China vive una paradoja difícil de ignorar. Hacia afuera, el mensaje es claro: liderazgo tecnológico, infraestructuras avanzadas, robots humanoides y una apuesta decidida por la inteligencia artificial como pilar del poder económico y geopolítico. Hacia adentro, sin embargo, algo se mueve en dirección opuesta. No en los despachos ni en los laboratorios, sino entre los jóvenes que crecieron rodeados de pantallas.
Mientras el Estado impulsa el futuro, una parte de la nueva generación parece querer volver al pasado.
El Y2K como refugio emocional

Para muchos jóvenes chinos que hoy entran al mercado laboral, la infancia está asociada a una era digital mucho más simple: la transición entre la web 1.0 y la 2.0, los foros, los reproductores DVD, los móviles con tapa, los botones físicos y las interfaces coloridas. Aquella estética, hoy conocida como Y2K, ha vuelto con fuerza.
No se trata solo de moda. Es memoria emocional. “Mi único arrepentimiento es que mi infancia fue muy breve”, escribía recientemente un joven en Xiaohongshu, una de las redes sociales más influyentes del país. La frase resume un sentimiento compartido: la sensación de haber pasado demasiado rápido de una infancia digital inocente a una adultez dominada por algoritmos, métricas y expectativas imposibles.
Menos pantallas, más control
Esta vuelta a lo analógico también tiene una dimensión ideológica. En una época marcada por términos como doomscrolling o brainrot —este último elegido palabra del año por el diccionario Oxford—, reducir la exposición digital se ha convertido en una forma de autocuidado.
Numerosos estudios han documentado el impacto negativo de las redes sociales en la salud mental de los jóvenes. Comparación constante, presión estética, ansiedad y una sensación permanente de estar llegando tarde a todo. Frente a eso, lo retro ofrece algo muy concreto: límites claros. Un móvil sin redes, una cámara analógica, un reproductor de música sin notificaciones.
No es desconexión total. Es control.
El mercado ya lo ha entendido
Como suele ocurrir, el consumo va por delante del discurso. Entre 2021 y 2024, los jóvenes chinos de entre 18 y 24 años impulsaron el mercado de teléfonos básicos en un 148 %. No porque no puedan permitirse un smartphone moderno, sino porque no quieren depender de él.
Las marcas han tomado nota. En 2025, Starbucks China lanzó incluso su propia cámara analógica, acompañada del lema “Every moment matters”. No es casual: la fotografía química obliga a mirar, elegir y esperar. Todo lo contrario al consumo compulsivo de imágenes digitales.
Cuando lo retro se vuelve resistencia

En sus expresiones más extremas, esta tendencia va más allá de la estética. Algunos jóvenes buscan escapar de lo urbano y lo hiperconectado por completo. Eventos como la Qixing Mountain Camel Cup, una competición de supervivencia en la montaña, se han popularizado como experiencias de desconexión radical, donde incluso la tecnología básica queda fuera de juego.
No es un rechazo frontal al progreso. Es una forma de resistencia silenciosa: elegir cuándo y cómo estar conectado en un país donde la tecnología lo atraviesa todo.
Dos Chinas avanzando en direcciones opuestas
Mientras el Estado chino compite por dominar la inteligencia artificial y la robótica a escala global, parte de su juventud parece estar enviando otro mensaje. No cuestiona la tecnología en sí, sino el ritmo, la presión y la pérdida de control que conlleva.
Quizá no sea una contradicción, sino una señal de equilibrio. En la China que quiere liderar el futuro, hay jóvenes recordando que no todo avance es necesariamente bienestar. Y que, a veces, mirar hacia atrás es la única forma de seguir adelante.