Chernóbil no terminó en 1986. Bajo los restos del reactor 4 sigue existiendo un legado físico del accidente: el corio, una mezcla solidificada de combustible nuclear y materiales estructurales que fluyó como lava radiactiva. Durante años, la atención se centró en una formación concreta, la “pata de elefante”. Pero nuevas mediciones y exploraciones revelaron algo inquietante: no era el peor lugar del reactor.
Qué es el corio y cómo se formó en Chernóbil
El corio es el producto final de una fusión nuclear. Se trata de una masa formada por combustible nuclear derretido, barras de control, acero y hormigón, todo mezclado a temperaturas extremas. En Chernóbil, esta sustancia alcanzó hasta 2.600 grados centígrados, más del doble que la lava volcánica.
Tras la explosión del reactor 4, el corio se acumuló inicialmente en estancias situadas bajo el núcleo. Parte de esa masa fluyó lateralmente, solidificándose en la célebre “pata de elefante”, descubierta meses después del accidente.
La “pata de elefante”: el símbolo del horror nuclear
Cuando fue localizada en 1986, la “pata de elefante” emitía unos 10.000 roentgens por hora, una dosis letal en cuestión de minutos. Su aspecto rugoso y oscuro, unido a su radiactividad extrema, la convirtió en uno de los objetos más temidos del planeta.
Con el paso de los años, la radiación disminuyó notablemente debido al decaimiento de los isótopos más inestables. En los años noventa, incluso se documentaron breves exposiciones humanas sin consecuencias inmediatas fatales, algo impensable una década antes.
8 meses após o desastre de Chernobyl, os operários encontraram uma massa radioativa chamada "pé de elefante", emitindo cerca de 10.000 roentgens por hora, sendo 600 roentgens uma dose letal. pic.twitter.com/yJ1cJMVeqm
— Fotos de Fatos (@FotosDeFatos) December 5, 2025
El verdadero punto más radiactivo: “The China Syndrome”
Lo que se supo después es que el corio no se detuvo en la “pata de elefante”. Parte de la masa siguió descendiendo, atravesó el suelo del reactor y se desplazó por conductos de vapor y sistemas de refrigeración.
Esta acumulación más profunda, apodada “The China Syndrome”, llegó a emitir en los años noventa más de 3.400 roentgens por hora, varias veces más que la famosa formación superior en ese mismo periodo. Además, su volumen sería considerablemente mayor.
El nombre procede de una vieja metáfora de la Guerra Fría: la idea exagerada de que un reactor fundido podría atravesar la Tierra entera. En Chernóbil no ocurrió algo así, pero el concepto ilustra el miedo real a una fusión incontrolada.
Una herencia que aún no ha terminado
Aunque hoy la radiación es menor, estas masas de corio siguen siendo extremadamente peligrosas. Permanecen bajo el sarcófago y el Nuevo Confinamiento Seguro, recordando que los accidentes nucleares no se resuelven en años, sino en siglos.
Chernóbil demostró que incluso los peores escenarios teóricos podían quedarse cortos. Y que, bajo la superficie, aún pueden esconderse horrores más grandes de lo que creíamos haber encontrado.
Fuente: Xataka.