A los 40 años, Arthur C. Brooks tenía una lista de objetivos que quería cumplir antes de llegar a los 50. Aspiraciones profesionales, metas personales y logros que, según imaginaba, terminarían haciéndolo más feliz. Una década después revisó aquella lista y descubrió algo desconcertante: había conseguido prácticamente todo lo que se había propuesto, pero se sentía menos satisfecho que cuando empezó.
Aquella experiencia llevó al profesor de Harvard y especialista en bienestar a cuestionar una idea profundamente instalada en nuestra sociedad: que la felicidad llega cuando conseguimos más dinero, reconocimiento, poder o éxito. Su conclusión fue bastante diferente. El problema no siempre está en lo poco que tenemos, sino en la cantidad de cosas que seguimos deseando incluso después de conseguir lo que queríamos.
Brooks desarrolló este argumento en su libro From Strength to Strength y lo explicó durante una conversación organizada por Harvard Business School, junto a Oprah Winfrey. Allí presentó una fórmula aparentemente sencilla: dividir lo que tenemos entre lo que queremos. No es una ecuación matemática validada para medir la felicidad, sino una manera de comprender por qué alcanzar objetivos no siempre produce satisfacción duradera.
La fórmula de Harvard que propone dejar de acumular y comenzar a necesitar menos

La idea central de Brooks consiste en que existen dos formas de mejorar nuestra satisfacción: aumentar aquello que poseemos o reducir las expectativas y deseos que consideramos indispensables.
La primera suele ser la más intuitiva. Conseguimos un ascenso, compramos algo que queríamos o alcanzamos una meta importante. Durante un tiempo experimentamos satisfacción, pero esa sensación puede disminuir y dar paso a nuevos objetivos. En psicología, este proceso está relacionado con la llamada adaptación hedónica, la tendencia a acostumbrarnos a cambios positivos o negativos de nuestra vida.
Por eso, en un artículo publicado en su sitio oficial, Brooks plantea que resulta más útil aprender a gestionar nuestros deseos que concentrarnos exclusivamente en acumular posesiones.
Una de sus herramientas es la lista inversa de deseos. En lugar de escribir todo lo que queremos conseguir, propone identificar ambiciones relacionadas con el dinero, el prestigio o la aprobación ajena y preguntarnos cuánto contribuyen realmente a una vida significativa.
El ejercicio no implica abandonar las metas profesionales ni renunciar a mejorar nuestras condiciones materiales. La diferencia está en dejar de convertir cada nuevo logro en un requisito indispensable para sentirnos satisfechos.
Por qué las relaciones y la gratitud pueden importar más que el éxito material

La propuesta de Brooks también invita a revisar qué entendemos por una vida exitosa. Para el investigador, las relaciones personales, el propósito y la capacidad de contribuir al bienestar de otras personas deberían ocupar un lugar más importante que la búsqueda permanente de reconocimiento.
Esta perspectiva coincide parcialmente con los resultados del Estudio de Desarrollo Adulto de Harvard, una investigación longitudinal iniciada en 1938. Sus responsables encontraron que la calidad de las relaciones personales durante la mediana edad era uno de los mejores indicadores de salud y bienestar en etapas posteriores de la vida.
La gratitud también puede contribuir. Un metaanálisis publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences en 2025 examinó 145 investigaciones realizadas en 28 países, con 24.804 participantes, y encontró que las intervenciones basadas en la gratitud producían mejoras pequeñas, pero estadísticamente significativas, en el bienestar. Los resultados variaron según el contexto cultural y la metodología empleada.
Esto no significa que el dinero carezca de importancia ni que reducir expectativas solucione los problemas económicos. Contar con recursos suficientes para vivir con seguridad sigue siendo una dimensión fundamental del bienestar. La reflexión de Brooks apunta, sobre todo, a los deseos que crecen continuamente y que pueden impedirnos disfrutar de lo conseguido.
La pregunta que propone hacerse es sencilla: ¿seguiríamos persiguiendo determinada meta si nadie más pudiera enterarse de que la alcanzamos? La respuesta puede ayudarnos a distinguir entre aquello que tiene un significado personal y lo que buscamos principalmente por aprobación externa.
Quizá la mayor paradoja de la felicidad sea precisamente esa: pasamos buena parte de nuestra vida intentando conseguir más cosas, cuando una parte de la satisfacción que buscamos podría depender de aprender a necesitar menos.