Rusia está ante una paradoja difícil de maquillar: es uno de los grandes productores y exportadores de petróleo del mundo, pero ahora necesita comprar gasolina en el extranjero para estabilizar su propio mercado interno. No gas natural. No crudo. Gasolina, el combustible que llega a los surtidores.
Según informó Reuters, Moscú ya comenzó a importar gasolina por vía marítima desde India para aliviar la escasez provocada por los ataques ucranianos contra infraestructura energética rusa. Al menos 60.000 toneladas métricas habrían sido enviadas desde India, mientras Rusia busca importar hasta 400.000 toneladas mensuales desde distintos países, incluida Bielorrusia.
El dato es políticamente incómodo porque rompe con la imagen de autosuficiencia energética que el Kremlin ha intentado sostener durante la guerra. Rusia no está quedándose sin petróleo bajo tierra. El problema está en otra parte: refinarlo, transportarlo y convertirlo en combustible disponible en las regiones donde se necesita.
El Kremlin ya admite contactos para importar combustible

La señal oficial llegó por boca de Dmitry Peskov. De acuerdo con Anadolu, el portavoz del Kremlin confirmó que Rusia mantiene conversaciones con varios países para posibles importaciones de combustible y sostuvo que, si se alcanzan acuerdos a precios aceptables, la operación se llevará adelante como parte de las medidas para estabilizar el mercado.
AP también recogió que Peskov describió esos contactos como una medida para reducir las compras de pánico y normalizar el abastecimiento. El contexto es claro: las colas en estaciones de servicio, el racionamiento y la falta de determinados tipos de gasolina dejaron de ser un problema localizado para convertirse en una presión nacional.
La situación ya venía escalando. Reuters informó que Rusia había hablado con Kazajistán para importar unas 50.000 toneladas métricas de gasolina AI-92, una de las calidades más usadas en el país. La misma agencia señaló que Moscú también evaluaba restricciones a las exportaciones, mayores subsidios a las refinerías e importaciones, una combinación poco habitual para un país que suele jugar del lado de los proveedores energéticos.
Los drones ucranianos golpearon donde más duele: las refinerías
La escasez no surgió de un día para otro. Durante meses, Ucrania intensificó sus ataques con drones contra refinerías, depósitos, terminales y otras piezas de la infraestructura petrolera rusa. Según un recuento de AP, desde finales de marzo se registraron más de 50 ataques contra instalaciones petroleras en Rusia y en Crimea ocupada.
El impacto se nota en la producción. AP cita estimaciones según las cuales el volumen de crudo procesado por Rusia en junio cayó un 25% interanual, hasta 3,95 millones de barriles diarios, su nivel más bajo en más de dos décadas. La producción de gasolina también habría caído desde 1,03 millones de barriles diarios hace un año hasta unos 850.000 barriles diarios, por debajo de lo que necesita el mercado interno.
Reuters, por su parte, informó que la producción rusa de gasolina permanece por debajo del consumo desde mayo, mientras que el diésel se mantiene apenas en niveles cercanos a la demanda. El problema, entonces, no es solo tener reservas: es convertir esas reservas en combustible útil, moverlo por un país enorme y llevarlo a los surtidores antes de que las colas se transformen en malestar social.
Putin reconoció la escasez, pero intentó bajarle el tono
El propio Vladimir Putin terminó reconociendo públicamente el problema. Según Reuters, el presidente ruso admitió que persisten dificultades para conductores y empresas, incluidas colas en estaciones de servicio y falta de determinados tipos de gasolina. También dijo que las reservas de gasolina estaban en 1,7 millones de toneladas métricas y que Rusia debía minimizar el impacto de los ataques ucranianos sobre infraestructura energética.
De acuerdo con Anadolu, Putin sostuvo que esas reservas son un 4% inferiores a las del mismo período del año anterior y que Rusia ya empezó a usar volúmenes acumulados previamente para abastecer el mercado interno. También confirmó que se mantiene una prohibición temporal sobre la exportación de gasolina y combustible de aviación, mientras se evalúa una posible prohibición total de exportaciones de diésel.
Esa última opción sería especialmente delicada. Rusia exporta mucho menos gasolina que crudo o diésel, pero una restricción fuerte sobre el diésel tendría efectos más amplios en los mercados internacionales. En otras palabras: Moscú intenta apagar un incendio doméstico sin provocar otro afuera.
La crisis ya llegó al precio de los surtidores

El síntoma más visible está en las estaciones. Reuters informó que algunas estaciones independientes rusas empezaron a vender combustible por encima de los 100 rublos por litro por primera vez, con casos de hasta 120 o 140 rublos en medio de la escasez. Las estaciones de grandes petroleras mantienen precios más bajos, pero eso provoca que el combustible se agote más rápido y que algunas suspendan operaciones hasta recibir nuevas entregas.
AP describe una escena que contradice el relato de normalidad: colas de varias horas, límites de compra en muchas regiones y frustración entre conductores. Incluso zonas alejadas de las refinerías atacadas empezaron a sufrir restricciones, lo que muestra que el problema ya no depende solo del daño físico en una planta, sino de la logística nacional de abastecimiento.
La agricultura suma otro factor de presión. Según Reuters, Putin pidió asegurar los calendarios de suministro para el sector agroindustrial, porque la temporada de cosecha aumenta la demanda de combustible y cualquier interrupción puede trasladarse a producción, transporte y precios internos.
Un giro que muestra cómo la guerra se metió en la economía cotidiana rusa
La importación de gasolina no significa que Rusia haya perdido su condición de potencia energética. Pero sí muestra una vulnerabilidad concreta: producir petróleo no alcanza si las refinerías son golpeadas, si las reparaciones se demoran por sanciones o falta de componentes, y si el sistema logístico no puede compensar la caída de oferta en pleno pico de demanda.
La imagen es potente por sí sola. Un país que financia buena parte de su economía con hidrocarburos ahora busca combustible afuera para calmar su mercado interno. Ucrania no necesita destruir toda la industria petrolera rusa para generar presión: le basta con golpear nodos clave, forzar desvíos, encarecer reparaciones y convertir el abastecimiento de gasolina en un problema visible para millones de personas.
El Kremlin insiste en que la situación es manejable. Pero las importaciones, las colas y las restricciones cuentan otra historia: la guerra ya no se mide solo en el frente, sino también en el tiempo que un conductor ruso pasa esperando frente a un surtidor.