Durante los primeros años de vida, el cerebro infantil crece a una velocidad extraordinaria. Esa plasticidad, esencial para el aprendizaje, también lo vuelve especialmente sensible a los estímulos del entorno. En este contexto, una investigación de más de diez años aporta nuevas evidencias sobre cómo el uso precoz de pantallas puede influir en la organización cerebral y en el bienestar emocional a largo plazo.
Qué analizó el estudio
La investigación fue liderada por Tan Ai Peng, en colaboración con el Agency for Science, Technology and Research (A*STAR) y la Facultad de Medicina Yong Loo Lin de la Universidad Nacional de Singapur.
El equipo siguió durante más de una década a 168 niños de la cohorte Growing Up in Singapore Towards Healthy Outcomes (GUSTO). Los resultados fueron publicados en la revista EBioMedicine.
Cambios cerebrales vinculados a la exposición temprana
Según los hallazgos, los niños con mayor exposición a pantallas antes de los dos años mostraron una maduración acelerada de redes cerebrales relacionadas con el procesamiento visual y el control cognitivo. Este desarrollo precoz se asoció con una menor eficiencia cognitiva en la infancia, observable en una toma de decisiones más lenta.
En los últimos años, pediatras han alertado sobre un aumento de niños pequeños con retraso en el lenguaje. La evidencia científica indica que la exposición excesiva a pantallas en menores de 3 años, cuando reemplaza la interacción humana, puede afectar el desarrollo del habla.… pic.twitter.com/Jsfhui17pe
— Enséñame de Ciencia (@EnsedeCiencia) December 26, 2025
Los participantes fueron evaluados mediante resonancias magnéticas a los 4,5, 6 y 7,5 años, lo que permitió analizar con detalle la evolución de los circuitos cerebrales. Este diseño refuerza la idea de que los primeros años constituyen una ventana crítica, especialmente sensible a las influencias ambientales.
De la infancia a la adolescencia: un efecto que persiste
Las diferencias observadas no se limitaron a la niñez. Durante la adolescencia, los participantes que habían presentado menor eficiencia cognitiva en la infancia reportaron más síntomas de ansiedad. Esto sugiere una continuidad entre los cambios tempranos en el cerebro y el bienestar emocional posterior.
El primer autor del estudio, Huang Pei, explicó que, en condiciones normales, las redes cerebrales se especializan de forma gradual. La estimulación intensa a edades muy tempranas podría adelantar esa especialización, reduciendo la flexibilidad necesaria para afrontar desafíos cognitivos y emocionales más complejos.
Una etapa especialmente sensible
Un dato clave es que la exposición a pantallas a edades posteriores —como a los tres o cuatro años— no mostró el mismo impacto. Esto refuerza la relevancia del período previo a los dos años como una fase especialmente vulnerable del desarrollo cerebral.
Los investigadores subrayan que la cantidad y el tipo de estimulación digital dependen en gran medida de las decisiones de padres y cuidadores, lo que hace fundamental la orientación familiar.

La lectura compartida como factor protector
Entre los hallazgos más alentadores, el estudio destaca el papel de la lectura compartida. Una investigación complementaria publicada en Psychological Medicine en 2024 mostró que leer con frecuencia a los niños a los tres años atenúa la relación entre la exposición temprana a pantallas y las alteraciones en áreas cerebrales vinculadas a la regulación emocional.
La lectura compartida promueve el intercambio verbal, fortalece el vínculo afectivo y estimula el lenguaje, ofreciendo una experiencia rica e interactiva que contrasta con el consumo pasivo de contenido digital.
Qué implican estos resultados
Aunque el estudio no demoniza la tecnología, sí aporta evidencia biológica que respalda la necesidad de regular el uso de pantallas en la primera infancia y priorizar actividades cara a cara. Proteger el desarrollo cerebral temprano no solo influye en el rendimiento cognitivo, sino también en la salud emocional a largo plazo.
Fuente: Infobae.