En televisión existe una regla bastante intuitiva: si alguien ya ha visto un episodio, ofrecerle exactamente lo mismo al día siguiente no parece la mejor forma de mantenerlo delante de la pantalla. Nickelodeon decidió hacer justo lo contrario.
Cuando Blue’s Clues llegó a la televisión estadounidense en 1996, cada episodio nuevo se emitía durante cinco días consecutivos antes de ser reemplazado por el siguiente. No era una solución para ahorrar producción ni una programación improvisada. La repetición estaba incorporada deliberadamente al diseño educativo de la serie.
Y detrás había una idea fascinante: quizá un niño no experimentaba la repetición de la misma manera que un adulto. Quizá, cuando ya sabía qué iba a ocurrir, podía dejar de gastar esfuerzo en comprender la historia y comenzar a participar activamente en ella.
La primera vez miraban. Después empezaban a responderle a Steve

La estructura de Blue’s Clues estaba construida precisamente para eso. Steve Burns miraba a cámara, formulaba una pregunta y esperaba varios segundos antes de continuar. Ese silencio que podía resultar extraño para un adulto tenía un propósito muy concreto: dar al niño tiempo para contestar desde casa.
Angela Santomero, cocreadora de la serie, explicaba ya en 1998 que la repetición permitía a los pequeños “dominar” habilidades y conceptos. Para Nickelodeon, sin embargo, aceptar una programación en la que el mismo episodio aparecía toda la semana fue una decisión suficientemente extraña como para preparar incluso al personal que atendería posibles quejas de padres. Apenas llegaron.
La teoría no quedó simplemente en una intuición de sus creadores. Daniel R. Anderson, investigador de la Universidad de Massachusetts Amherst, participó junto con el equipo de Nickelodeon en un experimento formal realizado antes del estreno. El trabajo acabaría publicándose en 1999 en el Journal of Educational Psychology.
Los investigadores trabajaron con niños de entre tres y cinco años. Algunos vieron un episodio una única vez. Otros observaron exactamente el mismo capítulo durante cinco días consecutivos. Mientras lo hacían, fueron grabados para analizar dónde dirigían la mirada, cuánto interactuaban con el programa y qué comprendían después.
Lo extraño es que no se aburrían: cada día participaban más

El resultado desmontó uno de los temores más obvios de Nickelodeon. La atención hacia la pantalla permaneció elevada después de las cinco visualizaciones (con una caída apreciable únicamente entre algunos niños de cinco años), pero las respuestas verbales y físicas aumentaron conforme avanzaban las repeticiones. Los pequeños contestaban preguntas, señalaban la pantalla e interactuaban especialmente durante los segmentos educativos.
También mejoraba su comprensión. Y aquí estaba la parte importante: no se trataba únicamente de recordar dónde estaba una pista porque ya habían visto el episodio cuatro veces. Tras las repeticiones, los niños mostraban una mayor capacidad para resolver problemas similares que no habían aparecido exactamente en el capítulo. La repetición parecía facilitar que comprendieran la lógica detrás de lo que estaban haciendo.
El diseño de Blue’s Clues aprovechaba ese efecto. Una investigación posterior sobre cómo se construían sus episodios explicaba que la emisión durante cinco días consecutivos respondía precisamente a la idea, respaldada por teorías del desarrollo infantil, de que los niños pequeños adquieren habilidades mediante la repetición.
Nickelodeon esperaba que la audiencia cayera. Los datos dijeron otra cosa
Quedaba, sin embargo, una prueba bastante más cruel que cualquier experimento académico: el mando a distancia Si los niños realmente se cansaban, las audiencias deberían caer entre el lunes y el viernes. Anderson señaló posteriormente que los datos diarios de Nielsen permanecían prácticamente planos a medida que avanzaban las repeticiones. Blue’s Clues no parecía desgastarse durante aquella semana.
La fórmula funcionó tan bien que Nickelodeon volvió a utilizar una estrategia semejante con el estreno de Dora the Explorer en 2000. Lo interesante es que el experimento daba la vuelta a una idea muy arraigada sobre la televisión. Para un adulto, conocer la respuesta suele eliminar parte de la diversión. Para un niño de cuatro años, conocerla podía ser precisamente lo que hacía posible participar.
El lunes, Steve parecía hacer preguntas desde el televisor. Para el viernes, muchos niños ya sentían que él estaba esperando su respuesta.