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Ciencia

Los científicos analizaron 177 especies animales y descubrieron que el ruido humano está cambiando su comportamiento. El 80% ya muestra alteraciones y los depredadores están entre los grandes perjudicados

Un estudio publicado en Science analizó 177 especies animales y descubrió que el ruido humano altera la biología o el comportamiento del 80% de las estudiadas. Los efectos alcanzan a depredadores, presas y ecosistemas enteros.
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El ruido de los coches, los barcos y las máquinas industriales se ha convertido en una parte tan habitual de nuestra vida que apenas reparamos en él. Sin embargo, para millones de animales, esos sonidos pueden significar mucho más que una molestia: pueden cambiar su capacidad para encontrar alimento, escapar de sus depredadores e incluso criar a sus descendientes. Ahora, un estudio internacional ha conseguido poner cifras a un problema cuya magnitud todavía desconocíamos.

Después de analizar 214 investigaciones experimentales realizadas con 177 especies terrestres y acuáticas, científicos de la Queen’s University Belfast encontraron que el 80% de las especies estudiadas experimentó alteraciones en su fisiología, desarrollo o comportamiento cuando estuvo expuesto a ruido de origen humano.

El trabajo, publicado el 5 de noviembre de 2026 en la revista Science, revela que sus consecuencias van mucho más allá de la comunicación: también pueden afectar a la reproducción, la supervivencia y las relaciones entre depredadores y presas.

El ruido humano no solo molesta a los animales: puede modificar sus genes, su desarrollo y sus posibilidades de sobrevivir

Los científicos analizaron 177 especies animales y descubrieron que el ruido humano está cambiando su comportamiento. El 80 % ya muestra alteraciones y los depredadores están entre los grandes perjudicados
Un gorrión común alimenta a sus polluelos. Los estudios reunidos en el nuevo análisis encontraron que el ruido del tráfico puede afectar a las defensas frente a depredadores y provocar señales de envejecimiento acelerado en estas aves. © Shutterstock / Oren Ravid.

Los investigadores Hansjoerg Kunc y Rouven Schmidt reunieron experimentos realizados en seis continentes, con especies tan diferentes como aves, peces, anfibios, mamíferos y reptiles.

A diferencia de los trabajos centrados en animales concretos, este análisis permitió examinar patrones comunes y distinguir las respuestas según los grupos evolutivos. Los resultados muestran que el ruido puede desencadenar cambios en la actividad genética, alterar las hormonas del estrés y modificar el desarrollo de los animales.

Uno de los ejemplos más llamativos procede del gorrión común. Según el comunicado oficial de la Queen’s University Belfast, la exposición al ruido del tráfico debilitó las defensas de sus polluelos frente a depredadores y produjo señales tempranas de envejecimiento acelerado.

Los efectos también aparecen bajo el agua. En experimentos con larvas de bacalao atlántico, el ruido provocó un crecimiento más lento y aumentó la probabilidad de muerte.

Sin embargo, las respuestas no fueron idénticas en todas las especies. Algunos progenitores aumentaron el cuidado de sus crías cuando estuvieron expuestos a sonidos molestos, mientras que otros redujeron su atención. Una misma presión ambiental puede desencadenar comportamientos completamente opuestos.

Los depredadores tienen más dificultades para cazar y algunos refugios se están convirtiendo en trampas

Los científicos analizaron 177 especies animales y descubrieron que el ruido humano está cambiando su comportamiento. El 80 % ya muestra alteraciones y los depredadores están entre los grandes perjudicados
Ilustración de las distintas fuentes de sonido que atraviesan los ecosistemas marinos, desde motores de barcos y sonares hasta fenómenos naturales. © NOAA Fisheries / Ocean Noise Strategy.

La segunda gran conclusión del estudio afecta a algo fundamental para el funcionamiento de los ecosistemas: la relación entre quienes cazan y quienes intentan sobrevivir.

Los investigadores descubrieron que el ruido puede dificultar la localización de presas y modificar su capacidad para detectar amenazas. Esto genera situaciones inesperadas, porque no todos los animales salen perjudicados de la misma manera.

Por ejemplo, determinadas presas buscan refugio cuando perciben peligro. Pero algunos espacios cerrados pueden amplificar el ruido, de modo que permanecer ocultas deja de ser una buena estrategia. En esas circunstancias, los animales pueden abandonar sus escondites y quedar expuestos a los depredadores.

Esta situación, descrita como una trampa acústica, muestra cómo una perturbación aparentemente invisible puede modificar las relaciones entre distintas especies.

El análisis también encontró reducciones generales en indicadores de supervivencia y abundancia. No significa que todas las poblaciones respondan igual, sino que el ruido introduce una presión ambiental capaz de favorecer a unas especies y perjudicar a otras.

Los autores advierten en Science que estos efectos deberían tenerse en cuenta al diseñar políticas de conservación. Entre las posibles medidas proponen establecer zonas de bajo ruido y proteger los paisajes sonoros de la misma manera que se protegen determinados hábitats naturales.

Existe, además, una precisión importante: el 80% corresponde a las especies incluidas en los experimentos analizados, no a una estimación de todos los animales del planeta.

El descubrimiento demuestra que la contaminación no necesita ser visible para transformar la naturaleza. Mientras prestamos atención a los plásticos, las emisiones y la destrucción de hábitats, el ruido de nuestra actividad cotidiana también está alterando silenciosamente el equilibrio de los ecosistemas.

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