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Ciencia

Montessori y su método revelan el equilibrio que muchos padres todavía buscan entre límites y autonomía para sus hijos

La idea de criar sin límites suele confundirse con fomentar la libertad. Sin embargo, una de las pedagogas más influyentes de la historia advirtió que esa interpretación puede tener consecuencias inesperadas.
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Pocas cuestiones generan tantas dudas entre madres, padres y educadores como encontrar el equilibrio entre poner límites y permitir que los niños tomen sus propias decisiones. En los últimos años, la crianza ha oscilado entre dos posturas aparentemente opuestas: quienes defienden normas claras y quienes apuestan por una libertad casi absoluta. Pero mucho antes de que este debate inundara las redes sociales, María Montessori ya había planteado una respuesta que hoy sigue sorprendiendo por su vigencia. Su planteamiento desmonta una de las ideas más extendidas sobre la educación infantil y explica por qué permitir que un niño haga siempre lo que desea no es sinónimo de respetar su libertad.

La libertad no significa ausencia de límites

Hablar de libertad en la infancia suele dar lugar a interpretaciones equivocadas. Con frecuencia se piensa que respetar al niño implica permitirle actuar sin restricciones, decidir en cualquier circunstancia o satisfacer todos sus deseos. Sin embargo, Montessori defendía una visión muy diferente.

Para la reconocida pedagoga, la verdadera libertad no consiste en eliminar las normas, sino en desarrollar la capacidad de actuar con conciencia y asumir las consecuencias de las propias decisiones. En su obra El descubrimiento del niño, resumió esta idea con una reflexión que continúa siendo una referencia: permitir que un niño haga lo que quiera antes de haber desarrollado su voluntad supone desvirtuar el auténtico significado de la libertad.

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© Unsplash – Kateryna Hliznitsova.

Esta perspectiva también encuentra respaldo en los conocimientos actuales sobre el desarrollo cerebral. Durante la infancia, especialmente en los primeros años de vida, la corteza prefrontal (la región relacionada con la planificación, el autocontrol y la regulación emocional) todavía está en pleno proceso de maduración. Eso significa que los niños reaccionan con mayor frecuencia guiados por impulsos, emociones inmediatas o necesidades del momento.

Por ese motivo, ofrecer libertad sin acompañamiento no favorece necesariamente su crecimiento. En muchas ocasiones ocurre justo lo contrario: el menor carece de las herramientas necesarias para gestionar esa responsabilidad y termina enfrentándose a situaciones para las que aún no está preparado.

La voluntad es una habilidad que se construye con el tiempo

Uno de los conceptos centrales del método Montessori es la voluntad. Lejos de entenderla como un rasgo innato, la pedagoga sostenía que debía cultivarse mediante la experiencia cotidiana.

La voluntad permite que una persona no dependa únicamente de sus impulsos, sino que pueda detenerse, reflexionar y actuar de forma consciente. Es una capacidad que se fortalece poco a poco gracias al aprendizaje y a un entorno que combine acompañamiento con oportunidades para practicar la toma de decisiones.

En este proceso desempeñan un papel esencial elementos como la concentración, el movimiento, la autodisciplina y la repetición de actividades que favorezcan la autonomía. Cada pequeña responsabilidad asumida por el niño contribuye a desarrollar esa capacidad de elegir con criterio.

Por ello, Montessori proponía aumentar progresivamente el grado de independencia según la madurez de cada etapa. No se trata de delegar todas las decisiones desde el principio, sino de ampliar ese margen conforme el menor demuestra estar preparado para gestionarlo.

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© Vika Glitter – Pexels

La autonomía ocupa un lugar fundamental dentro de esta filosofía educativa. Un niño que nunca participa en tareas domésticas, que siempre recibe ayuda antes de intentarlo por sí mismo o que jamás asume responsabilidades difíciles tendrá menos oportunidades para desarrollar confianza y autocontrol.

Esta reflexión resulta especialmente relevante en una época en la que numerosos especialistas alertan sobre el crecimiento de la sobreprotección. Cuando los adultos resuelven constantemente los problemas de los niños, limitan también las ocasiones en las que estos pueden aprender a pensar, equivocarse y encontrar soluciones propias.

El papel del adulto no es controlar ni desaparecer

Entonces surge la gran pregunta: si no conviene dejar que los niños hagan siempre lo que quieran, ¿deben los adultos decidir absolutamente todo por ellos?

La respuesta que plantean Montessori y numerosos expertos actuales se sitúa en un punto intermedio. El adulto no debe convertirse ni en un director absoluto ni en un espectador pasivo, sino en una figura que acompaña, orienta y crea oportunidades para que el niño practique la toma de decisiones de forma segura.

El psicólogo infantil Javier de Haro propone un ejemplo sencillo que refleja esta idea. Cuando un niño plantea un problema, en lugar de ofrecer inmediatamente la solución, puede preguntársele qué cree que podría hacer. Aunque inicialmente responda que no lo sabe, ese momento sirve para explorar alternativas y permitir que participe activamente en la elección.

La misma estrategia puede trasladarse a situaciones cotidianas. En lugar de decidir siempre por él, es posible ofrecer dos opciones razonables y dejar que elija entre ambas. Elegir una fruta o un yogur como postre, seleccionar la ropa entre dos conjuntos o decidir el orden de ciertas actividades son pequeñas experiencias que fortalecen la capacidad de decisión.

Si finalmente el menor no consigue escoger, el adulto interviene, explica el motivo y muestra que toda decisión implica una responsabilidad. De esta manera, el niño comprende que la libertad también requiere compromiso.

Al final, la auténtica libertad no consiste en satisfacer cualquier deseo ni en vivir sin límites. Significa aprender a tomar decisiones responsables, pensar antes de actuar y desarrollar la capacidad de gobernar los propios impulsos. Esa habilidad no aparece de forma automática con el crecimiento: necesita tiempo, práctica y adultos que sepan acompañar sin controlar en exceso. Ese equilibrio, defendía María Montessori hace décadas, sigue siendo uno de los mayores desafíos de la educación moderna.

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