Saber cuánto dióxido de carbono hay en la atmósfera es relativamente sencillo: estaciones como la del volcán Mauna Loa, en Hawái, lo miden desde hace décadas. Lo difícil es saber dónde se emite y dónde se absorbe. Para eso, la NASA tiene dos instrumentos que observan la Tierra desde el espacio, y acaba de publicar una revisión completa de más de diez años de sus datos.
Cómo se mide el CO₂ desde el espacio

El Observatorio Orbital de Carbono 2, conocido como OCO-2, es un satélite lanzado en julio de 2014. Su gemelo, OCO-3, es un instrumento instalado en 2019 en la Estación Espacial Internacional. Entre los dos reúnen más de un millón de observaciones por día.
Ninguno mide el dióxido de carbono directamente. Lo que hacen es analizar la luz del Sol que se refleja en la superficie de la Tierra y vuelve a atravesar la atmósfera. En ese recorrido, las moléculas de dióxido de carbono absorben longitudes de onda específicas. Midiendo cuánta luz falta en esas longitudes de onda, los científicos pueden calcular cuánto dióxido de carbono hay en la columna de aire entre el satélite y el suelo.
Qué cambió con la revisión
El nuevo trabajo, publicado en la revista Earth and Space Science, no se basa en un instrumento nuevo, sino en una nueva forma de interpretar los datos ya recogidos desde septiembre de 2014. Los investigadores ajustaron los cálculos para reducir las interferencias causadas por las nubes, las partículas suspendidas en el aire y los reflejos del Sol sobre el océano, y revisaron el comportamiento de los instrumentos a lo largo del tiempo.
El resultado es un registro más coherente. Tras los ajustes, los datos de los satélites coinciden mejor con los de una red mundial de estaciones terrestres de alta precisión. Además, OCO-2 y OCO-3 arrojan resultados muy similares, a pesar de que tienen órbitas, alturas y horarios de observación diferentes.
El cambio más práctico es la escala de tiempo. Antes, muchos análisis comparaban un año con el anterior. Ahora, los datos permiten seguir la evolución del dióxido de carbono mes a mes, con menos demora entre la observación y el análisis. Eso facilita estudiar fenómenos de corta duración, como los incendios forestales, que liberan el carbono almacenado en la vegetación, las sequías, que reducen la capacidad de bosques y suelos para absorberlo, o el fenómeno de El Niño, que altera las lluvias y las temperaturas en distintas regiones.
Por qué importa

Las actividades humanas, sobre todo la quema de carbón, petróleo y gas, emiten grandes cantidades de dióxido de carbono. Pero no todo se queda en la atmósfera. Los océanos, los bosques y los suelos absorben una parte importante. Entender cuánto absorben, dónde y cómo cambia esa capacidad con el calentamiento es clave para prever cómo evolucionará el clima.
Los datos de estos instrumentos también se usan para estudiar las emisiones de las ciudades y la salud de la vegetación. Además del dióxido de carbono, pueden detectar el tenue resplandor que emiten las plantas durante la fotosíntesis, una información útil para la agricultura.
Unos satélites que casi se apagan
La revisión llega después de un periodo de incertidumbre. En 2025, la propuesta de presupuesto del gobierno de Estados Unidos para el año fiscal 2026 incluía terminar ambas misiones, y medios estadounidenses informaron que la NASA había empezado a planificar su cierre. La decisión generó críticas de científicos y legisladores: el comité del Senado encargado del presupuesto rechazó expresamente esas cancelaciones.
Finalmente, en agosto de 2026, la NASA seleccionó al Instituto de Tecnología de California para operar ambos instrumentos durante un máximo de cinco años, aunque la agencia sigue siendo su propietaria. Con la revisión de sus datos, el registro de más de una década gana valor justo cuando su continuidad parecía en duda.