Transportar desde la Tierra cada ladrillo, pieza estructural o protección necesaria para construir una base lunar sería extraordinariamente caro. Por eso, China está desarrollando una estrategia mucho más ambiciosa: utilizar directamente el polvo de la Luna como materia prima y apoyarse en robots capaces de trabajar de manera autónoma sobre su superficie.
Estas tecnologías serán protagonistas de Chang’e-8, una misión que China prevé lanzar alrededor de 2029 hacia la región del polo sur lunar. Allí se realizarán experimentos de utilización de recursos in situ, un paso fundamental para comprobar si en el futuro será posible fabricar parte de una instalación científica sin transportar todos sus materiales desde nuestro planeta.
Convertir polvo lunar en bloques de construcción
Una de las tecnologías más llamativas es un sistema desarrollado por el Deep Space Exploration Laboratory de China capaz de utilizar regolito lunar como único material para fabricar piezas sólidas.
El concepto aprovecha energía solar concentrada. Un gran reflector dirige la luz hacia un sistema óptico que puede elevar la temperatura del material por encima de los 1.300 °C, suficiente para fundir las partículas del suelo y moldearlas posteriormente en forma de bloques o estructuras mediante fabricación aditiva.
La principal ventaja es evidente: no sería necesario transportar cemento, ladrillos o grandes cantidades de materias primas desde la Tierra. El propio terreno lunar se convertiría en el material de construcción.
Los investigadores ya han probado distintos simulantes de regolito porque la composición del suelo cambia considerablemente según la región de la Luna. El objetivo es que el sistema pueda adaptarse a diferentes tipos de material una vez que llegue a la superficie real.

Bloques inspirados en técnicas tradicionales chinas
Otra línea de investigación propone combinar fabricación avanzada con una idea arquitectónica mucho más antigua. Científicos de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Huazhong han creado bloques de regolito simulado con sistemas de unión inspirados en las tradicionales piezas chinas de mortaja y espiga.
La intención es producir componentes capaces de encajar entre sí sin depender de grandes cantidades de adhesivos y utilizar robots para ensamblarlos de manera similar a piezas de construcción modulares.
Los prototipos fabricados en la Tierra han mostrado una resistencia a la compresión superior a la de algunos ladrillos convencionales. Varias muestras incluso fueron enviadas al espacio para estudiar cómo responden a radiación, vacío y enormes variaciones térmicas antes de intentar aplicar la tecnología directamente en la Luna.
Un robot de 100 kilos también viajará con Chang’e-8
Chang’e-8 llevará además un robot multifunción desarrollado por un equipo liderado por la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong.
El vehículo tendrá aproximadamente 100 kilos, cuatro ruedas y una parte superior equipada para manipular objetos. Su función será transportar, desplegar e instalar instrumentos científicos en diferentes puntos del terreno, además de recoger muestras lunares.
La inteligencia artificial y los sistemas de navegación autónoma serán especialmente importantes porque las comunicaciones con la Tierra tienen retraso y el robot deberá desplazarse y tomar determinadas decisiones sin recibir instrucciones constantes.
Aunque este rover y la tecnología para fabricar bloques forman parte del mismo esfuerzo general, no deben confundirse: por ahora no está confirmado que el vehículo de 100 kilos sea el encargado de imprimir y ensamblar por sí solo las futuras construcciones.
El primer paso hacia una estación científica lunar
Todas estas pruebas tienen un objetivo a largo plazo: preparar la International Lunar Research Station (ILRS), un proyecto impulsado por China que contempla una instalación científica en la región del polo sur. Los planes actuales apuntan a establecer un modelo básico de la estación hacia 2035, inicialmente con una elevada capacidad de funcionamiento autónomo y participación humana limitada.
Por eso, Chang’e-8 no llegará a la Luna para construir inmediatamente una ciudad o una base humana permanente. Su misión será mucho más experimental, pero también decisiva: demostrar que los robots pueden manipular recursos locales y que el propio suelo lunar puede transformarse en parte de la infraestructura necesaria para permanecer allí durante largos periodos.
Si esas pruebas funcionan, los primeros “albañiles” de una futura base lunar podrían no ser astronautas, sino máquinas capaces de convertir el polvo que pisan en los materiales con los que construir.