Saltar al contenido
Ciencia

Los científicos del Ártico empiezan a sentirse incómodos en Groenlandia. La política amenaza décadas de cooperación científica

Durante más de 30 años, investigadores de distintos países trabajaron juntos en el Ártico incluso en los peores momentos de la Guerra Fría. Hoy, las tensiones geopolíticas vuelven a poner en riesgo esa colaboración justo cuando la región se derrite más rápido que el resto del planeta.
Por

Tiempo de lectura 4 minutos

Comentarios (0)

La ciencia del Ártico nunca fue sencilla. Las temperaturas extremas, el aislamiento y la logística compleja siempre formaron parte del trabajo. Lo nuevo es otra cosa: la incomodidad política.

Investigadores que llevan décadas estudiando el hielo, los ecosistemas y la atmósfera de Groenlandia reconocen que el ambiente ha cambiado. No por el clima —que también— sino por la creciente tensión entre potencias que amenaza con fracturar una de las colaboraciones científicas internacionales más exitosas del último medio siglo.

“Nos sentimos bastante incómodos”, resumió Maribeth Murray, directora del Instituto Ártico de América del Norte, en declaraciones a DW.

Una región clave para el futuro del planeta

Groenlandia ocupa una posición central en la ciencia climática global. Cerca del 80 % de su superficie está cubierta por una enorme capa de hielo que se derrite a un ritmo acelerado como consecuencia del aumento de las emisiones humanas de carbono. Si esa capa desapareciera por completo, el nivel del mar podría elevarse hasta 7,4 metros, afectando a millones de personas en zonas costeras de todo el mundo.

Pero el valor científico del hielo va mucho más allá del presente.

Los núcleos extraídos de las profundidades funcionan como auténticas máquinas del tiempo: burbujas de aire atrapadas hace cientos de miles de años permiten reconstruir la historia atmosférica del planeta con una precisión imposible de obtener por otros medios.

Por eso, lo que ocurre en el Ártico no es un asunto regional.

“Es un cliché, pero es cierto”, afirma Murray. “Lo que pasa en el Ártico tiene impacto global. Es demasiado grande para una sola institución o un solo país”.

Un ejemplo raro de cooperación internacional

Los científicos del Ártico empiezan a sentirse incómodos en Groenlandia. La política amenaza décadas de cooperación científica
© Unsplash / Daiwei Lu.

Durante más de tres décadas, el Ártico fue una excepción. Incluso en plena Guerra Fría, científicos de Estados Unidos y la Unión Soviética compartieron datos, expediciones y resultados junto con colegas de Canadá, Dinamarca, Noruega, Islandia, Finlandia y Suecia.

La creación del Consejo Ártico en 1991 consolidó esa cooperación, permitiendo estudios conjuntos en ciencias físicas, biológicas y sociales.

El objetivo era común: entender una de las regiones del planeta que más rápido está cambiando. Desde finales de los años setenta, el Ártico pierde alrededor de 33.000 millas cuadradas de hielo marino cada año, una superficie comparable a la de la República Checa.

La guerra que congeló la ciencia

Ese modelo comenzó a resquebrajarse en 2022. La invasión rusa de Ucrania interrumpió décadas de colaboración científica y paralizó proyectos internacionales que dependían del intercambio de datos, investigadores y acceso a estaciones remotas.

Uno de los ejemplos más claros fue INTERACT, un consorcio que permitía a científicos de todo el Ártico utilizar infraestructuras compartidas en ocho países distintos.

Gracias al programa, investigadores europeos trabajaban en Rusia, datos rusos llegaban a centros de investigación occidentales y científicos estadounidenses y canadienses cooperaban con la Unión Europea.

Todo se detuvo de golpe.

“En febrero de 2022, ya no tuvimos esa posibilidad”, explicó Margareta Johansson, excoordinadora del proyecto.

Groenlandia, nuevo foco de tensión

Aunque la retórica estadounidense sobre Groenlandia se ha moderado respecto a años anteriores, la inquietud persiste. La isla no solo es clave para el clima: también alberga yacimientos de minerales raros estratégicos para la transición energética y la industria tecnológica.

Esa combinación —hielo, recursos y posición geopolítica— convierte a Groenlandia en un punto de interés creciente para Estados Unidos, Europa, China y Rusia. Y donde entra la política, la ciencia suele pagar el precio.

Algunos investigadores reconocen que ahora evalúan con mayor cautela nuevos proyectos, temiendo restricciones, presiones diplomáticas o rupturas repentinas de cooperación.

La diplomacia científica como último puente

Los científicos del Ártico empiezan a sentirse incómodos en Groenlandia. La política amenaza décadas de cooperación científica
© Unsplash / Cassie Matias.

Para expertos como Paul Berkman, diplomático científico asociado a la Universidad de Harvard, la ciencia puede seguir funcionando como una vía de diálogo cuando todo lo demás falla. “La diplomacia científica permite que aliados y adversarios construyan intereses comunes”, explicó. “Ayuda a pensar tanto en el corto como en el largo plazo”.

El Ártico, señala Berkman, es una región paradójica: puede convertirse en un detonante de conflictos globales o en un espacio de cooperación sin precedentes. “Es un arma de doble filo”, afirmó. “También puede ser una fuente potencial de paz”.

El riesgo de perder algo irreemplazable

La preocupación de los científicos no es ideológica. Es práctica. Sin cooperación internacional, el monitoreo del deshielo se vuelve incompleto. Los modelos climáticos pierden precisión. Los datos se fragmentan. Y el planeta pierde una de sus principales alarmas tempranas.

El Ártico se calienta cuatro veces más rápido que el resto del mundo. Justo cuando más información se necesita, la ciencia corre el riesgo de quedarse aislada por fronteras que el clima no reconoce.

Para muchos investigadores, la incomodidad actual no tiene que ver con el frío. Tiene que ver con la sensación de que la política está empezando a derretir algo tan valioso como el hielo: la colaboración científica global.

Compartir esta historia

Artículos relacionados