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Ciencia

¿Por qué algunas personas parecen no sentir nada durante una crisis? La explicación psicológica resulta inquietante

Parecer tranquilo cuando todo se desmorona suele interpretarse como una señal de fortaleza, pero detrás de esa serenidad puede existir una respuesta emocional aprendida.
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Hay personas que parecen hechas para soportar cualquier crisis. Mientras los demás se bloquean, lloran o buscan desesperadamente una solución, ellas permanecen serenas, hablan con normalidad y continúan actuando como si nada estuviera ocurriendo. Esa capacidad suele despertar admiración. Sin embargo, la psicología plantea una posibilidad mucho menos evidente: en determinados casos, esa tranquilidad no nace de una gran fortaleza emocional, sino de una estrategia aprendida para protegerse.

Cuando mantener la calma deja de ser una virtud

La Soledad Post Rechazo
© Carolina – Unsplash

La reacción resulta especialmente llamativa cuando ocurre en situaciones que, objetivamente, deberían provocar una respuesta emocional intensa. Una emergencia familiar, una noticia inesperada, un conflicto laboral o una situación de enorme presión pueden encontrar a determinadas personas completamente imperturbables.

Desde fuera, esa actitud parece ejemplar. Son quienes mantienen la cabeza fría cuando los demás pierden el control y quienes terminan ocupando de manera casi automática el papel de persona responsable. En el trabajo se las considera fiables; entre amigos, fuertes; y dentro de una familia, capaces de sostener a los demás cuando todo se complica.

Pero existe una diferencia importante entre saber regular las emociones y haber aprendido a desconectarse de ellas.

Un ejemplo de esta contradicción puede encontrarse en el ámbito de las comunicaciones de crisis. Durante una semana especialmente exigente, una profesional recibió elogios por su capacidad para mantenerse firme y seguir trabajando pese a la enorme presión. Sin embargo, mientras quienes la rodeaban percibían fortaleza y control, internamente experimentaba una profunda sensación de vacío que contrastaba con la imagen que proyectaba hacia el exterior.

Ese contraste puede ser difícil de reconocer. Una persona puede parecer perfectamente tranquila y, al mismo tiempo, estar atravesando una intensa respuesta emocional que permanece fuera de la vista de los demás.

La explicación puede encontrarse, en algunos casos, mucho antes de que aparezca la crisis.

La infancia puede enseñar a esconder lo que sentimos

Algunas personas desarrollan esta forma de reaccionar después de crecer en entornos donde mostrar determinadas emociones no era bien recibido. Si expresar miedo, tristeza, enfado o vulnerabilidad provocaba rechazo, críticas o consecuencias negativas, aprender a contener esas reacciones podía convertirse en una forma eficaz de protegerse.

Con el tiempo, lo que comenzó como una adaptación puede transformarse en una respuesta automática.

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© Shutterstock / Xavier_S81.

Un participante de un taller de resiliencia en Dublín explicó que durante su infancia cualquier manifestación emocional podía desencadenar una reacción negativa. Aprendió así a contener lo que sentía antes incluso de expresarlo. Años después, ese comportamiento era interpretado por quienes lo rodeaban como sensatez, madurez y estabilidad.

Sin embargo, un terapeuta identificó aquella conducta de una manera muy diferente: inhibición emocional crónica.

La distinción es importante porque una persona emocionalmente regulada no necesariamente deja de sentir. Puede experimentar miedo o angustia y, aun así, decidir cómo actuar. En cambio, cuando la respuesta consiste en desconectar de manera sistemática de las propias emociones, la aparente tranquilidad puede tener un coste.

La investigación psicológica sobre el apego evitativo, incluida la desarrollada por especialistas como Jeffry Simpson y W. Steven Rholes, ha analizado cómo determinadas experiencias tempranas pueden influir en la manera en que las personas afrontan la cercanía emocional y las situaciones de estrés.

En algunos casos, aprender a no necesitar a los demás o a no mostrar vulnerabilidad puede convertirse en una característica aparentemente positiva. Hasta que deja de serlo.

El precio de convertirse siempre en la persona fuerte

Ser quien mantiene la calma puede generar un círculo difícil de romper. Cuanto más competente parece una persona durante las crisis, más probable es que los demás recurran a ella cuando aparecen nuevos problemas.

Así nace lo que algunos especialistas describen como una especie de “trampa de la utilidad emocional”: ser necesario se convierte en una identidad y esa identidad, a su vez, refuerza la necesidad de seguir siendo fuerte.

El problema aparece cuando la persona empieza a asumir que mostrar sus propias necesidades podría poner en peligro ese papel.

La supresión constante de las emociones tampoco es necesariamente inocua. Algunas investigaciones la han relacionado con una menor satisfacción en las relaciones sociales, dificultades para desarrollar cercanía afectiva y una mayor sensación de desconexión respecto a las propias emociones.

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© Unsplash – Adrian Swancar.

El resultado puede ser paradójico. Una persona que parece tener una enorme capacidad para sostener a los demás puede sentirse completamente sola cuando necesita que alguien la sostenga a ella.

Por eso, la próxima vez que alguien permanezca extraordinariamente tranquilo mientras todo a su alrededor se desmorona, quizá convenga no asumir automáticamente que está afrontando la situación mejor que todos los demás.

Puede que simplemente haya aprendido, hace mucho tiempo, que esa era la manera más segura de sobrevivir emocionalmente.

Y esa diferencia, aunque invisible desde fuera, puede cambiar por completo la forma de entender lo que realmente significa “mantener la calma”.

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