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Es probable que lo hayas vivido en tus propias carnes: un pequeño corte en el dedo, y te lo llevas directamente a la boca para chuparlo. Ocurre algo parecido con un golpe en el codo, al que rápidamente frotas para que desaparezca el dolor. ¿Es puro instinto o hay algo más?

La respuesta tiene un poco de ambas. Al parecer, también es una técnica bastante efectiva para calmar de forma temporal esas señales de dolor que llegan al cerebro.

Hace mucho tiempo, en el siglo XVII, Descartes propuso por primera vez que había receptores de dolor específicos en el cuerpo que “sonaban en el cerebro” cuando un estímulo interactuaba con el cuerpo. Sin embargo, ningún estudio ha sido capaz de identificar tales receptores en ningún lugar del cuerpo que solo respondan a esos estímulos dolorosos. En otras palabras, las mismas fibras nerviosas que llevan señales de dolor también tienen otras sensaciones.

Pasaron varias décadas hasta que dos investigadores del MIT, Patrick Wall y Ronald Melzack, propusieron lo que llamaron la teoría de la compuerta, la cual se mantiene (más o menos) hasta el día de hoy. Esta afirmaba que los estímulos no dolorosos cierran las “puertas” al estímulo doloroso, evitando que la sensación de dolor viaje al sistema nervioso central.

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En esencia, su investigación demostró que sentir dolor es más un equilibrio de estímulos en los diferentes tipos de fibras nerviosas. Varios años después, en 1996, la teoría se desarrolló con el neurofisiólogo Edward Perl. El investigador descubrió que las células contienen nociceptores, que son neuronas que señalan la presencia de estímulos que dañan los tejidos o la existencia de daño tisular.

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De los dos tipos principales de fibras nerviosas, grandes y pequeñas, las grandes transportan información no nociceptiva (sin dolor), mientras que las fibras pequeñas transmiten información nociceptiva (con dolor). Tal y como explica en Mental Floss el profesor de neurobiología, Lorne Mendell:

En los estudios donde la estimulación eléctrica se aplica a los nervios, a medida que se eleva la corriente, las primeras fibras que se estimulan son las más grandes. A medida que aumenta la intensidad del estímulo, se reclutan fibras cada vez más pequeñas.

Cuando se hace esto en un paciente a baja intensidad, el paciente reconocerá el estímulo, pero no será doloroso. Pero cuando aumentas la intensidad del estímulo, puedes alcanzas el umbral donde de repente el paciente dirá: ‘Esto es doloroso’. Por tanto, la idea era que cerrar las puertas era algo que las fibras grandes producían, y abrir la puerta era algo que las pequeñas fibras producían.

Volviendo al tema central, cuando la gente se chupa un dedo que se ha cortado, o se frota la espinilla o el codo que se ha golpeado, lo que están haciendo es precisamente estimular las fibras grandes llevando a cabo lo que Mendel llama el “picor opuesto”.

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El efecto, según el investigador, es “una disminución en el mensaje, o la magnitud del aluvión de señales que se transmiten a través de la activación de la fibra entrante. Básicamente cierra la puerta, y eso es lo que reduce el dolor”.

De hecho, y como explica el profesor, el concepto ha creado toda una industria en torno al tratamiento del dolor con estimulación eléctrica leve, siempre con el objetivo de estimular esas fibras grandes con la esperanza de que cierren la puerta a las señales de dolor de las fibras pequeñas. [Mental Floss, Wikipedia]