Cuando una estrella se acerca demasiado a un agujero negro, el final suele ser rápido y violento: la estrella se desgarra, parte de su material cae al abismo y el resto sale despedido en un breve estallido de energía. Es un espectáculo extremo, pero, hasta ahora, relativamente predecible en el tiempo. El caso de AT2018hyz acaba de romper esa regla no escrita: el agujero negro responsable sigue expulsando material años después de haberse “comido” a su víctima.
Una digestión cósmica que no termina
AT2018hyz es el nombre técnico de un evento de disrupción por marea: el momento en que una estrella es destrozada por la gravedad de un agujero negro supermasivo. En este caso, el protagonista tiene una masa comparable a la del agujero negro del centro de la Vía Láctea, y su víctima fue una estrella pequeña, una enana roja.
Lo desconcertante no es que se produjera la destrucción de la estrella, sino el comportamiento posterior. En lugar de emitir un chorro brillante poco después del evento, el sistema permaneció relativamente tranquilo durante un largo periodo. Dos años más tarde, el chorro de material apareció… y desde entonces no ha dejado de intensificarse.
Un chorro que crece cuando debería apagarse

En la mayoría de los eventos de este tipo, la emisión de energía disminuye con el tiempo. Aquí ocurre lo contrario: la señal en radio se ha vuelto decenas de veces más brillante que al inicio de las observaciones y continúa aumentando. Para los astrónomos, es como ver un incendio que, en lugar de apagarse al quedarse sin combustible, aviva las llamas durante años.
Este comportamiento sostenido sugiere que algo inusual está ocurriendo en el entorno inmediato del agujero negro. Parte del material estelar que no cruzó el horizonte de sucesos parece estar siendo canalizado en forma de chorro relativista, un flujo de partículas aceleradas a velocidades cercanas a la de la luz.
Qué nos dice esto sobre cómo “comen” los agujeros negros
Los agujeros negros no devoran todo lo que cae en su entorno de forma ordenada. En muchos casos, el proceso es caótico: parte del material cae, otra parte se calienta, se enrosca en discos de acreción y, en ocasiones, es expulsada al espacio en forma de chorros. El caso de AT2018hyz muestra que este proceso puede ser mucho más prolongado de lo que los modelos simples anticipaban.
Además, apunta a que los campos magnéticos alrededor del agujero negro podrían jugar un papel clave en la activación tardía del chorro. Todavía no hay una explicación clara de por qué el sistema “esperó” años antes de mostrar su faceta más energética.
Un laboratorio natural para estudiar fenómenos extremos
Desde el punto de vista científico, este tipo de eventos son un regalo extraño. Permiten observar, casi en cámara lenta cósmica, cómo se reorganiza la materia alrededor de un agujero negro tras un episodio violento. Cada año adicional de emisión ofrece datos sobre la dinámica del gas, la interacción con los campos magnéticos y la forma en que se lanzan los chorros relativistas.
Un espectáculo que aún no ha terminado
Las previsiones apuntan a que este “eructo” cósmico podría mantenerse observable durante varios años más antes de apagarse lentamente. Para los astrónomos, eso significa una oportunidad prolongada de estudiar un fenómeno que no encaja en los esquemas habituales.
Más allá del asombro, el caso de AT2018hyz recuerda algo fundamental: incluso en uno de los escenarios más extremos del universo, los agujeros negros aún son capaces de sorprendernos. Y cada sorpresa obliga a reescribir un poco lo que creíamos saber sobre cómo funcionan estos devoradores de estrellas.