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Ciencia

No eran simples excrementos. Eran la evidencia de una epidemia olvidada que enfermó a un pueblo precolombino hace más de un milenio

En una cueva del norte de México, un grupo de paleofeces conservadas durante 1.300 años ha permitido reconstruir el estado de salud de una civilización perdida. Los análisis revelan infecciones intestinales múltiples, condiciones insalubres y una vida cotidiana marcada por patógenos invisibles. Un hallazgo que redefine cómo entendemos la salud en el mundo prehispánico.
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En el silencio del norte de México, una cueva guardó un secreto microscópico. En su interior, ocultos entre fibras vegetales y fragmentos de cerámica, un puñado de excrementos humanos esperaba ser redescubierto. Hoy, esos restos —aparentemente insignificantes— se han convertido en la prueba más antigua de una epidemia silenciosa que afectó a una civilización precolombina.

La cueva donde el pasado seguía respirando

La epidemia que nadie documentó. Científicos analizan heces milenarias en México y descubren una crisis de salud que duró siglos
© Unsplash – Joshua Sortino.

La Cueva de los Muertos Chiquitos, en el Valle del Río Zape (Durango), fue excavada en los años cincuenta, pero su verdadera importancia ha emergido recién ahora. Allí, un equipo internacional de científicos aplicó tecnología forense molecular —la misma que se usa en investigaciones criminales— para analizar diez muestras de excrementos humanos desecados entre los siglos VIII y X.

Lo que descubrieron superó cualquier expectativa. Cada muestra contenía rastros de bacterias, protozoos y parásitos intestinales, una señal inequívoca de que las infecciones digestivas eran endémicas. Los antiguos habitantes de esta región no luchaban solo contra la sequía o el hambre, sino también contra un enemigo invisible que los acompañaba en su vida diaria: los parásitos.

ADN del pasado

Este estudio, publicado en PLOS One, utilizó reacción en cadena de la polimerasa (PCR) para amplificar el ADN conservado en los coprolitos. Los resultados revelaron la presencia de Blastocystis spp., Escherichia coli patógena, Shigella, Giardia spp. y, en seis de las diez muestras, Enterobius vermicularis —el conocido oxiuro o lombriz intestinal—.

Nunca antes se habían identificado tantos patógenos diferentes en restos humanos tan antiguos. Y lo más revelador: muchas de estas especies nunca habían sido detectadas mediante técnicas moleculares en paleofeces. Era la primera vez que se reconstruía, con precisión de laboratorio, el mapa sanitario de una civilización desaparecida.

Los investigadores no encontraron un caso aislado de enfermedad, sino un patrón colectivo, una muestra de que las infecciones intestinales eran parte de la normalidad. La convivencia con animales, la escasez de agua limpia y el uso compartido de espacios domésticos explican la persistencia de estos microorganismos.

La vida entre la tierra y los dioses

Los habitantes de este lugar pertenecían a la cultura Loma San Gabriel, un pueblo agrícola que prosperó entre los siglos VII y X. Sus tumbas y restos de alimentos —agave, maíz, frutas silvestres— hablan de una dieta rica en fibra pero escasa en higiene. La cueva, usada como depósito de desechos y ofrendas, se transformó sin querer en un archivo biológico que preservó las huellas de su salud y su enfermedad.

La presencia de oxiuros fue la pista definitiva para confirmar que se trataba de heces humanas. Incluso donde el ADN mitocondrial no sobrevivió, los parásitos hablaron por sus antiguos anfitriones. En palabras de los autores, “las infecciones intestinales eran endémicas y estructurales, no episodios esporádicos”.

Un espejo microscópico

La epidemia que nadie documentó. Científicos analizan heces milenarias en México y descubren una crisis de salud que duró siglos
© Johnica Winter, CC-BY 4.0.

Lo que estos excrementos revelan no es solo una historia de parásitos, sino una lección sobre la fragilidad humana. En un tiempo sin antibióticos ni saneamiento, los cuerpos convivían con microorganismos que hoy combatimos con facilidad. Pero también demuestra algo más: que las enfermedades son parte de la historia cultural tanto como los templos, las guerras o las lenguas perdidas.

Gracias a las técnicas de secuenciación avanzada, la paleoparasitología se ha convertido en una herramienta capaz de reconstruir la vida cotidiana desde lo más íntimo del ser humano. Lo que antes se consideraba desecho es hoy una cápsula de tiempo genética.

Cuando el pasado se estudia con guantes de látex

El análisis de las paleofeces del Río Zape muestra cómo la biología molecular puede rescatar historias invisibles. Cada fragmento de ADN recuperado revela hábitos alimenticios, prácticas de higiene y relaciones ecológicas entre humanos y su entorno. Los investigadores ya planean aplicar estas mismas técnicas en otros sitios de América para trazar un mapa de la salud precolombina, algo que hasta ahora parecía imposible.

En cierto modo, esta cueva ha devuelto la voz a una comunidad perdida. Y lo ha hecho desde el lugar más humilde imaginable: los restos de su propio cuerpo.

Más de mil años después, los científicos aún siguen escuchando lo que aquellos excrementos intentan decir. Y el mensaje es claro: la historia de la humanidad también se escribe en lo que dejamos atrás.

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