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Ciencia

Los gases tóxicos parecen un arma moderna, pero los griegos ya los utilizaban contra Roma hace más de 2.000 años

Durante el asedio romano de Ambracia, sus defensores construyeron un ingenioso dispositivo con una vasija, brasas, plumas y un fuelle. El humo irritante llenó los túneles excavados bajo las murallas y obligó a los soldados enemigos a retroceder, en uno de los primeros casos documentados de guerra química.
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Las armas químicas suelen asociarse con los conflictos contemporáneos, los laboratorios militares y los gases desarrollados durante la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, mucho antes de que existiera una explicación científica sobre las sustancias tóxicas, los pueblos antiguos ya habían aprendido a utilizar humo, venenos y materiales irritantes contra sus enemigos.

Uno de los ejemplos mejor documentados ocurrió en Ambracia, una próspera ciudad griega ubicada bajo la actual Arta, en el noroeste de Grecia. La polis había alcanzado su mayor esplendor después de que el rey Pirro la convirtiera en capital de Epiro, pero en el año 189 a. C. quedó rodeada por el ejército romano del cónsul Marco Fulvio Nobilior.

Los romanos intentaron entrar por debajo de las murallas

Los romanos atacaron la ciudad con arietes y otras máquinas de asedio. Aunque lograron abrir partes de la muralla, los defensores construyeron nuevas barreras detrás de las brechas y continuaron resistiendo. Ante la dificultad para ingresar por la superficie, los legionarios comenzaron a excavar una galería subterránea para atravesar o debilitar los cimientos.

Los gases tóxicos parecen un arma moderna, pero los griegos ya los utilizaban contra Roma hace más de 2.000 años
© Magnific

El historiador griego Polibio relata que los habitantes descubrieron la operación al observar la tierra extraída por los atacantes. Entonces cavaron su propio túnel desde el interior de la ciudad hasta encontrarse con los mineros romanos. Primero intentaron detenerlos mediante lanzas, escudos y barricadas, pero el espacio reducido impedía que alguno de los bandos obtuviera una ventaja clara.

La solución de los ambracios fue fabricar una especie de generador de humo. Colocaron una gran vasija de barro que ocupaba casi todo el ancho del pasadizo, perforaron su base e introdujeron un tubo de hierro. Después llenaron el recipiente con plumas finas, añadieron brasas y cerraron la abertura orientada hacia los romanos con una tapa metálica agujereada.

En el extremo opuesto conectaron un fuelle de herrero. Al bombear aire, las brasas encendían lentamente las plumas y el humo era impulsado directamente hacia la galería enemiga. Los defensores también dejaron pequeñas aberturas para introducir lanzas e impedir que los romanos se acercaran a desmontar el aparato.

Por qué quemar plumas resultaba tan efectivo

Las plumas están formadas principalmente por queratina, una proteína que contiene aminoácidos con azufre. Cuando se queman, generan una mezcla de humo, partículas y compuestos irritantes. En un túnel estrecho, cerrado y con poca ventilación, la concentración podía causar dolor en los ojos, tos, dificultad para respirar y una sensación intensa de asfixia.

Los habitantes de Ambracia no conocían la composición química de aquel humo. Probablemente habían aprendido por experiencia que las plumas quemadas producían un olor especialmente desagradable y difícil de soportar. Su innovación consistió en concentrarlo y dirigirlo mediante una tecnología sencilla, construida con materiales cotidianos.

Polibio cuenta que los romanos quedaron en una situación crítica porque no podían bloquear el humo ni permanecer dentro del túnel. El dispositivo logró frenar la excavación y prolongó el asedio, aunque no consiguió salvar definitivamente la ciudad. Las negociaciones terminaron con la rendición de Ambracia, y Fulvio Nobilior se llevó numerosas estatuas, pinturas y objetos artísticos que recordaban su etapa como residencia de Pirro.

Una antigua forma de guerra química

Calificar el episodio como “guerra química” requiere cierta cautela. Los griegos no manejaban gases sintetizados ni consideraban estas tácticas como una categoría militar independiente. Para ellos, el humo tóxico era otro recurso defensivo, comparable al fuego, el agua contaminada o las sustancias incendiarias empleadas durante los asedios.

Aun así, el principio era reconociblemente moderno: aprovechar una sustancia irritante para incapacitar al enemigo sin combatir directamente contra él. El episodio de Ambracia demuestra que, hace más de dos milenios, la observación, el ingenio y una vasija llena de plumas podían convertirse en un arma capaz de detener temporalmente a las legiones romanas.

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