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Ciencia

Los perros de Chernobyl llevan 40 años viviendo junto al reactor y su ADN ya es distinto al de los animales que están apenas 16 kilómetros más lejos. Los científicos encontraron 391 regiones diferentes y todavía no saben qué los está cambiando

Los análisis detectaron cientos de señales genéticas vinculadas con la selección natural, pero no la avalancha de mutaciones que cabría esperar de la radiación. Aislados entre contaminación, frío y escasez, estos animales se han convertido en un experimento evolutivo que la ciencia todavía intenta descifrar.
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Cuando el reactor número cuatro explotó en abril de 1986, más de 120.000 personas tuvieron que abandonar la región. Muchas dejaron atrás a sus mascotas porque las autoridades aseguraban que la evacuación duraría apenas unos días. Nunca pudieron regresar.

Algunos perros sobrevivieron. Sus descendientes todavía recorren las instalaciones de la central, los edificios abandonados y los controles de acceso a la zona de exclusión. Durante generaciones han vivido expuestos a inviernos extremos, escasez de alimento, enfermedades, depredadores y un paisaje contaminado con radiación, metales pesados y productos químicos.

Su ADN tenía que guardar alguna señal de aquella historia. Cuando los científicos comenzaron a estudiarlo, encontraron algo inesperado: dos poblaciones separadas por apenas 16 kilómetros se habían vuelto claramente diferentes.

Cientos de perros y dos poblaciones que casi no se mezclan

Los perros de Chernobyl llevan 40 años viviendo junto al reactor y su ADN ya es distinto al de los animales que están apenas 16 kilómetros más lejos. Los científicos encontraron 391 regiones diferentes y todavía no saben qué los está cambiando
© Facebook / Clean Futures Fund (CFF).

Un equipo internacional analizó el genoma de 302 perros procedentes de la central nuclear, la ciudad de Chernobyl y otros puntos situados entre 15 y 45 kilómetros del reactor.

El estudio publicado en Science Advances mostró que los animales que viven en las instalaciones de la central forman una población genéticamente diferenciada. También presentan una mayor similitud entre ellos que los perros de la ciudad y que otras poblaciones de vida libre estudiadas en Europa y Asia.

Los investigadores reconstruyeron 15 familias. La más extensa incluía animales localizados en diferentes partes de la zona de exclusión, lo que demuestra que algunos perros se desplazan y se reproducen fuera de su grupo inmediato. Sin embargo, ese intercambio no ha sido suficiente para borrar la separación entre las poblaciones.

El hallazgo resultaba especialmente desconcertante porque la central y la ciudad de Chernobyl están separadas por solo 16 kilómetros. Otras poblaciones caninas, alejadas por distancias mucho mayores, presentan diferencias genéticas menos pronunciadas.

Las 391 regiones que pusieron a la selección natural bajo sospecha

Los perros de Chernobyl llevan 40 años viviendo junto al reactor y su ADN ya es distinto al de los animales que están apenas 16 kilómetros más lejos. Los científicos encontraron 391 regiones diferentes y todavía no saben qué los está cambiando
© Facebook / Clean Futures Fund (CFF).

Un segundo trabajo comparó directamente los perros de la central con los de la ciudad. El análisis identificó 391 loci atípicos, puntos del genoma situados dentro o cerca de regiones cuyas frecuencias parecían haber sido modificadas por selección direccional.

Dentro de esas regiones aparecieron 52 genes candidatos. Algunos participan en la regulación del ciclo celular, la respuesta al daño del ADN, el funcionamiento inmunitario y otros procesos que podrían resultar importantes en un ambiente contaminado.

Los resultados, publicados en Companion Animal Health and Genetics, no prueban que esos genes hayan convertido a los perros en animales resistentes a la radiación. Tampoco demuestran que todas las diferencias aparecieran después del accidente.

Una señal de selección indica que determinadas variantes genéticas se han vuelto más frecuentes. El problema es descubrir por qué. En Chernobyl actúan al mismo tiempo la radiación, los metales pesados, la contaminación química, el aislamiento, los cuellos de botella poblacionales y las duras condiciones de supervivencia.

La radiación era la respuesta evidente, pero el ADN no la confirmó

Los perros de Chernobyl llevan 40 años viviendo junto al reactor y su ADN ya es distinto al de los animales que están apenas 16 kilómetros más lejos. Los científicos encontraron 391 regiones diferentes y todavía no saben qué los está cambiando
© Facebook / Clean Futures Fund (CFF).

Para comprobar si una acumulación acelerada de mutaciones explicaba la divergencia, los científicos realizaron un nuevo estudio. Buscaron alteraciones cromosómicas, mayor diversidad en secuencias muy variables y un exceso de alelos aparecidos recientemente. No encontraron ninguna de esas señales.

El trabajo publicado en PLOS One concluyó que los perros situados junto a la central no presentan una tasa general de mutación superior a los de la ciudad. La radiación pudo afectar a individuos concretos, pero no parece haber generado la oleada de cambios hereditarios capaz de explicar la separación entre ambas poblaciones.

Eso deja abierta una posibilidad fascinante: los perros podrían estar cambiando principalmente porque algunas variantes que ya existían ofrecieron ventajas bajo las nuevas condiciones. Los animales que las portaban sobrevivieron y se reprodujeron con más éxito, haciendo que esos genes se volvieran progresivamente comunes. Aun así, la selección natural continúa siendo una hipótesis. Los investigadores todavía no pueden identificar cuál de las numerosas presiones ambientales está detrás de cada diferencia.

No son una nueva especie ni “superperros” radiactivos. Son algo científicamente más valioso: una población que lleva cuatro décadas respondiendo a una catástrofe cuyo impacto genético todavía no terminamos de comprender.

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