Image: Wikimedia Commons

Las tortugas son un símbolo de longevidad. Normalmente, las marinas pueden vivir más de un siglo, e incluso si hacemos caso a los estudios, han existido en el planeta ejemplares que sobrepasaron con mucho los 200 años en el planeta. ¿Cómo demonios lo hacen? Esto es lo que sabe la ciencia.

La tortuga más antigua conocida, una tortuga gigante de las Seychelles llamada Jonathan, tiene actualmente 186 años. Las tortugas de Galápagos han producido ejemplares sanos y viables después de cumplir 80 años. Incluso las especies más pequeñas pueden vivir normalmente durante al menos medio siglo. ¿Por qué?

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Aunque la mayoría de los estudios no están 100% seguros de cómo son capaces de vivir tanto tiempo, una gran parte parece claro a qué se debe: cómo reducen y previenen el desgaste del cuerpo. En la mayoría de las especies, incluida la nuestra, las probabilidades de morir aumentan a medida que envejecemos.

La razón es sencilla: nuestros cuerpos simplemente se deterioran con el tiempo. Al igual que cualquier máquina, las piezas se desgastan lentamente y eso conduce a algún tipo de fallo final. No es el caso en las tortugas, o al menos, no siempre. De hecho, en algunas, ser viejo significa tener menos probabilidades de estirar la pata.

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Esta habilidad para mantenerse vivas y tener crías en perfecto estado (a pesar de ser mayores) se llama senescencia insignificante. Y aunque algunos de los detalles aún no están del todo claros, parece que lo logran gracias a una notable tolerancia al estrés oxidativo, es decir, al daño a las células que ocurre debido a especies reactivas de oxígeno (o EOR): una familia de compuestos que contienen oxígeno y les gusta interactuar con otras moléculas.

Image: Jonathan (izquierda) en 1886 (Wikimedia Commons)

Los estudios parecen estar de acuerdo en que la acumulación de este daño, especialmente en las neuronas y las células inmunes, conduce al envejecimiento. Sin embargo, hay que puntualizar que las especies de oxígeno reactivo no son el mal personificado: se producen todo el tiempo, como en el proceso de quema de calorías que convierte los alimentos en combustible celular.

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Por tanto, la clave no es deshacerse de ellas, sino mantenerlas bajo control. Y aquí entra la “magia” de las tortugas, ya que una de las formas en que regulan las especies de oxígeno reactivo es produciendo menos de ellas. Tienen un metabolismo lento, lo que significa que necesitan menos calorías que otros animales de tamaño similar.

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No sólo eso. También ayuda que sean animales poiquilotérmicos, es decir, que sus cuerpos pueden funcionar en un amplio rango de temperaturas. De esta forma, no están tan estresadas ​​por las temperaturas frías o calientes como lo estamos los humanos, y menos estrés significa menos EOR.

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Además, también tienen formas de administrar las EOR que producen. Dado que estos compuestos pueden dañar los telómeros, las capas protectoras del ADN que se acortan cada vez que una célula se divide, las tortugas producen gran cantidad de la enzima telomerasa, lo que ayuda a prevenir ese acortamiento.

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A su vez, esto ayuda a mantener sus células más sanas durante más tiempo, lo que reduce sus probabilidades de desarrollar cáncer u otras enfermedades. Ah, y producen una gran cantidad de antioxidantes y proteínas que combaten el daño celular.

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Todos estos rasgos en conjunto parecen indicar que las tortugas tienen una serie de cualidades y adaptaciones perfectas para una vida longeva y saludable, pero los biólogos apuntan otro dato: pueden sobrevivir sin oxígeno. Muchas tortugas pueden pasar semanas sin respirar, un truco de lo más útil si quieres pasar el invierno en un estanque helado.

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¿Cómo? Las tortugas tienen formas muy especiales de mantener vivos los tejidos importantes durante ese tiempo, por ejemplo, con el cierre de circuitos neuronales hambrientos de oxígeno. También tienen que lidiar con el estallido de la producción de EOR que ocurre cuando finalmente salen en busca de aire y los niveles de oxígeno aumentan rápidamente, que es donde precisamente entran en juego esos antioxidantes y proteínas que curan las células.

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Visto así, su longevidad podría ser un efecto secundario, uno que algunos investigadores esperan traducir en el futuro en vidas más largas, quizás incluso indefinidas para los humanos.

Al menos ya sabemos algo que podíamos intuir: uno de los secretos de la inmortalidad parece pasar por “hibernar” nuestra fuente de vida: el oxígeno. [SciShow]