Illustration: Angelica Alzona (Gizmodo Media Group)

El cambio climático es un enemigo cada vez más peligroso, y no estamos haciendo un gran trabajo para reducirlo. Por eso, en un futuro no muy lejano, es posible que tengamos que emprender un nuevo esfuerzo al estilo del Proyecto Manhattan para evitar que el mercurio siga subiendo. Hasta ahora era una idea marginal, pero cada vez es más probable que acabemos construyendo máquinas que, por decirlo de alguna forma, oscurezcan el sol.

Hay muchas variantes en el tema de la geoingeniería solar, pero todas tienen el mismo objetivo final: usar aerosoles para cubrir nuestra atmósfera con partículas reflectantes que reduzcan rápidamente la temperatura global. Se ha discutido mucho sobre cómo podría salir mal, pero mucho menos sobre la tecnología necesaria para que funcione. ¿Cómo serían esas hipotéticas máquinas de gestión de radiación solar (SRM) que alterarían el cielo?

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Para responder a esta pregunta, primero debemos entender lo que estas máquinas depositarían en el cielo. Los ingredientes necesarios para crear un espejo nebuloso hacia el espacio van desde la sal de mesa y el óxido de aluminio hasta el polvo de diamante. El que recibe la mayor atención, sin embargo, es el azufre. Hay varias razones para esto, pero quizás la más importante es que sabemos con certeza casi absoluta que este aerosol funcionaría.

Se sabe que las erupciones volcánicas a veces depositan grandes cantidades de aerosoles de azufre en la estratosfera, una capa de nuestra atmósfera que comienza a una altura de 15 kilómetros. Una vez allí, los aerosoles se transforman en gotas de ácido sulfúrico reflectante. A partir de registros geológicos y de las observaciones actuales (véase, por ejemplo, el estallido del Tambora en 1815 o el furioso espectáculo de fuegos artificiales del Pinatubo en 1991), sabemos que las erupciones ricas en azufre pueden enfriar brevemente el planeta varios grados, y en ocasiones incluso robarle al mundo un verano o dos. Esto, por decirlo de algún modo, es una SRM natural.

Todo lo que tenemos que hacer para posponer el apocalipsis es reproducirlo artificialmente, y ahí es donde las cosas se complican. Las máquinas capaces de depositar directamente una carga útil de gas azufre en la estratosfera deben estar perfectamente situadas, operadas y diseñadas.

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La cantidad de aerosoles que desplegarían sería de millones de toneladas. A diferencia de las emisiones de dióxido de carbono, que permanecen allí durante décadas o siglos, el azufre escapa de la atmósfera en unos pocos años. Nuestras máquinas SRM tendrían que operar quizá de forma perpetua, reabasteciendo continuamente el escudo.

La geoingeniería solar intentaría imitar los efectos de una gran erupción volcánica, como la erupción de 1991 en el monte Pinatubo que aparece en la imagen.
Photo: U.S. Geological Survey

Puesto que se han realizado solo unas pocas pruebas de campo localizadas, los diseños de las máquinas que coinciden con estos criterios son poco más que conceptos que van desde artefactos flotantes hasta proyectiles balísticos.

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“Creo que la entrega de gas sulfurado a la estratosfera se ha imaginado mediante artillería, con un globo meteorológico a gran altitud o por avión”, explicó a Earther Ian Stimpson, profesor de geofísica de la Universidad de Keele .

La idea de los proyectiles de artillería aparece de forma destacada en un estudio de 2009 que analiza una serie de métodos de SRM, pero se remonta a una publicación aprobada por el gobierno de Estados Unidos en 1992 sobre el tema. Usando “rifles navales”, como los llama el artículo, tendríamos que disparar aproximadamente 8.000 proyectiles hacia el cielo cada día para lograr una cobertura suficiente, lo que costaría $30.000 millones por año, probablemente, un precio demasiado alto.

Sin embargo, la artillería no es la única opción militarista. En un estudio de 2012 se estudian también los misiles, pero se estima que incluso los que son recuperables y reutilizables costarían decenas de miles de millones cada año. La idea de utilizar cañones de bobina que disparan balas ferromagnéticas relativamente livianas también aparece en la investigación de 2012, pero los sistemas adaptados al azufre aún no existen. En ambos casos, los autores señalan que la sociedad desconfiaría (bastante razonablemente) de cualquier expansión importante en la producción de sistemas bélicos.

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Los globos de gran altitud que Stimpson menciona también se exploran en el estudio de 2012 en varias formas, incluso los cargados con compuestos de azufre. Pero necesitaríamos decenas de millones de ellos cada año. Este esquema no solo sería tan caro como los proyectiles de artillería, sino que los restos plásticos que lloverían sobre el planeta no serían muy convenientes.

¿Y por qué no escuadrones de aviones de geoingeniería? Son una de las ideas de implementación de SRM más populares, pero los aviones también tienen sus problemas. Gernot Wagner, codirector del Programa de Investigación de Geoingeniería Solar de Harvard, explicó a Earther que la mayoría de los aviones no pueden volar hasta la estratosfera, y “aquellos que pueden —como la versión civil del avión espía U2, por ejemplo— no tienen carga útil”.

Aun así, Wagner cree que los aviones podrían ser la mejor opción que tenemos ya que “un poco de mezcla y combinación” de diseños preexistentes es todo lo que se necesita para crear un avión optimizado para SRM.

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“El mecanismo de entrega más prominente serían aviones recién diseñados, de nueva construcción”, unos “con un cuerpo bastante grande para entregar unas pocas toneladas de [azufre] en cada descarga” en la estratosfera, dijo Wagner.

Con esto en mente, Stimpson opinó que adaptar unos KC-135, aviones cisterna de reabastecimiento en pleno vuelo pertenecientes al ejército de Estados Unidos, podría valer. Apodados los Stratotankers, estos aviones pueden, como sugiere su apodo, llegar a la estratosfera, por lo que podríamos retocarlos para convertirlos en nuestras máquinas SRM.

“Sí, creo que es ciertamente posible en un futuro no muy lejano”, dijo un portavoz de la Autoridad de Aviación Civil del Reino Unido a Earther. “Pero no olvidemos que un nuevo tipo de avión tendrá que pasar por un riguroso proceso de certificación que retrasará los plazos del proceso”.

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El KC-135R Stratotanker (izquierda) reabasteciendo a un avión de combate (derecha) podría usarse para depositar aerosoles de sulfato en la estratosfera.
Photo: Angelique Perez

“¿Habrá pilotos involucrados? Si me preguntas a mí, probablemente no”, señaló Wagner, sugiriendo que un vehículo no tripulado —una red de drones, en esencia— es perfectamente factible. De todos modos, Wagner estima que el esquema costaría una cifra de nueve ceros que, por el efecto significativo que tendría para el planeta, es un precio relativamente barato.

La Inyección de Partículas Estratosféricas para la Ingeniería Climática (SPICE), una colaboración de 2010 a 2015 entre las universidades de Bristol, Cambridge, Oxford y Edimburgo, consideró algunas máquinas SRM más exóticas. Su sugerencia principal fue una tubería flexible de alta presión amarrada a un globo de helio gigante lleno de hidrógeno en un extremo y con una bomba en el otro que alcanzaría los 25 kilómetros de altitud en la estratosfera. Algunas variantes de esta idea sugieren usar una bomba que atraviese una torre alta y estacionaria, pero SPICE optó por un globo sujeto a un barco, lo que permitiría que el esquema fuera móvil.

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El concepto iba a probarse a una escala muy local: un tubo de un kilómetro de ancho que habría inyectado agua inocua en la atmósfera. Lamentablemente, debido a varios conflictos de intereses y problemas administrativos, la prueba se canceló en 2012. Por ahora no se conoce qué materiales harían falta para construir un dispositivo a mayor escala que pueda soportar los extremos meteorológicos de la atmósfera más baja, y no está claro cuántos globos se necesitarían en todo el mundo para suministrar suficiente azufre.

Matthew Watson, ex investigador principal de SPICE y experto en riesgos naturales en Bristol, explicó a Earther que no se trata solo del diseño. “El control es una cuestión clave”, dijo. “No creo que nadie sepa cómo funcionará en la práctica”.

De hecho, es fácil ver que los que controlan las máquinas controlan el destino del clima del planeta, lo que invoca algunos pensamientos inquietantes. ¿Qué pasaría si uno o varios países quisieran volverse rebeldes unilateralmente? ¿Qué pasaría si el mundo en desarrollo se quedara atrás?

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Los gobiernos no son el único peligro aquí. Sí, es muy probable que un escudo de azufre garantice que el calentamiento global se desacelere o se detenga si se mantiene. En cambio, los estudios no se ponen de acuerdo sobre qué otros efectos involuntarios puede engendrar una SRM, y los cambios dramáticos en los patrones de precipitaciones siguen siendo particularmente enigmáticos y potencialmente devastadores.

También existe el riesgo de que algún gobierno lo desconecte intencionalmente, o un desastre natural o incluso un ataque terrorista derribe las máquinas, provocando algo conocido como “choque de terminación”, donde la Tierra podría en teoría calentarse rápidamente y de repente. Un documento publicado a principios de este año sugirió que esto podría conducir a una agitación del ecosistema sin precedentes, pero otro estudio reciente —que aboga por un enfoque más gradual— señala formas en las que podríamos evitar tal impacto.

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Wagner dijo que si le dieran la opción de implementar máquinas SRM mañana o nunca usarlas, optaría por lo último. Podrían tener un papel productivo en la política climática, pero aún no sabemos mucho sobre estas máquinas.

“No se equivoquen, el despliegue de SRM será una prueba inequívoca de nuestro miserable fracaso como especie a la hora de actuar como administradores planetarios responsables”, dijo. Sin embargo, sería “un último recurso para reducir los riesgos mientras arreglamos nuestros problemas”. Wagner enfatizó que las máquinas SRM no son ni deberían considerarse un reemplazo de la reducción de emisiones de carbono.

Independientemente de lo que pienses de estas máquinas, está claro que los obstáculos tecnológicos, ambientales y sociales que tenemos que superar para desplegarlos son insignificantes en comparación con una sola pregunta: ¿Qué nos asusta más: flotas de drones que sueltan azufre en el cielo o cambio climático descontrolado?

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Robin George Andrews es un vulcanólogo reconvertido en escritor científico con una inclinación por las historias extravagantes, desde las corrientes estelares hasta el cambio climático.