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Ciencia

Los macroplásticos empiezan a alterar en silencio uno de los tesoros marinos de Galicia, y un nuevo estudio revela hasta qué punto están cambiando a los mejillones

Un estudio en las rías gallegas confirma que ciertos plásticos alteran la estructura y el rendimiento fisiológico de los mejillones, poniendo en riesgo un ecosistema clave para el Atlántico
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La Ría de Vigo ha vuelto a convertirse en un laboratorio natural donde la ciencia española detecta cambios que pasan desapercibidos para el ojo humano. Esta vez, el hallazgo afecta directamente a uno de los recursos más emblemáticos de Galicia: los mejillones. Una investigación del IEO-CSIC revela que la presencia creciente de macroplásticos está modificando procesos esenciales de estos moluscos, desde su respiración hasta su capacidad para formar estructuras estables. Y el problema no se limita a grandes cantidades: incluso niveles bajos de plástico provocan cambios inesperados en su comportamiento.

Cuando el plástico deja de ser un simple residuo y empieza a modificar la fisiología del mejillón

Plasticos
© Naja Bertolt Jensen – Unsplash

El estudio se centró en dos tipos de restos ampliamente presentes en el medio marino: películas de polietileno parecidas a las bolsas comerciales y filamentos de nailon procedentes de sedales de pesca. Ambos materiales son frecuentes en el fondo de las rías gallegas y, aunque su tamaño es visible, sus efectos habían pasado desapercibidos frente al protagonismo mediático de los microplásticos.

Durante cuatro semanas, grupos de treinta mejillones fueron expuestos a diferentes concentraciones de estos residuos en un entorno controlado que reproducía las condiciones de la Ría de Vigo. El resultado más contundente vino de los filamentos de nailon: a concentraciones elevadas redujeron de forma significativa la capacidad respiratoria y de filtración de los mejillones. En un organismo filtrador, estas funciones son literalmente la base de su supervivencia, ya que determinan su metabolismo y su eficiencia para obtener alimento.

En cambio, las láminas de polietileno mostraron efectos más moderados, lo que abre una nueva pregunta científica: ¿hasta qué punto la forma física del plástico influye en el daño que causa? Los investigadores señalan que la textura, la flexibilidad y la interacción física con los agregados de mejillones podrían estar detrás de estas diferencias.

Lo que sí quedó claro tras el análisis es que los macroplásticos no son una simple molestia: están generando cambios fisiológicos equivalentes a un estrés ambiental constante.

Un impacto silencioso sobre las estructuras que mantienen unidos a los mejillones de Galicia

Mejillones En Estructuras
© Manu Mateo – Unsplash

La investigación no se limitó a la parte fisiológica. Los científicos estudiaron también cómo los residuos plásticos afectan la capacidad de los mejillones para formar agregados y estructuras tridimensionales, un rasgo esencial para su vida en comunidad. Estas formaciones naturales no solo protegen a los moluscos: también generan hábitats para decenas de especies que dependen de ellos.

Y aquí surgió uno de los resultados más sorprendentes del estudio: a bajas concentraciones, los residuos plásticos pueden generar una mayor complejidad estructural temporal, como si los mejillones respondieran reorganizando sus estructuras ante la presencia de un elemento extraño. Pero este “beneficio” es engañoso. Cuando el plástico se acumula en exceso —como ya ocurre en muchas zonas costeras de Galicia— la situación se invierte por completo. Los agregados se vuelven más inestables, la cohesión entre los individuos disminuye y los bancos naturales pierden robustez.

En la práctica, esto puede traducirse en menor protección ante el oleaje, más mortalidad, peor retención de nutrientes y un aumento de la vulnerabilidad frente a depredadores y perturbaciones ambientales.

Dicho de otra manera: los mejillones pueden sobrevivir rodeados de plástico, pero no prosperar.

Una amenaza para las rías, la biodiversidad y una industria que depende de su estabilidad

El trabajo realizado por el IEO-CSIC y el Instituto de Investigaciones Mariñas refuerza lo que los investigadores gallegos vienen advirtiendo desde hace años: la contaminación por plástico no solo flota. Una parte significativa se hunde, se fragmenta, se acumula en fondos y se integra en los sistemas biológicos de forma persistente.

Este impacto no se queda en el plano ecológico. Galicia produce decenas de miles de toneladas de mejillón al año, un sector que sostiene comunidades costeras enteras. Cualquier cambio que afecte su tasa de crecimiento, su condición corporal o la estabilidad de las bateas puede traducirse en pérdidas económicas, alteraciones en la calidad del producto e incertidumbre en un mercado que depende de la confianza del consumidor.

El estudio señala también que la respuesta institucional debe ampliarse. Hasta ahora, buena parte de las medidas globales se han centrado en los microplásticos y en la contaminación visible en la superficie del mar. Sin embargo, los macroplásticos bentónicos —los que se hunden y se depositan en el fondo— no reciben suficiente atención regulatoria.

Para los autores, esto debe cambiar: integrar estos residuos en la gestión ambiental es fundamental para preservar tanto la biodiversidad como la productividad de las rías.

[Fuente: OK Diario]

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