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Ciencia

Qué hacer cuando tu hijo grita, llora y patalea: La respuesta que no esperas pero que funciona

¿Ignorar o ceder? Ninguna es la mejor opción. Una psicóloga explica por qué estas reacciones empeoran los berrinches y cómo responder de forma que ayude al desarrollo emocional de los niños. La clave está en enseñar a sentir, sin premiar ni castigar.
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Todos los padres han pasado por eso: una rabieta en público, gritos desconsolados, la mirada de extraños juzgando en silencio. El impulso inmediato suele ser ignorar o ceder, pero ¿es realmente lo correcto? Una psicóloga propone una alternativa menos obvia —y mucho más efectiva— para acompañar esos estallidos emocionales sin apagar lo que verdaderamente están diciendo.

El berrinche no es el problema: es el mensaje

Qué hacer cuando tu hijo grita, llora y patalea: la respuesta que no esperas (pero que funciona)
© Pexels – Helena Lopes.

Durante la infancia, los niños están aprendiendo a manejar un mundo emocional que les resulta completamente nuevo. No saben nombrar lo que sienten, y menos aún regularlo. Por eso, un «no» puede parecerles el fin del universo. Las rabietas, aunque incómodas, son en realidad un intento desesperado de ser comprendidos, no controlados.

Según la psicóloga Isabel Rojas, ni ignorar ni ceder son soluciones reales. Ignorar valida la idea de que sus emociones no importan, y ceder los convierte en pequeños dictadores que aprenden que el grito vence al límite. “Así nace el ‘hijo tirano’”, advierte Rojas, aludiendo a niños que gobiernan el hogar y crecen buscando placer inmediato, incapaces de lidiar con la frustración.

Ese patrón, lejos de desaparecer, suele intensificarse en la adolescencia. La consecuencia no son solo más berrinches, sino una profunda insatisfacción emocional. “Un adolescente que no tolera el ‘no’ es alguien que busca llenar un vacío sin nombre”, señala la especialista.

La alternativa: acompañar sin ceder, enseñar sin reprimir

Qué hacer cuando tu hijo grita, llora y patalea: la respuesta que no esperas (pero que funciona)
© Unsplash – Getty.

Entonces, ¿qué hacer? La respuesta no es popular, pero sí poderosa: estar presentes. No para premiar la rabieta, sino para ayudar al niño a navegarla. “Educar no es evitar el sufrimiento, sino acompañarlo”, dice Rojas. Y esa diferencia lo cambia todo.

Negar no es castigar. Se trata de sostener el límite con afecto y paciencia, validando el malestar sin ceder ante el chantaje emocional. Enseñarles que pueden estar tristes o frustrados sin necesidad de romperlo todo. Que no pasa nada por no obtener lo que quieren, y que incluso ahí, seguirán siendo amados.

Así se construye la base de la resiliencia: con límites claros, pero con ternura. Los niños que aprenden a tolerar pequeñas frustraciones crecerán siendo adultos capaces de resistir fracasos, pérdidas o decepciones sin quebrarse.

Un futuro menos caótico empieza con un “no” bien dicho

La manera en que respondemos a un berrinche hoy puede influir en cómo ese niño enfrentará el mundo mañana. Y aunque cueste, aunque implique tiempo y paciencia, enseñarles a gestionar sus emociones —y no a evitarlas— es un acto de amor más poderoso que cualquier premio o castigo.

Rojas lo resume con claridad: “Solo así lograremos criar adultos resilientes, capaces de enfrentar al mundo real con fortaleza interior”. Porque el objetivo no es que el niño deje de llorar, sino que aprenda a entender por qué lo hace.

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