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Ciencia

El arte rupestre del Paleolítico no era una acumulación aleatoria de bisontes, caballos y signos en las paredes. Un estudio de más de 500 figuras descubre una “gramática” visual compartida en nueve cuevas del Golfo de Vizcaya

El análisis estadístico de cientos de representaciones magdalenienses revela asociaciones recurrentes, jerarquías entre animales y convenciones sobre cómo debían colocarse las figuras dentro de las cuevas.
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Las paredes de las cuevas paleolíticas no fueron decoradas mediante una sucesión desordenada de animales y signos. Detrás de los bisontes, caballos, cabras monteses y formas abstractas parece existir una estructura compartida, con reglas que determinaban qué motivos podían aparecer juntos y cómo debían ocupar el espacio.

Así lo sostiene un estudio publicado en el Journal of Archaeological Method and Theory, que analizó más de 500 figuras pertenecientes a nueve cuevas magdalenienses situadas alrededor del Golfo de Vizcaya. Según indica la investigación, las asociaciones entre los animales, su posición dentro de los paneles y hasta la dirección en la que miraban muestran patrones difíciles de atribuir al azar.

El trabajo fue desarrollado por Iñaki Intxaurbe, investigador de la Universidad del País Vasco y la Universidad de Burdeos. Su propósito no es traducir las imágenes ni determinar qué significaba cada bisonte o cada signo, sino descubrir las normas internas utilizadas para construir las composiciones.

Los resultados apuntan a la existencia de una especie de “gramática” visual. No se trataría de una escritura en el sentido moderno, sino de un sistema formado por combinaciones recurrentes, jerarquías temáticas y convenciones formales compartidas por las comunidades paleolíticas.

Más de 500 figuras convertidas en una red matemática

El arte rupestre del Paleolítico no era una acumulación aleatoria de bisontes, caballos y signos en las paredes. Un estudio de más de 500 figuras descubre una “gramática” visual compartida en nueve cuevas del Golfo de Vizcaya
© Garate et al. 2013 / I. Intxaurbe 2026.

El corpus reúne representaciones procedentes de Santimamiñe, Lumentxa, Atxurra, Ekain, Altxerri, Aitzbitarte IV, Aitzbitarte V, Alkerdi 1 y Etxeberri. Las cuevas pertenecen principalmente al Magdaleniense, una etapa final del Paleolítico Superior comprendida en este caso entre hace aproximadamente 18.500 y 14.000 años.

Como recuerda la UNESCO, las cuevas decoradas de la cornisa cantábrica conservan algunas de las manifestaciones artísticas más importantes del Paleolítico europeo. Santimamiñe, Ekain y Altxerri forman parte del conjunto reconocido como Patrimonio Mundial por mostrar el desarrollo de la pintura y el grabado durante decenas de miles de años.

El conjunto estudiado incluye bisontes, caballos, cabras monteses, ciervos, renos, peces y aves, además de figuras humanas y signos como puntos, líneas, cruces, flechas o formas geométricas.

Tal como explica Intxaurbe en el artículo, cada motivo fue tratado como un nodo dentro de una red. Cuando dos animales o signos aparecían en un mismo panel, se establecía una conexión entre ellos. La repetición de esas asociaciones permitía determinar qué combinaciones eran habituales y cuáles aparecían solamente de forma excepcional.

El investigador empleó modelos basados tanto en la presencia de cada figura como en su frecuencia. También recurrió al índice de Jaccard, una técnica que evita que los motivos más abundantes aparezcan artificialmente relacionados con todos los demás.

De acuerdo con el repositorio publicado por el propio autor en GitHub, los datos y parte del código utilizado para construir las redes están disponibles públicamente. Esto permite que otros especialistas revisen el procedimiento, repitan los cálculos o apliquen el método a otros conjuntos de arte prehistórico.

Bisontes, caballos y cabras monteses organizaban las composiciones

Las redes revelaron que los bisontes, los caballos y las cabras monteses constituían el núcleo del sistema. Estos animales no solo eran frecuentes, sino que también mantenían las conexiones más fuertes y aparecían acompañados por una mayor variedad de motivos.

Según detalla el estudio, un segundo grupo reunía animales menos habituales, como peces, aves, renos y saigas, junto con numerosos signos abstractos. Estos elementos ocupaban posiciones más periféricas, aunque seguían participando en las composiciones organizadas alrededor de los grandes herbívoros.

La estructura se mantuvo después de aplicar distintos modelos estadísticos y de eliminar las asociaciones más débiles. Esto indica que el resultado no depende únicamente de que algunos animales fueran representados muchas más veces que otros.

Para identificar la jerarquía interna, Intxaurbe utilizó un árbol de expansión mínima, una herramienta que retira las conexiones redundantes y conserva el esqueleto esencial de la red. El resultado situó al bisonte como el nodo principal.

Desde el bisonte surgían dos grandes ramas. Una lo vinculaba con la cabra montés y los cérvidos, mientras que la otra lo conectaba con el caballo y, a través de este, con ciertos signos abstractos.

Esto no demuestra que el bisonte fuera una divinidad o poseyera un significado religioso concreto. Tal como advierte el artículo, el análisis identifica su importancia estructural, pero no permite conocer el significado que le atribuían las comunidades magdalenienses.

La jerarquía tampoco era completamente rígida. Al retirar determinadas cuevas o figuras difíciles de clasificar, el caballo o la cabra montés podían pasar a ocupar una posición más importante. Sin embargo, el núcleo formado por los tres grandes herbívoros permanecía estable.

Cada animal tenía una manera concreta de ocupar la pared

El arte rupestre del Paleolítico no era una acumulación aleatoria de bisontes, caballos y signos en las paredes. Un estudio de más de 500 figuras descubre una “gramática” visual compartida en nueve cuevas del Golfo de Vizcaya
© A. Ruiz-Redondo / O. Rivero / I. Intxaurbe.

Las reglas no se limitaban a decidir qué animales podían aparecer juntos. La dirección y la inclinación de las figuras también presentaban distribuciones organizadas.

De acuerdo con los resultados publicados en el Journal of Archaeological Method and Theory, los bisontes y las cabras monteses tendían a mirar hacia la izquierda, mientras que los caballos aparecían con mayor frecuencia orientados hacia la derecha. La relación general entre el tipo de animal y su orientación resultó estadísticamente significativa, aunque el autor pide cautela al interpretar cada tendencia de manera aislada.

Los caballos también se representaban principalmente en posición horizontal y alineados en la misma dirección que los animales cercanos. Los bisontes, en cambio, presentaban una mayor variedad de inclinaciones y podían aparecer en posiciones verticales u oblicuas.

Estas diferencias sugieren que dibujar un caballo o un bisonte no consistía únicamente en seleccionar una especie. También existían convenciones sobre su postura, su dirección y las figuras que podían acompañarlo.

Una gramática visual que todavía no podemos traducir

El hallazgo no convierte el arte paleolítico en un texto que pueda leerse palabra por palabra. La expresión “gramática” describe las reglas utilizadas para combinar y distribuir los motivos, no la existencia demostrada de una escritura prehistórica.

Según concluye Intxaurbe, los resultados ofrecen evidencias convergentes de que la organización temática y espacial de estos conjuntos magdalenienses no fue aleatoria. Las comunidades compartían principios generales, pero podían adaptarlos a las características de cada cueva o a sus propias tradiciones locales.

Todavía desconocemos qué significaban exactamente los bisontes, caballos y signos grabados en aquellas paredes. Sin embargo, las matemáticas permiten reconocer algo que llevaba miles de años oculto: las imágenes no fueron creadas como elementos independientes, sino como partes de un sistema visual complejo cuyas reglas sobrevivieron mucho más tiempo que las personas capaces de interpretarlas.

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