Las fosas oceánicas han sido, durante décadas, un territorio envuelto en misterio. Se creía que la vida apenas podía aferrarse a esos abismos sin luz y con presiones que aplastarían cualquier organismo complejo. Sin embargo, una reciente expedición científica cambió esa visión: a 9.000 metros de profundidad, un ecosistema oculto demostró que la naturaleza siempre encuentra formas de resistir.
El hallazgo en la zona hadal

La expedición liderada por la geoquímica Mengran Du exploró las fosas que se extienden entre Rusia y Alaska, alcanzando profundidades de hasta 9.500 metros. Allí encontraron lo inesperado: almejas, gusanos tubulares y comunidades microbianas que prosperaban en un ambiente sin luz solar. Según el estudio publicado en Nature, se trata del ecosistema basado en quimiosíntesis más profundo jamás documentado.
La clave de su supervivencia está en las emanaciones frías del lecho marino. El metano y el sulfuro de hidrógeno que escapan por fracturas naturales alimentan a bacterias capaces de generar energía, creando la base de toda una red alimentaria que sostiene a los invertebrados de la zona.
Un ciclo energético insólito

Los análisis de sedimentos revelaron concentraciones anómalas de metano. Este gas, transformado por microorganismos en energía, se convierte en alimento para los organismos mayores. A diferencia de otros ecosistemas marinos, estas comunidades no dependen de materia orgánica que caiga desde la superficie: producen sus propios nutrientes de manera local.
El hallazgo sugiere que las fosas hadales no son simples depósitos de restos biológicos, sino sumideros activos de carbono. De hecho, los investigadores estiman que estos ambientes pueden almacenar hasta 70 veces más carbono que los fondos marinos circundantes, convirtiéndose en piezas clave frente al cambio climático.