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Ciencia

Un incendio en Francia liberó tanto calor que terminó creando una tormenta eléctrica sobre sus propias llamas. Así se forma el pirocumulonimbo capaz de generar rayos, cambiar los vientos y encender nuevos focos a kilómetros de distancia

La gigantesca nube observada sobre Gironda no era una simple columna de humo. El fuego empujó aire caliente y humedad hasta las capas altas de la atmósfera, donde nació una tormenta capaz de volver el incendio todavía más impredecible.
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Desde el aire, la escena parecía dividida en dos. Abajo se extendía una masa oscura de humo, cenizas y vegetación ardiendo. Sobre ella crecía una enorme torre blanquecina con forma de coliflor, cada vez más parecida a una tormenta de verano que a la columna habitual de un incendio forestal.

Eso fue lo que los bomberos observaron sobre Saumos, en la región francesa de Gironda, después de que el fuego iniciado el 22 de julio avanzara sobre decenas de miles de hectáreas y obligara a evacuar a cientos de miles de personas. Francia registró allí su primer pirocumulonimbo documentado, una nube capaz de producir rayos, fuertes corrientes de aire y nuevos incendios lejos del frente original.

La expresión “nube de fuego” puede sonar metafórica, pero describe un fenómeno atmosférico real. El incendio aporta tanta energía que deja de ser únicamente una consecuencia del tiempo cálido, seco y ventoso. Empieza a modificar la atmósfera que lo rodea y, en las condiciones adecuadas, termina construyendo su propio sistema meteorológico.

Todo empieza cuando la columna de humo se convierte en un ascensor atmosférico

Un incendio en Francia liberó tanto calor que terminó creando una tormenta eléctrica sobre sus propias llamas. Así se forma el pirocumulonimbo capaz de generar rayos, cambiar los vientos y encender nuevos focos a kilómetros de distancia
© Emma Da Silva / AP.

Un incendio intenso calienta el aire situado sobre las llamas. Como ese aire se vuelve menos denso que el de su entorno, asciende a gran velocidad arrastrando humo, ceniza y vapor de agua procedente de la vegetación, del suelo y de la propia atmósfera.

Al subir, la masa de aire encuentra presiones menores, se expande y se enfría. Si contiene suficiente humedad, el vapor comienza a condensarse alrededor de las partículas del humo y aparece una nube conocida como pirocúmulo. La Organización Meteorológica Mundial utiliza el término flammagenitus para las nubes originadas sobre una fuente intensa y localizada de calor, como un incendio o una erupción volcánica.

La mayoría de estas formaciones no llega mucho más lejos. Pero cuando el fuego libera suficiente energía y la atmósfera superior es inestable, la columna continúa creciendo durante kilómetros. La condensación libera calor adicional, mantiene el aire ascendente más cálido que su entorno y refuerza todavía más el movimiento vertical.

El pirocúmulo termina entonces transformándose en un pirocumulonimbo, o pyroCb: una tormenta eléctrica completa alimentada desde abajo por un incendio. En los casos más extremos, estas corrientes pueden superar los 60 metros por segundo y elevar humo por encima de los 20 kilómetros de altitud, hasta alcanzar la estratosfera.

Dentro de la nube, gotas sobreenfriadas, cristales de hielo y pequeñas partículas chocan entre sí. Esas colisiones separan cargas eléctricas de la misma manera que ocurre en un cumulonimbo convencional. Cuando la diferencia se vuelve demasiado grande, el aire deja de actuar como aislante y aparece el rayo.

El incendio deja de avanzar en una dirección previsible y empieza a atacarse a sí mismo

Un incendio en Francia liberó tanto calor que terminó creando una tormenta eléctrica sobre sus propias llamas. Así se forma el pirocumulonimbo capaz de generar rayos, cambiar los vientos y encender nuevos focos a kilómetros de distancia
© Caroline Blumber / AP.

Para los equipos de extinción, el mayor peligro no está únicamente sobre la nube, sino en lo que ocurre alrededor de su base. El aire que asciende debe reemplazarse, por lo que la columna absorbe violentamente masas de aire desde los alrededores. Esa succión puede aumentar la velocidad del fuego y atraer las llamas hacia zonas que minutos antes parecían seguras.

Más tarde, parte del aire enfriado dentro de la tormenta cae hacia el suelo en forma de corrientes descendentes. Al impactar contra la superficie, se dispersa en todas direcciones y produce ráfagas súbitas. El frente del incendio puede girar, ensancharse o acelerar sin seguir el viento regional que utilizaban los bomberos para anticipar su recorrido. Los pirocumulonimbos también pueden producir granizo, tornados y vientos descendentes capaces de complicar seriamente las operaciones aéreas y terrestres.

Los rayos añaden otro problema. Algunas descargas caen fuera de la zona donde llueve y alcanzan vegetación todavía seca, creando focos separados a kilómetros del incendio principal. Incluso cuando la nube produce precipitaciones, parte del agua puede evaporarse antes de tocar el suelo debido al aire extremadamente caliente y seco de las capas inferiores.

La tormenta, por tanto, no tiene por qué apagar el fuego que la creó. Puede alimentarlo con oxígeno, esparcir brasas, generar nuevas igniciones y volver inútiles en pocos minutos las previsiones sobre su dirección.

Francia acaba de entrar en una categoría de incendios que Europa conocía sobre todo desde lejos

Los pirocumulonimbos no son nuevos, pero durante años estuvieron asociados principalmente con los grandes incendios de Norteamérica, Rusia y otras regiones acostumbradas a episodios extremos. Los satélites han demostrado que algunas de estas nubes funcionan como enormes chimeneas y depositan humo directamente en la estratosfera, donde puede permanecer durante meses y viajar alrededor del planeta.

Que el fenómeno haya aparecido ahora sobre Gironda no permite afirmar que el cambio climático provocara por sí solo esa nube concreta. Un pirocumulonimbo necesita una combinación muy específica de intensidad del fuego, humedad, temperatura e inestabilidad atmosférica.

Lo que sí está cambiando es el escenario en el que esa combinación puede producirse. Europa se calienta más del doble de rápido que el promedio mundial y el riesgo de grandes incendios está aumentando, especialmente en el sur y el Mediterráneo. Las temporadas se alargan, la vegetación pierde humedad durante más tiempo y regiones que antes parecían menos expuestas empiezan a reunir las condiciones necesarias para incendios mucho más intensos.

La gigantesca nube sobre Saumos fue así algo más que una imagen espectacular del desastre francés. Marcó el momento en que un incendio reunió suficiente energía para construir una tormenta sobre sí mismo.

Cuando eso ocurre, el fuego ya no es solo una línea de llamas avanzando por el bosque. Se convierte en una máquina atmosférica capaz de producir su propio viento, sus propios rayos y, en el peor de los casos, los incendios que vendrán después.

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