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Por qué el cerebro humano busca el azúcar como si fuera una droga, según la ciencia

El gusto por lo dulce tiene raíces biológicas, pero la neurociencia revela que el azúcar activa en el cerebro los mismos circuitos de recompensa que ciertas drogas, lo que explica su vínculo con obesidad, enfermedades crónicas y trastornos mentales

Desde que nacemos, el ser humano muestra una clara inclinación por los sabores dulces. Evolutivamente, esta preferencia actuó como un mecanismo de supervivencia: para los cazadores-recolectores, lo dulce era sinónimo de energía rápida y alimentos seguros frente a otros potencialmente tóxicos.

Hoy, en un mundo saturado de refrescos, bollería industrial y comidas ultraprocesadas, esa programación biológica se ha convertido en un problema de salud pública. La neurocientífica Nicole Avena, que lleva más de dos décadas investigando los efectos del azúcar, explicó a The Telegraph que este ingrediente estimula en el cerebro los mismos circuitos de recompensa que sustancias adictivas. “Nuestro cerebro no sabe si nos estamos inyectando heroína o comiendo un pastelito”, afirmó.

Cómo el azúcar “secuestra” al cerebro

Los experimentos de Avena con animales fueron reveladores: ratas expuestas a acceso ilimitado al azúcar desarrollaban conductas de adicción, incluyendo atracones, síntomas de abstinencia y necesidad creciente de consumir más para sentir placer. A nivel cerebral, mostraban activación en las mismas áreas que cuando eran expuestas a drogas.

En humanos, estudios clínicos confirman patrones similares. El azúcar provoca liberación de dopamina en el núcleo accumbens, región clave del placer y la motivación. Esto explica la sensación de euforia tras ingerir un dulce, así como la frustración y el malestar cuando se intenta reducir su consumo.

Riesgos invisibles para la salud

Más allá del cerebro, el azúcar impacta en todo el organismo. Investigaciones citadas por The Telegraph revelan que consumir dos bebidas azucaradas al día eleva en más de un 30% el riesgo de muerte cardiovascular.

Otros estudios muestran que cada aumento de 250 ml de refresco incrementa la mortalidad en un 4%. También se asocia a caries, envejecimiento prematuro de la piel, hígado graso, alteraciones intestinales y mayor probabilidad de desarrollar demencia.

Algunos especialistas incluso hablan del Alzheimer como “diabetes tipo 3”, al vincular la hiperglucemia persistente con el deterioro neuronal.

El azúcar potencia la llamada hambre hedónica, es decir, comer por placer y no por necesidad. Basta con ver imágenes de postres para activar los antojos, un fenómeno potenciado por la exposición constante en redes sociales.

Cuando se interrumpe su consumo, aparecen síntomas de abstinencia: irritabilidad, ansiedad, dolores de cabeza y cansancio.

La investigación también vincula un consumo elevado con cáncer (especialmente de mama en personas con obesidad), trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) y depresión, ya que muchos recurren al azúcar como automedicación, empeorando los síntomas a largo plazo.

¿Es el azúcar realmente una droga?

Avena sostiene que el azúcar cumple con los 11 criterios que la Asociación Americana de Psiquiatría utiliza para definir una sustancia adictiva. Sin embargo, todavía no ha sido reconocido oficialmente como tal por organismos como la OMS.

Los críticos señalan que el problema no es solo el azúcar, sino el conjunto de alimentos ultraprocesados. Pero la neurocientífica defiende que este ingrediente actúa como “puerta de entrada” hacia otros excesos y debería tratarse como un riesgo prioritario para la salud pública.

Estrategias para reducir la dependencia

Entre las recomendaciones prácticas de Avena destacan:

  • Evitar comprar productos con azúcares añadidos.
  • Incorporar proteínas, fibra y grasas saludables en cada comida.
  • Registrar antojos y detectar detonantes emocionales.
  • Sustituir los dulces por frutas, chocolate negro o té especiado.
  • Reemplazar recompensas alimenticias por actividades recreativas.
  • Dormir lo suficiente para regular las hormonas del hambre.

“Cuanto menos azúcar consumas, menos antojos tendrás”, resume la especialista, recordando que pequeños cambios —como dejar de endulzar el café— pueden marcar una gran diferencia.

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