Saltar al contenido
Ciencia

Por qué nos volvemos más irritables cuando tenemos hambre: el cerebro cambia su forma de asumir riesgos

El hambre no solo genera una sensación física desagradable. También modifica la forma en que el cerebro evalúa el entorno y puede aumentar la predisposición a responder con agresividad. Un nuevo estudio ayuda a explicar qué circuitos neuronales intervienen en este fenómeno.
Por

Tiempo de lectura 3 minutos

Comentarios (0)

Estar de mal humor cuando tenemos hambre es una experiencia bastante común. Pero detrás de esa irritabilidad aparentemente cotidiana existe un mecanismo biológico mucho más profundo. Cuando el organismo necesita alimento, el cerebro no procesa los conflictos exactamente de la misma manera que cuando estamos saciados.

La explicación tiene sentido desde un punto de vista evolutivo. Conseguir comida siempre ha sido una cuestión de supervivencia y, en la naturaleza, alimentarse muchas veces implica competir con otros individuos o enfrentarse a situaciones peligrosas. Si las reservas de energía son bajas, conseguir alimento se vuelve más urgente y, por tanto, asumir ciertos riesgos puede empezar a resultar más rentable.

Eso no significa que el hambre provoque automáticamente una pelea. Lo que hace es cambiar el equilibrio entre el coste del enfrentamiento y la recompensa potencial de conseguir comida.

El cerebro adapta la agresividad al estado energético

Un estudio reciente realizado con moscas del género Drosophila analizó precisamente cómo el hambre puede transformar ese cálculo interno.

Los investigadores utilizaron técnicas de optogenética, un método que permite activar o inhibir determinadas neuronas utilizando luz. Gracias a este procedimiento pudieron estudiar con detalle qué células cerebrales intervenían cuando los animales tenían hambre y cómo cambiaba su comportamiento frente a otros individuos.

Por qué nos volvemos más irritables cuando tenemos hambre: el cerebro cambia su forma de asumir riesgos
© Magnific

El equipo identificó una neurona llamada MBON11, capaz de integrar información relacionada con distintos tipos de déficit nutricional, como la falta de proteínas o carbohidratos, y convertir esa información en cambios en la intensidad de la agresión.

En otras palabras, esta neurona funciona como una especie de punto de conexión entre el estado energético del organismo y la forma en que el animal responde ante un conflicto.

La dopamina también cambia cuando aparece el hambre

Uno de los elementos centrales del mecanismo es la dopamina, una molécula que participa en numerosas funciones cerebrales relacionadas con motivación, recompensa y aprendizaje.

Los investigadores observaron que sus niveles variaban según el estado nutricional. Cuando las moscas estaban saciadas, una mayor señal dopaminérgica estaba asociada con menor agresividad. Cuando tenían hambre, esa señal cambiaba y la respuesta agresiva aumentaba.

También participan otras moléculas como la serotonina y la octopamina, esta última especialmente importante en el sistema nervioso de los invertebrados.

Lo más interesante es que todo este proceso ocurre en una región denominada cuerpo fungiforme, conocida principalmente por su papel en el aprendizaje y la memoria. El estudio muestra que esa misma estructura también ayuda a ajustar comportamientos sociales según las necesidades energéticas.

¿Y qué ocurre en los humanos?

Aunque el experimento fue realizado con moscas, algunos de los principios generales del mecanismo también existen en mamíferos.

En el cerebro humano, estructuras como los ganglios basales participan en la integración de información relacionada con motivación, recompensa y comportamiento. El hambre también modifica hormonas y señales cerebrales capaces de influir sobre la impulsividad y el estado emocional.

Sin embargo, existe una diferencia fundamental: los seres humanos disponemos de redes cerebrales mucho más complejas vinculadas al autocontrol, la planificación y la regulación emocional. Por eso, sentir hambre puede hacernos más irritables o predisponernos a reaccionar con mayor intensidad, pero no determina necesariamente nuestra conducta.

El cerebro recibe una señal clara: hace falta energía y conseguirla se ha vuelto prioritario. A partir de ahí, otros sistemas pueden intervenir y frenar una respuesta impulsiva.

El fenómeno conocido popularmente como hangry —la combinación de hungry y angry, hambre y enojo— tiene así una base biológica. El hambre no solo hace que el estómago “ruja”: también modifica temporalmente la forma en que el cerebro calcula riesgos, recompensas y conflictos.

Fuente: National Geographic.

Compartir esta historia

Artículos relacionados