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Ciencia

Los océanos revelan algo sorprendente: la Tierra pudo desplazarse sobre su propio eje

Un estudio encontró señales de antiguos cambios en la orientación de la Tierra que pudieron alterar océanos, clima y ecosistemas a una escala difícil de imaginar.
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La Tierra parece estable cuando se observa desde la superficie. Los continentes permanecen en su sitio, los océanos parecen inmóviles y el eje de rotación mantiene una posición que permite hablar de polos con relativa facilidad. Sin embargo, a escala geológica, nuestro planeta está lejos de ser estático.

Existen distintos tipos de movimientos polares y no todos significan lo mismo. El polo magnético puede desplazarse debido a la actividad del hierro líquido del núcleo externo, mientras que los polos geográficos están determinados por el eje de rotación. Pero existe una tercera posibilidad mucho más llamativa: que sea la propia Tierra sólida la que cambie de orientación respecto a ese eje.

Ese fenómeno se conoce como deriva polar verdadera y acaba de recibir nuevas evidencias. Un estudio dirigido por Mathew Domeier, publicado en Science, reconstruyó antiguos cambios en el nivel de los océanos para buscar señales de estos episodios. El resultado apunta a que, durante los últimos 320 millones de años, nuestro planeta pudo experimentar al menos cuatro grandes reajustes. Y algunos ocurrieron cuando los dinosaurios dominaban la Tierra.

Planeta Tierra
© Carl Wang – Unsplash

Cuando la corteza parece deslizarse sobre el planeta

Para entender qué ocurrió hay que imaginar a la Tierra como una enorme peonza. Su estabilidad depende, entre otras cosas, de cómo está distribuida su masa. Pero nuestro planeta no tiene una estructura perfectamente uniforme: existen cordilleras, continentes, océanos, placas tectónicas que se hunden hacia el manto y gigantescas acumulaciones de material caliente procedentes de las profundidades. Todos esos elementos influyen en el equilibrio rotacional.

Cuando la distribución de masa cambia lo suficiente, la Tierra puede responder modificando la orientación de su parte sólida con respecto al eje de rotación. En un episodio de deriva polar verdadera, el núcleo y el eje de giro permanecen esencialmente en su posición mientras la corteza y el manto se reorientan en conjunto.

Es importante no confundirlo con las placas tectónicas. En esta última, las placas individuales se desplazan unas respecto de otras. En la deriva polar verdadera, en cambio, la superficie sólida del planeta puede cambiar de orientación como un conjunto.

El contraste con el movimiento del polo magnético también es enorme. Este último llegó a desplazarse a velocidades superiores a los 55 kilómetros anuales durante determinados periodos recientes, pero se trata de un fenómeno relacionado con el campo magnético y no con un desplazamiento de la corteza terrestre.

La gran pregunta era entonces otra: ¿cómo saber si la Tierra sólida realmente había realizado estos enormes movimientos en el pasado remoto?

El océano guardaba una pista inesperada

Los investigadores buscaron una señal que no dependiera únicamente del comportamiento de las rocas. Las placas tectónicas se mueven constantemente y pueden generar registros que, en determinadas circunstancias, resultan difíciles de distinguir de los provocados por una deriva polar. Por eso el equipo recurrió a los océanos.

La rotación terrestre genera una ligera concentración de agua alrededor del ecuador. Si la superficie sólida del planeta cambiara rápidamente de orientación, el océano no podría responder de manera instantánea. El agua necesitaría tiempo para redistribuirse. Ese desfase podría dejar una huella reconocible en los antiguos niveles del mar.

La hipótesis es especialmente interesante porque un reajuste suficientemente rápido podría producir un patrón global: determinadas zonas experimentarían una subida relativa del nivel del mar y quedarían temporalmente inundadas, mientras que otras regiones situadas en posiciones opuestas podrían registrar una retirada del agua.

Los investigadores analizaron reconstrucciones de la evolución de los mares a intervalos de unos 10 millones de años. Al comparar esos cambios con los movimientos esperados de la Tierra, apareció un patrón que apunta a varios episodios de desplazamiento polar verdadero.

Los grandes movimientos ocurrieron durante la era de los dinosaurios

El análisis sugiere que durante los últimos 320 millones de años se produjeron al menos cuatro grandes episodios de este tipo. Dos de los más destacados coinciden con la época en la que los dinosaurios dominaban los ecosistemas terrestres. Uno habría ocurrido aproximadamente entre hace 150 y 140 millones de años, durante la transición entre el Jurásico y el Cretácico. Otro se habría producido entre hace 100 y 90 millones de años, en pleno Cretácico.

La importancia de estos resultados va mucho más allá de saber que la Tierra pudo cambiar de orientación. Si estos movimientos fueron realmente rápidos a escala geológica, pudieron modificar la posición de grandes masas continentales respecto a las zonas climáticas.

Un continente que avanzara hacia latitudes más altas experimentaría condiciones muy diferentes de las que tenía anteriormente. Lo mismo ocurriría a la inversa con una región que se desplazara hacia zonas más cercanas al ecuador. El efecto combinado sobre océanos, temperaturas, precipitaciones y ecosistemas podría haber sido considerable.

Eso abre una posibilidad especialmente intrigante: algunos cambios ambientales registrados durante determinados periodos del pasado podrían no explicarse únicamente por la actividad volcánica, la tectónica o las variaciones atmosféricas. La propia orientación de la Tierra podría haber desempeñado un papel adicional.

Un planeta que cambia mucho más de lo que parece

Los autores sostienen que sus resultados cuestionan la idea de que la deriva polar verdadera sea siempre un proceso insignificante o extremadamente lento. En determinados momentos, la velocidad del reajuste pudo aumentar de forma considerable.

Eso no significa que la Tierra pueda cambiar de orientación de manera repentina en cuestión de días o años. Estos procesos siguen desarrollándose durante enormes intervalos geológicos. Pero incluso una variación aparentemente pequeña puede adquirir dimensiones extraordinarias cuando se acumula durante millones de años.

Un grado por millón de años podría parecer irrelevante. Sin embargo, mantenido durante diez millones de años representa un desplazamiento de diez grados, suficiente para modificar de forma significativa la posición de continentes enteros respecto al ecuador y los polos.

El estudio no demuestra que estos episodios sean responsables directos de extinciones concretas, pero sí plantea una posibilidad que merece más investigación: que los grandes reajustes de la Tierra hayan funcionado como un factor capaz de transformar el clima y los ecosistemas a escala planetaria.

La imagen que emerge es fascinante. Bajo nuestros pies existe un planeta dinámico, cuya corteza puede parecer inmóvil durante una vida humana, pero que a lo largo de millones de años es capaz de reorganizar su orientación y cambiar las reglas ambientales de grandes regiones.
La Tierra no necesitó cambiar de forma para transformar su superficie. En ocasiones, bastó con resbalar sobre sí misma.

 

[Fuente: ABC]

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