Una flota enorme en el límite de Perú
La imagen volvió a encender las alarmas en Perú: decenas de señales satelitales concentradas frente a las costas de Mollendo, en el Pacífico sur, a poca distancia del límite de la Zona Económica Exclusiva del país.
Según denunció el Movimiento Ecologista del Perú, unas 400 embarcaciones chinas dedicadas a la pesca de calamar se concentraron a unas 220 millas náuticas de la costa. Es decir, fuera de las 200 millas donde Perú ejerce derechos soberanos sobre sus recursos, pero lo suficientemente cerca como para generar preocupación entre pescadores, ambientalistas y autoridades.
La Marina peruana realizó un vuelo de vigilancia y, según reportes locales, constató que la flota operaba fuera del dominio marítimo peruano. Ese dato es importante: no convierte automáticamente la actividad en ilegal. Pero tampoco elimina el problema.
La frontera legal no detiene a los peces
La dificultad está en que el océano no funciona como un mapa político. La Zona Económica Exclusiva marca un límite jurídico, pero las especies marinas no reconocen fronteras. La pota, también conocida como calamar gigante, se mueve por aguas nacionales e internacionales siguiendo condiciones de temperatura, alimento y corrientes.
Por eso, una flota situada justo afuera de la ZEE puede impactar sobre un recurso del que también dependen miles de pescadores peruanos.
El punto más sensible es la Corriente de Humboldt, una de las áreas pesqueras más productivas del planeta. A pesar de ocupar una porción mínima de la superficie marina global, sostiene una parte enorme de la pesca mundial y alimenta cadenas económicas enteras en Perú, Chile y Ecuador.

El viejo conflicto con la pesca de altura
La escena no es nueva. Desde hace años, países sudamericanos denuncian la presencia de grandes flotas extranjeras, especialmente chinas, en los bordes de sus zonas económicas exclusivas.
El patrón se repite: barcos que siguen la migración del calamar, se agrupan en alta mar y pescan durante semanas o meses en zonas donde la regulación internacional es más débil que dentro de las aguas nacionales.
Para China, esto forma parte de una estrategia global de pesca de altura. Su flota de aguas distantes es una de las mayores del mundo y opera en el Pacífico, el Atlántico Sur, África y otras regiones clave para el abastecimiento de pescado y mariscos.
Para los países costeros, en cambio, el problema es doble: proteger sus recursos y evitar que la presión pesquera externa termine afectando a comunidades locales que trabajan con embarcaciones mucho más pequeñas.
La pota, un recurso bajo presión
La pota no es un detalle menor para Perú. Es una de sus principales pesquerías destinadas al consumo humano directo y sostiene empleo, exportaciones y economías costeras.
El Ministerio de la Producción informó que la captura del recurso en 2026 ya registra un avance importante de cuota. Ese dato refuerza la inquietud: si la presión dentro y fuera de la ZEE aumenta al mismo tiempo, el margen de sostenibilidad se vuelve más estrecho.
Organizaciones internacionales vienen reclamando una gestión más fuerte de la pesca de calamar en el Pacífico Sur. La crítica central es que la especie aún no cuenta con controles suficientemente robustos en alta mar, pese a que su captura creció de forma acelerada durante las últimas décadas.
🔴 La presencia del pesquero chino Ning Tai 97 en Talcahuano abrió nuevamente el debate sobre las facultades que tiene el Estado para fiscalizar las condiciones laborales de las tripulaciones de embarcaciones extranjeras que ingresan a puertos chilenos.
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— Medios UdeC (@MediosUdeC) June 26, 2026
No alcanza con vigilar las 200 millas
El caso peruano muestra una tensión cada vez más común: un país puede controlar su zona marítima, pero no siempre puede proteger por completo un recurso migratorio si la presión pesquera se desplaza apenas más allá del límite.
Por eso el debate ya no se reduce a si los barcos cruzaron o no cruzaron las 200 millas. La pregunta de fondo es cómo se regula una pesquería compartida cuando una parte se captura en aguas nacionales y otra en alta mar.
La respuesta exige monitoreo satelital, transparencia sobre las flotas, cooperación regional y reglas internacionales más firmes. También requiere escuchar a los pescadores artesanales, que suelen ser los primeros en notar cuando una especie empieza a escasear.
Un mapa que dice más que una denuncia
La concentración de barcos frente a Mollendo no prueba por sí sola una infracción. Pero sí muestra la escala del desafío.
Perú no está viendo pasar unas pocas embarcaciones aisladas. Está observando una flota industrial capaz de operar al borde de su territorio marítimo y de presionar uno de los ecosistemas más productivos del mundo.
Ese es el verdadero problema: cuando el límite legal termina justo donde empieza la gran pesca industrial, la sostenibilidad queda atrapada en una zona gris.