Hace unos 400 millones de años, cuando la Tierra todavía no conocía los bosques tal como los entendemos hoy y los animales apenas empezaban a conquistar la tierra firme, algo extraño dominaba el paisaje. No era un árbol. Tampoco un animal. Ni siquiera un hongo en el sentido moderno. Era un organismo alto, tubular, casi como una columna natural plantada en medio de un mundo primitivo.
Ese organismo se llama Prototaxites, y durante más de siglo y medio ha sido una de las grandes anomalías de la paleontología. Ahora, un nuevo estudio publicado en Science Advances vuelve a colocar el problema sobre la mesa: quizás no estamos ante una planta mal clasificada ni ante un hongo raro, sino ante una forma de vida multicelular que no encaja en ningún linaje moderno conocido.
Un gigante fuera de lugar en la historia de la vida

Los fósiles de Prototaxites fueron descritos por primera vez en el siglo XIX. Algunas de estas estructuras alcanzaban hasta nueve metros de altura, algo descomunal para una época en la que las plantas terrestres apenas superaban el metro. Durante décadas, los científicos intentaron resolver el rompecabezas por descarte: primero se pensó que eran troncos en descomposición; luego, que podían ser líquenes gigantes; más tarde, que se trataba de algún tipo de hongo primitivo.
La idea del hongo ganó fuerza porque Prototaxites no parecía realizar fotosíntesis. En lugar de producir su propio alimento a partir de la luz solar, todo indicaba que obtenía carbono del entorno, de forma parecida a como lo hacen hoy los hongos que se alimentan de materia orgánica en descomposición. El problema es que esa explicación nunca encajó del todo con su estructura interna ni con su tamaño colosal.

El nuevo estudio se centró en fósiles hallados en el Rhynie chert, un yacimiento excepcionalmente bien conservado en Escocia que funciona como una ventana directa al Devónico temprano. Gracias a la preservación química de este entorno, los investigadores pudieron rastrear biomarcadores moleculares en los restos de Prototaxites y compararlos con los de hongos fósiles encontrados en el mismo lugar.
Ahí apareció la grieta en la teoría dominante: los hongos conservados en el Rhynie chert muestran restos químicos asociados a quitina y glucanos, dos componentes estructurales básicos de los hongos. Prototaxites no. Su “huella química” es distinta, como si perteneciera a otro experimento evolutivo que no dejó descendencia reconocible.
Además, su arquitectura interna presenta patrones de ramificación complejos dentro de estructuras esféricas oscuras que no se parecen a nada conocido en hongos actuales o extintos. Los autores no se atreven a proponer una nueva categoría formal, pero el mensaje es claro: forzar a Prototaxites a entrar en un cajón moderno puede ser un error conceptual.

Esto no significa que sepamos qué era. Al contrario. Ni siquiera está claro cómo se sostenía en pie, cómo se anclaba al suelo o si permanecía erguido durante toda su vida. Algunos investigadores apuntan a que distintas especies de Prototaxites podrían haber tenido estrategias diferentes, lo que complica todavía más la historia.
Lo interesante es que este caso pone en evidencia algo más profundo: nuestro árbol de la vida está construido a partir de lo que sobrevivió, no de todo lo que existió. En los primeros capítulos de la vida terrestre, hubo probablemente experimentos evolutivos que no dejaron herederos. Prototaxites podría ser uno de ellos: una rama que creció, dominó su entorno durante un tiempo… y luego desapareció sin continuidad directa.
Desde esta perspectiva, el fósil no es solo un objeto extraño del pasado, sino un recordatorio incómodo. La vida, en sus primeras etapas fuera del agua, fue más creativa —y más caótica— de lo que solemos imaginar. Y todavía hoy seguimos intentando entender hasta qué punto lo que vemos en el presente es solo una pequeña muestra de todas las posibilidades que alguna vez existieron.