Durante décadas se perdió, reapareció, volvió a desaparecer y circuló entre coleccionistas capaces de pagar fortunas por apenas unos centímetros de arte. Hoy, el Huevo de Invierno, uno de los últimos ejemplares en manos privadas, vuelve a la primera línea: vendido en 2025 por 30,2 millones de dólares, supera su propio récord y deja claro que ya no es una joya, sino un mito.
El huevo más extraño y moderno de Fabergé (y la razón por la que lo querían tanto)

A diferencia de la mayoría de Huevos Imperiales —inspirados en estilos rococó, neoclásico o barroco— el Huevo de Invierno es un objeto adelantado a su época. Fue encargado en 1913 por el zar Nicolás II como regalo de Pascua para su madre, la emperatriz María Feodorovna.
Pero esta vez Fabergé hizo algo distinto. Lo diseñó Alma Pihl, una joyera excepcional dentro de un oficio dominado por hombres. La leyenda dice que la idea surgió al ver cristales de hielo formándose en la ventana de su mesa de trabajo. Ese instante cotidiano acabó convirtiéndose en una obra que parece casi contemporánea… aunque tiene 112 años.
El huevo está hecho principalmente de cristal de roca, tallado para simular un bloque de hielo fracturado. Sobre él descansan 4.500 pequeños diamantes rosa, y un delicado motivo de copos de nieve en platino. En su interior se esconde la clásica “sorpresa” Fabergé: una pequeña cesta colgante repleta de anémonas de madera talladas en cuarzo blanco, nefrita y granates.
No era un simple regalo. Era un manifiesto artístico.
La subasta que rompió todos los récords
Christie’s Londres ya había anticipado que no sería una venta ordinaria: ningún Huevo Imperial había salido a subasta desde hacía 23 años. Y mucho menos uno tan raro: de los 50 huevos creados, solo siete siguen en manos privadas.
Cuando el martillo cayó en 2025, el precio final —30,2 millones de dólares— superó la estimación inicial y dejó atrás dos récords anteriores del mismo huevo, uno en 1994 y otro en 2002. Todo ocurrió en tres minutos de pujas.
Para Margo Oganesian, jefa de arte ruso de Christie’s, el Huevo de Invierno es “el más espectacular, inventivo y moderno” de la colección imperial. Su estilo es tan atemporal que podría pasar por una obra de diseño del siglo XXI.
Una historia marcada por revoluciones, desapariciones y hallazgos improbables

Como casi todos los Huevos Imperiales, la trayectoria de este no fue sencilla. Después de la Revolución Rusa de 1917, los bolcheviques vendieron muchos de los tesoros imperiales para financiar el nuevo Estado. El Huevo de Invierno terminó en manos de Wartski —una joyería británica especializada en Fabergé— por apenas 450 libras, equivalente a unos 30.000 dólares actuales.
Después desapareció. Durante casi veinte años su paradero fue un misterio. Reapareció en 1994 en una subasta en Ginebra, donde volvió a romper un récord.
Lo hizo de nuevo en Nueva York en el año 2002.
Y ahora, tras más de dos décadas fuera de la luz pública, rompe otro récord y vuelve a ingresar en una colección privada no identificada.
Por qué vale tanto: no es el material, es la idea
A primera vista, un objeto lleno de diamantes parece valioso por definición. Pero aquí ocurre lo contrario: los diamantes son tan pequeños que no tienen valor comercial significativo.
El valor, explica Kieran McCarthy, experto en Fabergé, procede de la destreza técnica necesaria para convertir materiales en una ilusión perfecta: la del hielo cristalizado.
Es arte convertido en fenómeno físico, una miniatura capaz de capturar un instante invernal eterno. “Es como sostener un trozo de hielo en la mano”, afirma McCarthy.
Una pieza perfecta para entender por qué Fabergé sigue siendo sinónimo de lo imposible
Cada huevo tardaba casi un año en diseñarse y fabricarse. Cada una de éstas piezas tenía un propósito, un mensaje, una sorpresa oculta. No se trataba solo de lujo: era política, diplomacia, prestigio y artesanía elevada al extremo.
Pero este huevo en particular simboliza algo más: cómo un objeto puede atravesar imperios, guerras, pérdidas, mercados negros, coleccionar leyendas y seguir creciendo en valor y significado cada vez que reaparece.
Por eso su nueva marca histórica no sorprende a nadie. En el mundo Fabergé, lo extraordinario siempre ha sido lo normal.