Saltar al contenido
Ciencia

Reino Unido lanza una investigación por la “generación perdida”. Y lo que ocurre con la Generación Z española no está muy lejos

El Gobierno británico quiere saber por qué un millón de jóvenes no estudia ni trabaja. Lo llaman crisis de inactividad, pero detrás hay algo más profundo: salud mental deteriorada, precariedad y falta de horizontes. En España, las cifras son parecidas, y la pregunta es la misma: ¿qué pasa cuando el futuro ya no motiva?
Por

Tiempo de lectura 3 minutos

Comentarios (0)

Aproximadamente, un millón de jóvenes británicos de entre 16 y 24 años ni estudian ni trabajan. Es la cifra más alta en más de una década, y ha llevado al Gobierno del Reino Unido a lanzar una investigación nacional para entender por qué tantos jóvenes parecen haber renunciado al sistema.

La iniciativa, dirigida por Alan Milburn, exsecretario de Salud del Partido Laborista, buscará respuestas en todos los frentes: educación, empleo, salud mental y expectativas de vida. Según el ministro de Trabajo y Pensiones, Pat McFadden, no se trata solo de estadísticas: “No podemos permitirnos perder a una generación de jóvenes condenados a vivir de las prestaciones sociales, sin perspectivas laborales ni esperanza.”

Los primeros datos ya apuntan a una causa dominante: la salud mental. Casi una cuarta parte de los jóvenes que no estudian ni trabajan citan enfermedades o discapacidades de larga duración como obstáculo, y el 80 % de las solicitudes de ayuda por incapacidad laboral están relacionadas con trastornos mentales o del neurodesarrollo.

Cuando trabajar ya no es sinónimo de vivir mejor

El Reino Unido investigará por qué casi un millón de jóvenes ni estudian ni trabajan. En España el problema es el mismo
© Pexels – Nathan Cowley.

El problema no es exclusivo de Reino Unido. La generación Z, nacida entre 1997 y 2012, se enfrenta a una paradoja que atraviesa fronteras: trabajar ya no garantiza estabilidad ni independencia. Muchos jóvenes consideran que, incluso con empleo, no podrán pagar una vivienda ni vivir de forma autónoma.

En España, el panorama no es muy distinto. Según la Encuesta de Población Activa (INE), 927.500 jóvenes ni estudian ni trabajan. La cifra es menor que la británica, pero el contexto es idéntico: salarios bajos, alquileres imposibles y una sensación persistente de desmotivación.

Expertos del Instituto Nacional de la Juventud añaden un matiz: junto a los “ninis” ha surgido el fenómeno opuesto, los “sisis”, jóvenes que estudian y trabajan a la vez. La precariedad y el aumento del coste de vida han empujado a muchos a compaginar ambos esfuerzos, no por ambición, sino por necesidad.

El peso invisible de la salud mental

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) lleva años alertando de las consecuencias a largo plazo de esta inactividad juvenil. No se trata solo de pérdida económica: quienes pasan largos periodos fuera del sistema educativo o laboral tienen más dificultades para reinsertarse después.

Pero detrás de los números hay un diagnóstico que trasciende lo económico. Los psiquiatras británicos lo definen como una crisis de sentido. Muchos jóvenes viven con la sensación de estar atrapados en un mundo que se desmorona: guerras, cambio climático, desconfianza política, desigualdad. “Comenzar la vida adulta en un contexto de pesimismo global tiene un coste emocional que estamos subestimando”, señalan investigadores del King’s College.

En el Reino Unido, el 50 % de las nuevas solicitudes de subsidios por salud se relacionan con ansiedad, depresión o burnout precoz. En España, los informes del Ministerio de Sanidad también muestran un aumento constante de la demanda de atención psicológica entre menores de 30 años.

Educación, frustración y brechas de futuro

El profesor Peter Urwin, director del Centro de Investigación sobre el Empleo en la Universidad de Westminster, apunta a otro factor: un sistema educativo que no se adapta a las nuevas realidades laborales. “Demasiados jóvenes llegan a los 16 años desilusionados, con escasa formación y pocas competencias útiles. No es que no quieran trabajar: es que el mercado no los necesita como están.”

La conclusión de Urwin se repite en toda Europa: el desfase entre la educación y el mercado laboral está generando una brecha de frustración. Mientras los empleos cualificados se concentran en sectores tecnológicos y digitales, los jóvenes con menos recursos quedan fuera de juego.

En ese contexto, la investigación de Milburn en Reino Unido no solo busca cifras, sino formas de reintegrar a los jóvenes. Entre las propuestas está reforzar la formación profesional, mejorar el acceso a la salud mental y reformar el sistema de prestaciones.

Una generación bajo presión global

A diferencia de los millennials, que crecieron con promesas de éxito meritocrático, la Gen Z parece haber asumido algo más sombrío: que el esfuerzo ya no garantiza un futuro mejor. Conectados a través de redes sociales donde se comparan vidas imposibles, la ansiedad se multiplica. TikTok, convertido en una especie de espejo global, amplifica esa sensación de derrota compartida.

La pregunta que flota es la misma en Londres que en Madrid: ¿qué sucede cuando una generación entera deja de creer en el sistema?

Compartir esta historia

Artículos relacionados