El término inframundo suele hacer referencia en la mayoría de las culturas a aquellos
lugares donde van a parar las almas de los muertos. Por ejemplo, los romanos
tenían una “puerta del infierno” donde los animales fallecían nada más entrar.
Ahora, un grupo de investigadores ha resuelto el misterio.
Esa “puerta” en cuestión es una cueva en
Turquía que data de hace 2.200 años redescubierta por arqueólogos de la
Universidad de Salento hace siete años. Estaba ubicado en una ciudad llamada
Hierápolis, en la antigua Frigia (ahora Turquía), y se usaba para sacrificios
de animales llevados al dios clásico del inframundo por sacerdotes.
Mientras los sacerdotes llevaban a los
toros a la arena, el público podía sentarse en asientos elevados y observar
cómo los vapores que emanaban de la puerta los llevaban a la muerte. De hecho,
así quedó registrado cuando el historiador griego Strabo escribió lo siguiente:
Este espacio está lleno de un vapor tan
brumoso y denso que apenas se puede ver el suelo. Cualquier animal que entre se
encuentra con la muerte instantánea. Lancé gorriones y de inmediato respiraron
y se cayeron.
Dicho fenómeno alertó al equipo de
arqueología sobre la ubicación de la cueva. Las aves que vuelan demasiado cerca
de la entrada se sofocaron y cayeron muertas, lo que demuestra que, miles de
años después, sigue siendo tan mortal como siempre.
Ahora se sabe la razón de este misterio:
el culpable es la actividad sísmica bajo tierra, una fisura que corre en las
profundidades de la región y que emite grandes cantidades de dióxido de carbono
volcánico. Un equipo de la Universidad de Duisburg-Essen en Alemania tomó
medidas de los niveles de dióxido de carbono en la arena conectados a la cueva,
y descubrió que el gas, un poco más pesado que el aire, formaba un
“lago” que se elevaba 40 centímetros por encima del piso de la arena.
Además, encontraron que el gas se disipa
por el Sol durante el día, pero es más mortal al amanecer después de una noche
de acumulación. La concentración alcanza más del 50% en el fondo del lago, llegando
a alrededor del 35% a 10 centímetros, lo que incluso podría matar a un humano. Sin embargo, por encima de 40 centímetros, la concentración disminuye
rápidamente.
Lo cierto es que durante el día todavía
hay algo de dióxido de carbono que se extiende alrededor de 5 centímetros, una
evidencia al encontrar escarabajos muertos en el piso de la arena. Dentro de la
cueva, estimaron que los niveles de CO2 oscilaron entre 86% y 91% en todo
momento, ya que ni el Sol ni el viento pueden entrar.
En cuanto a la historia del pasado. Los
documentos históricos hablan de un espacio con una halo de misterio, ya que se vendían
al público pequeños animales y pájaros que podían tirar al piso de la arena
para que fueran sacrificados. En las fiestas, los animales más grandes serían
sacrificados por los sacerdotes. Según los investigadores:
Mientras el toro estaba parado dentro
del lago de gas con su boca y las fosas nasales a una altura entre 60 y 90 cm,
los grandes sacerdotes siempre se paraban en el lago cuidando que su nariz y
boca estaban muy por encima del nivel tóxico del aliento.
De esta forma, los espectadores eran
capaces de ver a grandes toros sucumbir a los humos en cuestión de minutos,
mientras que los sacerdotes se mantenían “fuertes”, lo que daba a entender el supuesto poder de los dioses o los sacerdotes.
Por último, los investigadores también
creen que los sacerdotes eran totalmente conscientes de las propiedades de la
gruta y su arena, y probablemente realizaron grandes sacrificios al amanecer o
al atardecer en días tranquilos para obtener el máximo efecto. [Archaeological and Anthropological Sciences vía ScienceAlert]