto contra el espacio que rodea al sistema.
Las imágenes de MeerKAT muestran una enorme burbuja de unos 100 años luz y, en uno de sus extremos, un brillante punto de emisión donde el chorro parece chocar contra una nube molecular. En esa misma región, observatorios como LHAASO, HAWC y H.E.S.S., además del telescopio espacial Fermi, han registrado radiación gamma de energías extraordinarias.
Los investigadores plantean que el impacto podría acelerar partículas hasta energías del orden de los petaelectronvoltios, convirtiendo sistemas como este en candidatos para explicar algunos de los aceleradores de partículas naturales más extremos de nuestra galaxia. La asociación con esa emisión de ultraalta energía es prometedora, aunque todavía requiere más observaciones.
Y ahí está quizá lo más interesante del descubrimiento. Los blázares que conocemos están en galaxias remotas y sus cambios pueden desarrollarse durante escalas temporales enormes. IRAS 18293−0941 está dentro de nuestra propia galaxia y permite observar una versión mucho más pequeña del mismo mecanismo con un nivel de detalle que hasta ahora simplemente no teníamos.