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Ciencia

Por qué detectamos enseguida los errores de los demás pero nos cuesta tanto reconocer los nuestros

Podemos desmontar con facilidad un argumento defectuoso cuando pertenece a otra persona y, al mismo tiempo, defender prácticamente el mismo razonamiento cuando es nuestro. Varios experimentos de psicología ayudan a explicar esta curiosa asimetría.
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Hay algo especialmente frustrante en discutir con alguien que no parece detectar una contradicción evidente en su propio razonamiento. El problema es que probablemente nosotros hacemos exactamente lo mismo sin darnos cuenta.

La psicología cognitiva lleva décadas estudiando esta asimetría. Uno de los fenómenos que ayudan a explicarla recibe el nombre de “sesgo del punto ciego”: reconocemos con relativa facilidad los sesgos cognitivos de otras personas, pero tendemos a pensar que nosotros somos menos susceptibles a ellos.

Creemos ser más objetivos de lo que realmente somos

En 2002, Emily Pronin, Daniel Lin y Lee Ross publicaron una serie de estudios en los que los participantes tendían a considerar que otras personas estaban más influenciadas por diferentes sesgos psicológicos que ellos mismos.

Una posible explicación tiene que ver con la introspección.

Cuando analizamos nuestras propias decisiones tenemos acceso a nuestras intenciones, pensamientos y justificaciones. Como no siempre podemos detectar los procesos inconscientes que influyen en ellas, podemos interpretar esa ausencia de evidencia interna como prueba de que estamos siendo objetivos.

Cuando observamos a otra persona, en cambio, juzgamos principalmente lo que dice o hace.

Por qué detectamos enseguida los errores de los demás pero nos cuesta tanto reconocer los nuestros
© Vitaly Gariev – Unsplash.

Un experimento consiguió que las personas criticaran sus propios argumentos

Una demostración especialmente llamativa apareció en un estudio publicado en Cognitive Science por Emmanuel Trouche, Petter Johansson, Lars Hall y Hugo Mercier.

Los participantes tenían que resolver problemas de razonamiento y escribir argumentos para justificar sus respuestas. Después debían evaluar supuestos argumentos producidos por otras personas. Pero había una trampa.

En determinados casos, los investigadores les mostraban uno de sus propios argumentos como si hubiera sido escrito por otra persona.

Entre quienes no detectaron el intercambio, el 56% en un experimento y el 58% en otro rechazaron argumentos que ellos mismos habían formulado previamente. Además, distinguían mejor los razonamientos válidos de los inválidos cuando creían que pertenecían a otra persona.

Los investigadores denominaron a este fenómeno “pereza selectiva del razonamiento”.

Puede que nuestro cerebro esté especialmente preparado para discutir

Hugo Mercier y Dan Sperber propusieron en 2011 una explicación más amplia conocida como teoría argumentativa del razonamiento. Su hipótesis plantea que una función importante del razonamiento humano consiste en producir argumentos capaces de convencer a otros y evaluar los argumentos que recibimos.

Desde esta perspectiva, tendría sentido que fuéramos relativamente indulgentes al generar argumentos propios y bastante más críticos cuando analizamos los ajenos.

La teoría también intenta explicar fenómenos como el sesgo de confirmación: cuando defendemos una posición, tendemos a buscar argumentos que la respalden en lugar de intentar destruirla activamente.

Eso no significa que el cerebro haya evolucionado simplemente para “ganar discusiones”. La propuesta continúa siendo una teoría sobre la función del razonamiento y ha generado debate dentro de la ciencia cognitiva.

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© Vitaly Gariev – Unsplash.

Cómo encontrar nuestros propios errores

Una consecuencia interesante es que razonar acompañado puede ser útil.

Si otras personas detectan con mayor facilidad las debilidades de nuestros argumentos, exponer nuestras ideas a críticas puede revelar errores que resultan difíciles de encontrar mediante introspección.

Otra estrategia sencilla consiste en separar temporalmente la idea de quien la formuló: preguntarse si consideraríamos convincente exactamente el mismo argumento si procediera de alguien con quien normalmente estamos en desacuerdo.

La próxima vez que encontremos un fallo evidente en el razonamiento de otra persona, por tanto, conviene recordar algo incómodo: nuestra capacidad para detectar errores no desaparece cuando analizamos nuestras propias ideas.

Simplemente puede volverse bastante menos exigente.

 

 

Fuente: Noticias de la Ciencia y la Tecnología.

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