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Ciencia

Tiene un cerebro diminuto, pero navega con una precisión que parece imposible. La polilla bogong se guía por las estrellas en uno de los viajes más asombrosos del mundo animal

La polilla bogong, originaria de Australia, acaba de convertirse en el primer invertebrado conocido capaz de usar una brújula estelar para una migración de larga distancia. Un estudio publicado en Nature mostró que estos insectos combinan patrones de estrellas, la Vía Láctea y el campo magnético terrestre para recorrer cientos de kilómetros hasta cuevas alpinas que nunca antes visitaron.
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Durante mucho tiempo, la navegación por estrellas pareció una habilidad reservada a animales con cerebros grandes, grandes migraciones o una larga historia cultural mirando el cielo. Aves nocturnas, humanos con sextantes, quizá algunos navegantes naturales más. Pero una polilla australiana acaba de romper esa intuición de la forma más elegante posible: volando de noche.

La protagonista es la polilla bogong (Agrotis infusa), un insecto que cada año recorre cientos de kilómetros por Australia para llegar a cuevas frescas de los Alpes Australianos. Según el estudio publicado en Nature, estos animales usan el cielo estrellado como una brújula para orientarse en su dirección migratoria heredada, incluso cuando se anula su sentido magnético en condiciones de laboratorio.

La novedad no está en que un insecto vea luces en el cielo, sino en que pueda extraer de ellas una dirección de viaje a gran escala. Tal como explicó Eric Warrant, de la Universidad de Lund, la polilla bogong es el primer invertebrado conocido hasta ahora capaz de dominar esta forma de navegación estelar para migraciones de larga distancia.

La polilla bogong y su ruta trazada por estrellas

Un insecto que lee las estrellas: el primer invertebrado capaz de orientarse con la Vía Láctea
© Unsplash / Yong Chuan Tan.

Cada primavera, millones de polillas bogong emprenden una migración nocturna desde zonas de cría del sureste de Australia hacia cuevas alpinas, donde pasan el verano en estado de letargo. Después, en otoño, regresan hacia sus áreas reproductivas. Associated Press resume el viaje en unos 1.000 kilómetros, una distancia enorme para un animal de apenas unos centímetros.

Lo más desconcertante es que muchas de estas polillas hacen ese recorrido una sola vez en su vida. No siguen a sus padres ni aprenden una ruta por experiencia previa. Deben nacer con instrucciones internas y usar señales externas para convertirlas en dirección.

Para probarlo, los investigadores colocaron polillas migratorias en un simulador de vuelo y proyectaron sobre ellas cielos nocturnos realistas. Según Nature, cuando las polillas volaban bajo un cielo naturalista sin luna y con el campo geomagnético anulado, se orientaban en la dirección migratoria esperada. Cuando los científicos rotaban el cielo artificial, las polillas cambiaban su rumbo. Y cuando desordenaban los patrones estelares, perdían la orientación.

Eso sugiere que no persiguen simplemente el punto más brillante. Leen configuraciones del cielo. Según el comunicado difundido por la Universidad de Australia del Sur, el trabajo muestra que las bogong usan constelaciones y la banda luminosa de la Vía Láctea para navegar durante su migración anual.

Un GPS biológico más complejo de lo esperado

Un insecto que lee las estrellas: el primer invertebrado capaz de orientarse con la Vía Láctea
© ©Dr. Ajay Narendra / Macquarie University, Australia.

La historia es todavía más interesante porque la polilla bogong no depende de una sola señal. Investigaciones previas ya habían mostrado que estos insectos pueden usar el campo magnético terrestre durante la migración. En 2025, el nuevo estudio añadió la pieza que faltaba: cuando el magnetismo se elimina del experimento, las estrellas siguen funcionando como guía.

La combinación se parece menos a una brújula simple y más a un sistema de navegación redundante. En noches despejadas, las polillas pueden apoyarse en el cielo. Si las condiciones visuales fallan, el campo magnético puede actuar como respaldo. Es una solución sorprendente para un insecto con un cerebro minúsculo, pero perfectamente lógica para un viaje nocturno, largo y peligroso.

El estudio también observó respuestas neuronales a los cambios en el cielo artificial. Según The Guardian, los investigadores registraron actividad cerebral en las polillas y encontraron neuronas sensibles a distintas orientaciones del cielo nocturno, especialmente cuando la configuración correspondía a direcciones relevantes para su migración.

Ese punto abre una puerta enorme para la neurobiología. No hace falta un cerebro grande para construir un mapa útil del mundo. A veces alcanza con un sistema nervioso pequeño, especializado y afinado por millones de años de presión evolutiva.

También hay una lectura tecnológica inevitable. Comprender cómo un insecto interpreta patrones celestes débiles, en movimiento y con poca luz podría inspirar sistemas de navegación para drones o robots capaces de operar cuando el GPS no está disponible. La naturaleza ya resolvió ese problema en un cuerpo de pocos gramos.

Bajo amenaza: conservar el cielo para no perder el rumbo

El hallazgo llega en un momento delicado para la especie. Las polillas bogong han sufrido fuertes descensos poblacionales en Australia, y aparecen vinculadas a amenazas como sequías, incendios, pérdida de hábitat, cambios climáticos y contaminación lumínica. Alpine Resorts Victoria las describe como una especie vital para los ecosistemas alpinos y la cultura local, hoy en situación de riesgo.

El problema de la luz artificial es especialmente inquietante después de este estudio. Si un animal usa el cielo nocturno como mapa, iluminar ese cielo no es un detalle: es alterar su sistema de navegación. Un informe del National Environmental Science Program sobre la polilla bogong ya señalaba que la contaminación lumínica puede interferir con su migración, aunque su peso relativo frente a otros factores todavía necesita más investigación.

Warrant lo resumió con una advertencia sencilla: es fundamental proteger a este navegante y garantizarle rutas migratorias seguras y cielos oscuros.

La polilla bogong no mira las estrellas como nosotros, pero depende de ellas. En su vuelo nocturno hay una lección incómoda: al encender cada vez más el planeta, quizá estamos borrando mapas que otros animales llevan millones de años usando. Y algunos de esos mapas recién ahora estamos aprendiendo a leer.

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