Los árboles necesitan agua, nutrientes y energía para crecer. Hasta ahora, buena parte de la ecología asumía que existía un compromiso difícil de evitar: cuanto más rápido crecía una planta, menos recursos podía dedicar a protegerse frente a condiciones extremas, como una sequía prolongada. Sin embargo, un estudio internacional acaba de mostrar que algunas coníferas parecen desafiar esa lógica. Cuando determinadas especies originarias del hemisferio norte crecen en el hemisferio sur, pueden desarrollarse hasta cuatro veces más rápido y, al mismo tiempo, mostrar una mayor resistencia a la falta de agua.
La investigación, publicada en la revista Nature, reunió a más de veinte científicos de distintas instituciones y examinó árboles distribuidos en 192 lugares de cuatro continentes. Entre sus autores aparecen investigadores de Chile, Argentina, España, Estados Unidos y Nueva Zelanda. Los resultados plantean nuevas preguntas sobre la capacidad de adaptación de los bosques y sobre el papel que podrían desempeñar las plantaciones forestales frente al cambio climático.
Un experimento natural en cuatro continentes desafió lo que sabíamos sobre el crecimiento de los árboles

Para realizar el estudio, el equipo comparó coníferas que crecían en sus regiones de origen con otras de las mismas especies introducidas en territorios diferentes. Entre ellas había pinos, alerces y abetos de Douglas, árboles utilizados habitualmente en plantaciones forestales.
Los investigadores analizaron los anillos de crecimiento de los troncos, una técnica conocida como dendrocronología. Cada anillo conserva información sobre el desarrollo del árbol durante un periodo determinado, por lo que su grosor permite estudiar cómo respondió a distintas condiciones ambientales.
Los resultados fueron sorprendentes. Algunas coníferas introducidas en países del hemisferio sur mostraron tasas de crecimiento hasta cuatro veces superiores a las registradas en poblaciones de sus áreas de origen. Además, recuperaban mejor su crecimiento después de episodios de sequía.
Según explicó la Universidad de Mississippi, esto contradice una de las expectativas habituales de la ecología vegetal: que las especies de crecimiento acelerado deberían ser más vulnerables cuando escasean los recursos.
Los científicos también analizaron muestras de madera para buscar una explicación fisiológica. Encontraron concentraciones más elevadas de carbohidratos no estructurales, especialmente azúcares y almidones, que los árboles pueden utilizar como reservas energéticas durante periodos desfavorables.
Los análisis de isótopos de carbono apuntaron, además, a menores restricciones en el intercambio de gases necesario para realizar la fotosíntesis. En conjunto, los resultados sugieren que estas coníferas estaban capturando carbono y acumulando reservas de manera más eficiente en sus nuevos entornos.
Alex Fajardo, investigador del Instituto de Ecología y Biodiversidad y profesor de la Universidad de Talca, destacó que esas reservas de carbono podrían desempeñar un papel importante en la resistencia a las sequías. Sin embargo, todavía hacen falta investigaciones para determinar cuánto influyen el clima, el suelo y la historia evolutiva de cada especie.
El mismo fenómeno que podría ayudar a capturar carbono también amenaza los bosques nativos

El descubrimiento tiene implicaciones para la lucha contra el cambio climático. Los bosques capturan dióxido de carbono de la atmósfera mientras crecen, por lo que las especies capaces de desarrollarse rápidamente y sobrevivir a condiciones difíciles pueden resultar atractivas para proyectos forestales. Pero existe un problema: un árbol que crece excepcionalmente bien fuera de su hábitat también puede convertirse en una especie invasora.
Como advierte el estudio de Nature, algunas coníferas introducidas en el hemisferio sur se expanden más allá de sus plantaciones y colonizan ecosistemas naturales. En Brasil, por ejemplo, determinados pinos han invadido sectores del Cerrado, una extensa región de sabanas con una biodiversidad extraordinaria. Argentina y Chile tampoco son ajenos al fenómeno. En la Patagonia existen poblaciones de Pinus contorta y otras coníferas introducidas que han conseguido establecerse fuera de las áreas forestales donde fueron plantadas originalmente.
El crecimiento acelerado puede modificar la vegetación local, competir con especies autóctonas e incluso alterar las condiciones que favorecen la propagación de incendios.
Los investigadores también observaron que árboles nativos del hemisferio sur, como algunas especies de Nothofagus, mostraban una combinación favorable de crecimiento y tolerancia a la sequía. Esto sugiere que existen alternativas para determinados proyectos de restauración y captura de carbono que no requieren introducir especies potencialmente invasoras.
La conclusión va mucho más allá de descubrir que algunos pinos crecen más rápido. Como señala un análisis publicado en Nature, la investigación demuestra que la relación entre crecimiento, resistencia y ambiente puede ser bastante más compleja de lo que anticipaban los modelos tradicionales. La paradoja es que los mismos árboles que parecen extraordinarios candidatos para capturar carbono también pueden convertirse en una amenaza para los ecosistemas que intentamos proteger.