Las piedras de la Gran Pirámide llevan siglos expuestas a miradas, mediciones y preguntas. Su tamaño sigue despertando admiración, pero también una curiosidad difícil de agotar: ¿qué información permanece escondida en un monumento tan estudiado?
Una investigación preliminar ha vuelto a poner el foco sobre la Gran Pirámide de Giza. Esta vez, la propuesta surge de observar el desgaste de sus piedras y utilizarlo para calcular cuánto tiempo habrían permanecido a la intemperie.
El resultado plantea una antigüedad muy superior a la que reconoce la arqueología. Pero entre obtener una cifra llamativa y demostrar que un edificio pertenece a otra época existe una distancia considerable.
La cronología aceptada sitúa su construcción alrededor del siglo XXVI a. C., durante el reinado de Keops. El ingeniero italiano Alberto Donini propone explorar una posibilidad distinta mediante un procedimiento que denomina método de erosión relativa, o REM por sus siglas en inglés.
Su planteamiento introduce una pregunta que afecta directamente a la historia de esta pirámide: ¿puede el desgaste de la roca funcionar como un reloj capaz de revelar cuándo fue levantada?

Las superficies protegidas y las expuestas serían las piezas del cálculo
Para desarrollar su propuesta, Donini comparó doce puntos de la base de la Gran Pirámide. Su interés estaba en las diferencias entre superficies que habrían quedado expuestas desde la construcción y otras que permanecieron resguardadas bajo el revestimiento exterior.
Ese revestimiento de piedra caliza cubría originalmente el monumento. Su retirada dejó al descubierto sectores que, hasta entonces, habían estado protegidos del ambiente. El estudio utiliza como referencia una exposición de aproximadamente 675 años para esas superficies.
La lógica parece sencilla: si dos zonas comparables han sufrido desgaste durante períodos distintos, la relación entre sus pérdidas de material podría ayudar a estimar el tiempo de exposición de la más antigua.
Aplicado a la base del monumento, ese procedimiento produjo estimaciones muy dispares. Algunos puntos arrojaron períodos de algo más de 5.000 años; otros alcanzaron decenas de miles.
Al combinar los resultados, Donini propuso una fecha media cercana al 23.000 a. C. También presentó un intervalo aproximado entre el 9.000 y el 37.000 a. C.

Son cifras que trasladarían la construcción a un pasado radicalmente distinto del que sostiene la cronología arqueológica. Sin embargo, proceden de un modelo cuyas premisas necesitan comprobarse. Una estimación calculada con precisión puede seguir siendo incierta si las condiciones utilizadas para obtenerla no representan lo ocurrido durante miles de años.
El problema de convertir el desgaste de una piedra en una fecha
La principal dificultad está en que la erosión no depende únicamente del paso del tiempo. La humedad, las características de la roca, la exposición ambiental y las intervenciones humanas pueden modificar la velocidad con la que una superficie pierde material.
El propio trabajo reconoce circunstancias capaces de alterar sus cálculos. Entre ellas aparecen períodos de clima más húmedo y etapas en las que determinados sectores pudieron quedar cubiertos por arena.
Por eso, comparar dos superficies exige algo más que medir cuánto se han deteriorado: también requiere conocer sus respectivas historias. Si estuvieron sometidas a condiciones diferentes, el desgaste acumulado no necesariamente permite establecer una proporción fiable entre sus edades.

La propuesta plantea incluso que Keops pudo haber restaurado o reutilizado una construcción anterior. Esa posibilidad forma parte de la interpretación del autor; los cálculos expuestos no bastan para demostrarla.
El informe preliminar tampoco permite afirmar que la arqueología haya abandonado la datación tradicional de la Gran Pirámide. Para sostener una revisión de semejante magnitud harían falta verificaciones independientes y evidencias compatibles con esa antigüedad.
Las cifras de Donini llaman la atención por la distancia que las separa de la cronología aceptada. La cuestión pendiente es si su método puede medir esa distancia de manera fiable. Hasta resolverla, las piedras de Giza ofrecen una propuesta para investigar, pero no una nueva fecha de construcción demostrada.