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Un astronauta estaba cenando en la Estación Espacial Internacional cuando algo en su cuerpo dejó de funcionar. Perdió el habla de forma repentina y meses después los médicos siguen sin saber por qué

Lo que parecía una noche más en órbita terminó convirtiéndose en uno de los episodios médicos más desconcertantes vividos en la Estación Espacial Internacional. Michael Fincke dejó de poder hablar sin previo aviso, obligó a adelantar el regreso de su misión y todavía hoy los médicos no tienen una explicación clara.

Hay muchos riesgos que asociamos automáticamente al espacio: la radiación, la microgravedad, el aislamiento, la falta de recursos médicos inmediatos. Lo que no solemos imaginar es algo mucho más simple y, por eso mismo, más inquietante: estar cenando con normalidad a 400 kilómetros de la Tierra y, de repente, dejar de poder hablar.

Eso fue exactamente lo que le ocurrió al astronauta de la NASA Michael Fincke en enero, mientras se encontraba a bordo de la Estación Espacial Internacional (ISS). El episodio fue lo bastante serio como para provocar una evacuación anticipada a la Tierra, algo extremadamente raro en la historia de la estación. Y lo más desconcertante no es solo lo que pasó, sino lo que vino después: los médicos aún no saben con certeza qué le ocurrió.

Todo ocurrió en cuestión de segundos y sin ninguna señal previa

Fincke no era precisamente un novato enfrentándose a lo desconocido. Con una carrera larguísima dentro de la NASA y cientos de días acumulados en el espacio, era uno de esos astronautas que difícilmente se impresionan con cualquier anomalía del cuerpo. Pero esta vez fue distinto.

Según relató él mismo en entrevistas concedidas a medios estadounidenses, todo sucedió el 7 de enero, durante una cena aparentemente normal dentro de la ISS. No hubo dolor. No hubo síntomas progresivos. No hubo un “algo no me encuentro bien” previo. Simplemente, de un momento a otro, perdió la capacidad de hablar.

La rapidez del episodio fue una de las cosas que más llamó la atención. No fue un deterioro gradual ni una sensación extraña que fue escalando. Fue un corte súbito en una función básica del cuerpo humano, y eso encendió todas las alarmas de inmediato. Sus compañeros de tripulación detectaron enseguida que algo no iba bien y actuaron con rapidez. A bordo de una estación espacial, donde no hay un hospital a la vuelta de la esquina ni un equipo completo de especialistas esperando detrás de una puerta, cada minuto importa bastante más.

La misión tuvo que terminar antes de tiempo por primera vez por una razón médica

Un astronauta estaba cenando en la Estación Espacial Internacional cuando algo en su cuerpo dejó de funcionar. Perdió el habla de forma repentina y meses después los médicos siguen sin saber por qué
© Shutterstock / Austin DeSisto-NurPhoto.

Fincke había llegado a la estación en agosto junto a Zena Cardman, Kimiya Yui y Oleg Platonov, como parte de la llamada Tripulación-11. Su misión debía extenderse hasta febrero, cuando estaba previsto el relevo con la siguiente tripulación. Pero ese calendario se rompió.

Tras el episodio médico, la NASA decidió adelantar el regreso del grupo completo, que amerizó en el océano Pacífico el 15 de enero, aproximadamente un mes antes de lo previsto. En teoría, el estado de Fincke era estable y no se trataba de una emergencia de vida o muerte inmediata. Pero la realidad era otra: la Estación Espacial Internacional no está equipada para gestionar a fondo un evento neurológico o cardiovascular complejo.

Y ese matiz es importante. No hizo falta una escena dramática de “regreso urgente ya” para que la situación fuera considerada lo bastante seria como para terminar la misión. En los más de 25 años de historia de la ISS, esta fue la primera vez que una tripulación regresó antes de tiempo por un problema médico. Solo ese dato ya habla del nivel de excepcionalidad del caso.

Los médicos ya descartaron lo más temido, pero eso no resuelve el misterio

Una vez en la Tierra, Fincke y el resto de la tripulación fueron trasladados a un hospital para una evaluación completa. La decisión no solo respondía a la necesidad médica, sino también a una cuestión lógica de privacidad: si uno de los astronautas requería atención específica, lo más razonable era proteger su identidad hasta tener más claridad. Ahora esa identidad ya es pública. Y con ella también llegaron algunos detalles importantes.

Según explicó el propio Fincke, los médicos descartaron relativamente rápido algunas de las hipótesis más obvias y más preocupantes: no fue un ataque al corazón y no fue un derrame cerebral. Es decir, no estamos ante la explicación clásica que cualquiera imaginaría cuando una persona pierde súbitamente el habla. Eso debería ser tranquilizador. Pero también abre un vacío bastante incómodo.

Porque si no fue ninguna de esas causas, entonces ¿qué fue? Y ahí es donde empieza el verdadero problema: por ahora, nadie tiene una respuesta convincente.

Fincke lo resumió con una frase bastante reveladora: los médicos siguen “rascándose la cabeza”. Y en un contexto como el espacial, donde cada síntoma extraño puede tener implicaciones enormes para futuras misiones, esa falta de explicación no es un detalle menor.

La sospecha más incómoda: que el espacio haya alterado algo que todavía no entendemos del todo

Fincke llegó a decir algo todavía más llamativo: que están “casi cien por cien seguros” de que lo ocurrido está relacionado de alguna forma con el espacio. No es una afirmación menor.

Sabemos desde hace años que pasar largos periodos en microgravedad cambia profundamente el cuerpo humano. La sangre y otros fluidos se redistribuyen hacia la parte superior del cuerpo, la presión intracraneal puede alterarse, la musculatura se degrada, el sistema vestibular se desorienta y hasta la visión puede resentirse. También hay efectos sobre el sueño, el sistema inmune, el metabolismo y probablemente sobre procesos neurológicos que todavía no terminamos de cartografiar bien.

Lo que no solemos ver es un caso así de concreto y desconcertante: una pérdida súbita del habla, sin dolor, sin una lesión evidente y sin un diagnóstico claro después. Y eso es lo que vuelve este caso tan incómodo para la medicina espacial. Porque una cosa es lidiar con problemas conocidos, aunque sean complejos. Otra muy distinta es enfrentarse a síntomas que ni siquiera encajan del todo en el mapa actual de riesgos fisiológicos del espacio.

Este caso importa más de lo que parece, sobre todo si de verdad queremos ir a Marte

Un astronauta estaba cenando en la Estación Espacial Internacional cuando algo en su cuerpo dejó de funcionar. Perdió el habla de forma repentina y meses después los médicos siguen sin saber por qué
© NASA.

Lo fácil aquí sería tratar la historia como una rareza médica con un toque de misterio. Y sí, lo es. Pero también es algo más serio: un recordatorio bastante crudo de que todavía estamos lejos de comprender del todo qué le hace el espacio al cuerpo humano durante estancias prolongadas. Eso importa muchísimo si el objetivo real no es solo mantener astronautas seis meses en órbita baja, sino enviarlos algún día a la Luna de forma permanente o incluso a Marte.

En la ISS, si algo va mal, todavía existe la posibilidad de regresar relativamente rápido. En una misión marciana, no. Allí un episodio neurológico inexplicable no sería solo una preocupación médica: podría convertirse en un problema de supervivencia de primer nivel. Y esa es quizá la parte más inquietante de toda esta historia.

No tanto que Michael Fincke perdiera el habla durante una cena en el espacio, sino que ese episodio nos recuerda que seguimos explorando entornos extremos con un cuerpo que todavía no comprendemos del todo cuando sale de la Tierra.

Fincke ya se recuperó, pero la pregunta sigue flotando en órbita

La buena noticia es que Michael Fincke recuperó el habla. La mejor noticia, de hecho. La mala es que el caso no se cerró con su recuperación. Porque una vez descartadas las explicaciones más evidentes, lo que queda es algo mucho menos cómodo: una anomalía sin nombre claro.

Fincke ha reconocido que le dolió volver antes de tiempo. Dijo incluso que durante un tiempo sintió que había “defraudado” a sus compañeros por haber obligado a terminar la misión antes de lo previsto. Es una reacción muy de astronauta veterano: incluso cuando el cuerpo falla en el espacio, el instinto sigue siendo pensar primero en la misión. Pero quizá la lectura importante sea otra.

Lo que le pasó no solo interrumpió una expedición. También dejó al descubierto uno de los límites más silenciosos de la exploración espacial moderna: podemos enviar humanos muy lejos, pero todavía no siempre sabemos qué puede ocurrirles cuando están allí arriba. Y a veces, el cuerpo no avisa. Simplemente, deja de hacer algo que dabas por hecho.

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