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Un equipo del CONICET quiere llevar al hogar una solución para un problema casi invisible del agua potable. Desarrollan un dispositivo capaz de remover micro y nanoplásticos que hoy escapan a muchos filtros convencionales

Los purificadores domésticos actuales no están pensados específicamente para atrapar las partículas plásticas más pequeñas. Un grupo de investigadores en Mar del Plata trabaja en una tecnología que combina luz UVC y materiales porosos de bajo costo para intentar resolver ese vacío.

Durante años, la preocupación por el agua potable se concentró en bacterias, metales pesados, cloro o arsénico. Pero en los últimos tiempos empezó a instalarse otro problema mucho más escurridizo: la presencia de microplásticos y nanoplásticos en el agua que bebemos. Son partículas diminutas, invisibles a simple vista, que pueden atravesar parte de los sistemas de filtrado convencionales y cuya acumulación en organismos vivos ya preocupa a la comunidad científica. En ese contexto, un equipo del CONICET en Mar del Plata está intentando hacer algo bastante concreto: llevar una solución al ámbito doméstico.

El proyecto se desarrolla en el Instituto de Investigaciones en Ciencia y Tecnología de Materiales (INTEMA, CONICET-UNMdP) y está dirigido por la investigadora Carla di Luca, quien acaba de ser reconocida con la Distinción Franco-Argentina en Innovación 2025 en la categoría Senior. Pero más allá del premio, lo realmente interesante es la tecnología que están construyendo: un dispositivo pensado para complementar los filtros de agua de red y atacar justo la parte del problema que muchos sistemas actuales todavía no resuelven bien.

El gran agujero de los filtros domésticos no siempre está donde creemos

Cuando alguien instala un purificador en casa, suele dar por hecho que el agua queda “limpia”. Y en muchos casos, efectivamente mejora bastante. El problema es que la mayoría de los dispositivos disponibles en el mercado no fueron diseñados específicamente para remover micro- y nanoplásticos.

Tal como explica el equipo, muchos de estos sistemas se centran en eliminar sedimentos, bacterias, cloro, arsénico u otros contaminantes químicos. Y aunque algunos filtros de carbón activado pueden retener parte de los microplásticos, lo hacen de forma bastante limitada: si la partícula es más pequeña que el poro, simplemente pasa.

Eso vuelve especialmente delicado el caso de los nanoplásticos, partículas de menos de 1 micrómetro que pueden atravesar filtros mecánicos convencionales con relativa facilidad. Y ahí es donde el problema se complica de verdad, porque hablamos de tamaños que ya rozan el terreno en el que los métodos domésticos tradicionales empiezan a quedarse cortos.

La idea del CONICET no es solo filtrar mejor: es “preparar” al plástico para atraparlo

Un equipo del CONICET quiere llevar al hogar una solución para un problema casi invisible del agua potable. Desarrollan un dispositivo capaz de remover micro y nanoplásticos que hoy escapan a muchos filtros convencionales
© CONICET.

Lo más interesante del dispositivo que desarrolla el INTEMA es que no intenta resolver el problema solo con una barrera física, como haría un filtro convencional. En cambio, trabaja en dos etapas complementarias.

La primera consiste en un pretratamiento con luz UVC, una forma de radiación de alta energía que no busca destruir completamente los microplásticos, sino modificar químicamente su superficie. Dicho de forma sencilla: el sistema intenta volver estas partículas más “pegajosas”, más propensas a adherirse a otros materiales. Y ahí entra la segunda fase: una etapa de captura por adsorción, en la que esas partículas ya activadas quedan retenidas por materiales porosos de bajo costo desarrollados a partir de residuos industriales locales.

Ese detalle no es menor. Porque una de las claves del proyecto no es solo que funcione, sino que pueda escalarse sin convertirse en una solución elitista o energéticamente absurda.

La gran ventaja: atacar un problema donde otras tecnologías se vuelven caras o poco prácticas

Hoy existen tecnologías capaces de remover un porcentaje muy alto de micro y nanoplásticos, como la ultrafiltración o la ósmosis inversa. El problema es que suelen ser más costosas, requieren más energía, consumen más agua y, en algunos casos, también eliminan minerales útiles del agua potable.

En el otro extremo, hay procesos de oxidación avanzada que en laboratorio muestran un gran potencial para degradar estos contaminantes, pero que todavía resultan difíciles de implementar en un contexto doméstico por su alto consumo energético y de reactivos.

Lo que intenta hacer el equipo argentino es encontrar un punto intermedio mucho más interesante: una solución que sea más eficaz que un filtro convencional, pero más accesible y razonable que las tecnologías más intensivas. Y si funciona bien, eso cambia bastante la conversación. Porque dejaría de ser un avance “de laboratorio” para convertirse en una herramienta que podría integrarse de forma bastante natural en sistemas de uso diario.

Todavía no está listo para la cocina, pero ya entró en una fase importante

Por ahora, conviene no venderlo como si mañana fuera a estar en todas las casas. El proyecto sigue en una etapa de investigación y validación a escala de laboratorio, donde el equipo está evaluando la eficiencia real del sistema bajo condiciones similares a las del agua de red.

Los próximos pasos pasan por diseñar y construir un prototipo funcional, que permita probar el desempeño del dispositivo en escenarios más cercanos a una aplicación real. Si esos resultados siguen siendo prometedores, la siguiente fase será aumentar el grado de madurez tecnológica y explorar posibles vías de transferencia al sector privado. Es decir: todavía no estamos ante un producto comercial, pero sí ante una tecnología que ya está intentando salir del paper y acercarse al uso cotidiano.

La noticia no es solo científica: también es política, industrial y doméstica

Lo más interesante de este proyecto quizá no sea únicamente el dispositivo en sí, sino lo que representa. Porque toca un problema ambiental global desde un lugar muy concreto: el agua que usamos todos los días.

Durante mucho tiempo, la conversación sobre microplásticos se movió entre estudios alarmantes y titulares abstractos. Este tipo de desarrollo cambia el tono. Ya no se trata solo de confirmar que el problema existe, sino de empezar a preguntarnos cómo se construyen soluciones reales, escalables y accesibles. Y ahí es donde la ciencia pública bien orientada suele dar sus mejores golpes.

Porque a veces la innovación más útil no es la que promete cambiar el mundo entero de golpe. Es la que intenta resolver, con bastante inteligencia, lo que ya está entrando silenciosamente en nuestra casa por la canilla.

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