No fue un cráneo completo ni un esqueleto enterrado bajo tierra. Bastaron unos pequeños fragmentos de una mano para que un grupo de arqueólogos encontrara una nueva pieza de uno de los mayores enigmas de la evolución humana: qué ocurrió con los neandertales antes de su desaparición, hace aproximadamente 40.000 años.
El descubrimiento se produjo en la cueva de Abauntz, situada en el valle de Ultzama, en Navarra, España. Allí, un equipo internacional recuperó seis restos óseos pertenecientes a un neandertal adulto de sexo masculino que vivió hace unos 46.000 años. Se trata de los restos humanos más antiguos identificados hasta ahora en Navarra y los primeros atribuidos directamente a esta especie en el territorio.
Pero el verdadero valor del hallazgo no está únicamente en su antigüedad. Según el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), los fósiles conservan material genético que permitirá estudiar las características biológicas del individuo y sus posibles relaciones con otras poblaciones neandertales europeas.
Una mano de 46.000 años que conserva información invisible a simple vista

Los restos encontrados incluyen tres metacarpianos y una falange intermedia de la mano derecha, además de otros dos fragmentos identificados como humanos mediante técnicas de análisis de proteínas.
La identificación fue posible gracias a la combinación de diferentes métodos científicos. Los investigadores utilizaron dataciones directas por carbono-14, análisis paleoproteómicos y estudios de ADN antiguo para establecer la antigüedad de los restos y determinar que pertenecieron a un neandertal masculino.
Los resultados sitúan al individuo entre hace 44.000 y 49.000 años, con una antigüedad aproximada de 46.000 años. Esto significa que vivió durante una etapa especialmente importante: los últimos milenios de presencia neandertal en Europa.
El IPHES-CERCA también informó de que algunos huesos presentan marcas de mordeduras de carnívoros. Estas señales podrían aportar información sobre lo que ocurrió con el cuerpo después de la muerte y cómo terminaron acumulándose sus restos en el interior de la cueva.
La recuperación de ADN antiguo resulta especialmente importante porque este material se degrada progresivamente con el tiempo. Encontrarlo en fósiles de decenas de miles de años permite comparar poblaciones separadas por grandes distancias y reconstruir parte de sus relaciones evolutivas.
Una cueva que podría revelar cómo vivieron los últimos neandertales de Europa
La cueva de Abauntz no era desconocida para los arqueólogos. Durante décadas proporcionó herramientas de piedra, restos de animales y piezas de arte paleolítico, incluida una piedra grabada que ha sido interpretada como uno de los mapas prehistóricos más antiguos de Europa. Sin embargo, faltaba una prueba fundamental: restos humanos que permitieran vincular directamente ese territorio con los neandertales.

Los trabajos actuales, dirigidos por los investigadores Mikel Arlegi y Andion Arteaga, buscan reconstruir cómo utilizaban la cueva estos grupos humanos. Los arqueólogos encontraron herramientas de piedra y restos de animales, algunos con marcas relacionadas con su procesamiento y consumo.
Una de las hipótesis es que Abauntz funcionara como un lugar de ocupación temporal, posiblemente relacionado con actividades de caza. Su ubicación en un corredor natural entre la península ibérica y el resto de Europa habría facilitado el desplazamiento de animales y poblaciones humanas.
Además, las investigaciones han identificado técnicas de fabricación de herramientas que parecen arcaicas para la época del individuo. Comprender esa aparente contradicción podría ayudar a determinar si determinados grupos neandertales conservaron tradiciones tecnológicas diferentes.
La siguiente etapa será especialmente importante. El Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, en Alemania, participa en los estudios genéticos que podrían establecer conexiones entre el individuo de Abauntz y otros neandertales europeos.
Los resultados todavía están pendientes y no permitirán, por sí solos, explicar la extinción de la especie. Pero podrían aportar información sobre sus movimientos, diversidad genética y relaciones entre poblaciones durante una etapa decisiva de su historia.
Hace 46.000 años, aquel neandertal difícilmente habría imaginado que unos pequeños huesos de su mano terminarían convirtiéndose en una fuente de información sobre toda su especie. Hoy, gracias a la arqueología y la genética, esos fragmentos podrían ayudar a reconstruir una historia que permaneció enterrada durante milenios.