La insistencia de Donald Trump por adquirir Groenlandia suele presentarse como una excentricidad política. Sin embargo, la historia demuestra que no es una idea tan descabellada como parece. A comienzos del siglo XX, comprar territorio ajeno era una herramienta diplomática más, aceptada y frecuente.
Dinamarca lo hizo en 1917, cuando decidió vender parte de su imperio colonial caribeño a Estados Unidos. Aquellas islas, hoy conocidas como las Islas Vírgenes estadounidenses, habían sido una fuente de riqueza durante más de dos siglos. Pero el sistema que las sostenía se había derrumbado.
Y sin él, el territorio dejó de tener valor.
Un archipiélago levantado sobre el azúcar
Las entonces llamadas Indias Occidentales Danesas fueron una de las piezas centrales del comercio atlántico. Su función era clara: producir azúcar para Europa y actuar como nodo del tráfico de esclavos entre África y América.
Desde los fuertes daneses de la costa de Guinea partieron cerca de 120.000 personas esclavizadas hacia el Caribe. Unas 50.000 fueron destinadas directamente a las plantaciones de Santa Cruz, San Juan y Santo Tomás. A comienzos del siglo XVIII, ocho de cada diez habitantes de las islas vivían bajo esclavitud.
El negocio generó fortunas colosales. La familia Schimmelmann se convirtió en la más rica del país y colocó a sus miembros en lo más alto del poder político. Heinrich Carl von Schimmelmann y su hijo Ernst Heinrich ocuparon el Ministerio de Finanzas durante décadas, mientras las plantaciones seguían produciendo beneficios.
La prosperidad, sin embargo, tenía una base frágil.
Rebeliones, presión social y el final del sistema

El control sobre la población esclava fue extremo. El reglamento de Gardelin establecía algunos de los castigos más duros del Caribe, pero ni siquiera eso evitó las revueltas. En la isla de San Juan, una insurrección logró tomar el control del territorio durante cinco meses.
Las críticas al sistema esclavista comenzaron a aparecer incluso dentro de la propia Compañía de las Indias Occidentales. Aun así, la abolición no llegó hasta 1848, cuando unos 8.000 esclavos salieron a las calles exigiendo libertad inmediata.
La amenaza fue directa: si no se concedía la emancipación total, la ciudad sería incendiada. El rey danés cedió.
La esclavitud terminó, pero las consecuencias económicas fueron inmediatas. Sin mano de obra forzada, el modelo agrícola colapsó. Las condiciones laborales apenas mejoraron y las plantaciones dejaron de ser rentables. Para Dinamarca, mantener las islas empezó a ser más un problema que un activo.
La venta que se negoció durante años
A finales del siglo XIX, el gobierno danés inició conversaciones discretas con Alemania y con Estados Unidos. Washington tenía un interés claro: evitar que otra potencia europea consolidara presencia en el Caribe, región que consideraba estratégica para su seguridad.
En 1902 se aprobó un primer acuerdo por cinco millones de dólares. El parlamento lo respaldó, pero la cámara alta lo bloqueó por temor a una nueva pérdida territorial. Todo cambió con el estallido de la Primera Guerra Mundial.
Dinamarca se mantuvo neutral, aunque la guerra interrumpió sus comunicaciones con las colonias. En 1915, una huelga general liderada por la población negra paralizó las islas. El gobierno envió un crucero de guerra para restaurar el orden, preocupado por el impacto que la inestabilidad pudiera tener sobre la futura venta.
Las negociaciones, llevadas en secreto entre el presidente Woodrow Wilson y el gobierno danés, avanzaron rápidamente.
El acuerdo que incluyó a Groenlandia

Cuando el pacto se hizo público en 1916, provocó protestas nacionalistas en Dinamarca. Para sortear la crisis política, el gobierno convocó un referéndum nacional, el primero de su historia.
La mayoría votó a favor.
El 1 de abril de 1917 se firmó la venta por 25 millones de dólares en oro. El acuerdo incluía una cláusula poco conocida: Estados Unidos reconocía formalmente la soberanía danesa sobre Groenlandia, rechazando las reclamaciones territoriales de Noruega, independizada del reino en 1814.
Aquella línea del contrato sigue teniendo eco un siglo después.
Tras la transferencia, la corona danesa continuó siendo moneda oficial hasta 1934, cuando fue reemplazada por el dólar estadounidense. Incluso hoy permanece una curiosidad heredada del pasado colonial: las Islas Vírgenes son el único territorio de Estados Unidos donde se conduce por la izquierda.
Una pequeña anomalía que recuerda que, no hace tanto, la geopolítica mundial funcionaba de otra manera. Y que comprar un país —o una parte de él— no siempre fue una idea descabellada, sino simplemente la forma habitual de hacer las cosas.