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Ciencia

Un estudiante encontró un nuevo isópodo gigante que durante décadas se había clasificado de manera errónea

Un enorme crustáceo de unos 32,2 centímetros de largo estuvo mal identificado durante más de tres décadas como especie conocida, preservado en la Universidad de Tübingen en Alemania.
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El paleontólogo alemán Dolf Seilacher todavía no había ganado su premio Crafoord, honor prestigioso otorgado por la misma academia sueca del premio Nobel, mientras recolectaba especímenes en Puerto Rico en la década de 1980. La estación de investigaciones había capturado un isópodo Bathynomus gigante, un gran crustáceo de unos 32,2 cm de largo, en una trampa que habían colocado a 500 metros de profundidad en el lecho del océano.

Seilacher murió en 2014, mucho antes de que él o alguien más viese que el espécimen en realidad representaba a una especie desconocida. Ahora, tres décadas después de que se lo capturara en el Caribe, el estudiante de paleontología de la Universidad de Tübingen Benedikt Kästle, y el curador de la Colección Paleontológica de la Universidad Ingmar Werneburg, finalmente han otorgado el hombre correcto a la criatura. Se trata de un isópodo gigante que estaba mal identificado como Bathynomus giganteus, pero que ahora tiene nombre propio y correcto, Bathynomus tuebingoborikensis.

“La nueva especie está estrechamente emparentada con otra especie gigante que se encuentra cerca de la Península de Yucatán de México”, dijo Kästle en declaraciones, señalando que este isópodo entra en la categoría de los colosos gigantes.

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© Kästle, Werneburg

Vivir a lo grande

En términos más técnicos, los isópodos submarinos gigantes sí provienen del mismo orden de crustáceos que el bicho bolita, cochinilla de la humedad o marranito según se los conozca en cada país, pero a diferencia de estos crustáceos terrestres que solo miden entre 10 y 15 milímetros de largo, las especies del género Bathynomus gigantes pueden llegar a medir 50 centímetros, lo que los convierte en uno de los invertebrados más grandes el planeta.

Además, pueden pesar hasta 2,6 kilogramos, y tienen exoesqueletos resistentes que soportan la presión de estar a 2.500 metros de profundidad en el mar.

Según Werneburg, todo el género Bathynomus, que hoy se puede encontrar en océanos de todo el mundo, aparecieron en el golfo de Mëxico durante el Mioceno hace más de 15 millones de años, no muy lejos de donde encontraron al B. tuebingoborikensis.

“En ese momento estaba abierto el Istmo de Panamá, con un estrecho entre América del norte y del sur, y los animales marinos podían desplazarse hacia el oeste, inicialmente hasta Japón inclusive”, explicó en declaraciones Werneburg.

Los isópodos prehistóricos tardaron otros 10 millones de años en evolucionar ya en la frontera entre el Mioceno y el Plioceno, con lo que aparecieron especies del tamaño de los representantes más grandes de este crustáceo que podemos encontrar hoy. A medida que se enfrió la Tierra las especies gigantes de isópodos del Mioceno que sólo medían unos 15 cm eventualmente dieron lugar a unos primos mucho más grandes en los océanos Índico y Pacífico.

“Son verdaderos colosos que alcanzaban unos 25 cm de largo y fisiológicamente estaban perfectamente adaptados a las nuevas condiciones climáticas”, según Werneburg.

Cazadores de grandes bichos

Kästle y Werneburg recurrieron a imágenes 3D mediante tomografía microcomputarizada para estudiar al espécimen de Tübingen y distinguirlo de otros colosos gigantes con los que se había confundido. El fallecido Seilacher era conocido por sus logros sin siquiera utilizar una computadora, por lo que quizá no extraña que no pudiera distinguir las sutiles pero numerosas diferencias que distinguen al B. tuebingoborikensis.

Pero con la tomografía computarizada se pudo efectuar la observación detallada de las partes de su boca, que tantas veces se dejan de lado en descripciones de especies como el Bathynomus a pesar de que es un área anatómica útil para la taxonomía de los isópodos acuáticos o cirolanidae, escriben los autores del nuevo trabajo que se publicó el jueves en Scientific Reports.

En un guiño al largo recorrido de esta especie los investigadoras decidieron nombrarlo por el pueblo nativo taíno de Puerto Rico, Boriken, y la ciudad de Tübingen de Alemania donde Seilacher contribuyó a preservar el hallazgo de su inesperado redescubrimiento.

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