Hay trabajos forestales para los que normalmente necesitamos motosierras, desbrozadoras, excavadoras y cuadrillas enteras de personas. Abrir un claro entre árboles demasiado densos, despejar el sotobosque, crear madera muerta o permitir que la luz vuelva a alcanzar el suelo son algunos de ellos.
En un bosque de Kent, al sureste de Inglaterra, están probando una herramienta bastante distinta. Pesa cientos de kilos, tiene cuernos y hace prácticamente todo eso mientras busca comida.
En julio de 2022, tres hembras de bisonte europeo fueron liberadas en West Blean y Thornden Woods. Una de ellas llegó embarazada sin que los responsables lo supieran y dio a luz poco después; en diciembre se incorporó además un macho procedente de Alemania. Aquello dio forma al núcleo reproductor del proyecto Wilder Blean, impulsado por Kent Wildlife Trust y Wildwood Trust.
Cuatro años después, el experimento ya permite observar algo que sus responsables buscaban desde el principio: dejar de decirle al bosque exactamente cómo tiene que crecer y devolverle animales capaces de modificarlo por sí mismos.
Para regenerar el bosque, los bisontes tienen que romper una parte de él

La idea puede parecer contradictoria. Cuando pensamos en restauración forestal solemos imaginar plantar árboles. En Blean ocurre casi lo contrario: uno de los problemas es que determinadas zonas tienen una estructura demasiado cerrada. Sin suficiente perturbación, el dosel impide que llegue luz al suelo y disminuye la variedad de hábitats disponibles.
Ahí entra el bisonte. Estos animales arrancan corteza, se frotan contra los troncos, pastan, pisan la vegetación y atraviesan zonas densas gracias a su enorme tamaño. Algunos árboles dañados terminan muriendo o cayendo, mientras otros permanecen como madera muerta en pie, un recurso crucial para insectos, hongos, murciélagos y aves como los pájaros carpinteros.
Al mismo tiempo se abren huecos en el dosel. La luz penetra hasta lugares que antes permanecían sombreados y permite germinar a semillas que llevaban tiempo en el suelo. Kent Wildlife Trust explica que su monitorización entre 2021 y 2024 ya encontró indicios de que las plántulas estaban aumentando en las zonas gestionadas mediante bisontes y otros grandes herbívoros, posiblemente por ese adelgazamiento de los árboles adultos.
No están plantando el bosque. Están devolviéndole el desorden que necesita para regenerarse.
Incluso revolcarse en tierra termina construyendo un hábitat nuevo

Una de las cosas más interesantes del proyecto es que prácticamente cualquier comportamiento normal del animal tiene consecuencias alrededor.
Los bisontes realizan baños de polvo, revolcándose en el terreno para cuidar su piel. El resultado son depresiones de suelo desnudo. Esas pequeñas zonas alteradas pueden convertirse después en microhábitats aprovechados por insectos, plantas y otros animales. Kent Wildlife Trust destaca además que estos lugares pueden favorecer a anfibios y especies excavadoras.
Sus excrementos añaden otra pieza. Allí prosperan escarabajos y otros invertebrados que participan en el reciclaje de nutrientes. Y cuando los animales atraviesan vegetación muy cerrada crean senderos que aumentan la heterogeneidad del bosque.
Por eso los responsables los llaman “ingenieros del ecosistema”. El proyecto tampoco consiste simplemente en abandonar animales dentro de un bosque. Los bisontes se encuentran en grandes recintos controlados, son supervisados por guardabosques y su impacto se compara con otras zonas gestionadas de manera tradicional o mediante ponis, ganado y cerdos. El objetivo es precisamente medir qué cambia cuando parte del mantenimiento humano se sustituye por procesos ecológicos. Y la manada también está cambiando.
Desde aquella introducción inicial ya han nacido cinco crías en el propio bosque. La última, anunciada en 2025, representó la tercera generación del proyecto.
Cuatro años todavía no bastan para decir que el experimento ha funcionado
Aquí conviene contener el entusiasmo. No sabemos todavía si cuatro años de bisontes conseguirán producir a largo plazo un bosque significativamente más biodiverso que las técnicas tradicionales. De hecho, el programa de seguimiento ha encontrado resultados complejos: entre 2021 y 2024, algunas áreas sin bisontes registraron más invertebrados que la parcela ocupada por ellos, aunque los investigadores señalan que esa zona estaba situada en una plantación de coníferas y continúan ampliando la monitorización.
La restauración ecológica funciona en décadas, no en titulares. Eso es precisamente lo interesante de Blean.
Los conservacionistas están dejando que un proceso normalmente realizado con herramientas humanas vuelva a depender, al menos parcialmente, de animales comiendo, caminando, rascándose contra árboles y revolcándose en barro. Los primeros cambios en vegetación ya son medibles, pero determinar su efecto completo sobre insectos, plantas, suelos, carbono y fauna requerirá años de seguimiento.
Mientras tanto, la idea ya empieza a salir de Kent. La experiencia de Blean ha contribuido a otro proyecto con bisontes en Cumbria, donde una nueva manada participa en la restauración de más de 4.000 acres de bosques, humedales y hábitats costeros.
Durante mucho tiempo gestionamos muchos bosques intentando decidir qué árbol cortar, qué vegetación retirar y dónde abrir cada claro. Blean está probando la estrategia opuesta: devolver al bosque una pieza que faltaba y comprobar qué ocurre cuando dejamos que sea un animal de casi una tonelada quien tome algunas de esas decisiones.