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Tecnología

Tokio tiene un “templo” bajo tierra que casi ningún turista ve, pero millones necesitan que funcione. La catedral de hormigón que frena inundaciones cuando el cielo se rompe sobre Japón

A unos 50 metros bajo Kasukabe, al norte de Tokio, el Canal de Descarga Subterráneo Exterior del Área Metropolitana funciona como una defensa monumental contra inundaciones. Con túneles de 6,3 kilómetros, cinco enormes pozos y una cámara sostenida por 59 columnas de hormigón, esta “catedral subterránea” japonesa muestra cómo una megaciudad puede prepararse para lluvias extremas sin que casi nadie lo note.
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Tokio vibra en la superficie, pero parte de su seguridad se juega bajo tierra. Lejos de los cruces luminosos, los trenes imposibles y los barrios que llenan las guías turísticas, existe una infraestructura que parece diseñada para una película de ciencia ficción: una sala gigantesca de hormigón, sostenida por columnas monumentales, construida para recibir el agua cuando la lluvia amenaza con desbordarlo todo.

Su nombre oficial es Canal de Descarga Subterráneo Exterior del Área Metropolitana, aunque suele conocerse como G-Cans o como el “templo subterráneo”. Está en Kasukabe, prefectura de Saitama, a unos 20 millas del centro de Tokio, y fue construido para reducir el riesgo de inundaciones en una región baja y vulnerable durante la temporada de lluvias y tifones. Según la Organización Nacional de Turismo de Japón, la instalación se encuentra a 50 metros de profundidad y se extiende a lo largo de 6,3 kilómetros.

G-Cans: una catedral hidráulica bajo Tokio

La ciudad que Tokio oculta bajo tierra: un templo sin fieles que protege millones de vidas
© flickr / Mayuki Sawatari.

Oficialmente llamado Canal de Descarga Subterráneo Exterior del Área Metropolitana, el G-Cans parece una obra pensada para impresionar, pero nació de una necesidad muy concreta: evitar que los ríos y canales del área metropolitana se desborden durante lluvias intensas. Japón lo construyó entre 1993 y 2006 como una de las mayores instalaciones subterráneas de desvío de agua del mundo.

La parte más famosa es su tanque de presión, una sala gigantesca que muchos comparan con una catedral. Reuters la describe como un complejo subterráneo con 59 columnas de hormigón, cada una de unas 500 toneladas y 18 metros de altura, dentro de una estructura capaz de almacenar una cantidad de agua comparable a casi 100 piscinas olímpicas.

La imagen es poderosa porque contradice lo que uno espera de una obra de drenaje. No hay vitrales, altares ni fieles, pero sí una solemnidad extraña: columnas alineadas, techos altísimos, penumbra y la sensación de estar dentro de un edificio religioso construido para una sola divinidad moderna: el agua descontrolada.

Cómo funciona esta ciudad que nadie habita

El sistema funciona como una ruta de escape para el exceso de agua. Durante lluvias fuertes, el agua entra por enormes pozos verticales, circula por túneles subterráneos y llega al tanque de presión antes de ser bombeada hacia el río Edogawa. Según Japan Travel, el complejo cuenta con cinco grandes pozos conectados por túneles y está diseñado para desviar el agua de tormentas intensas lejos de las zonas urbanas vulnerables.

Reuters explica que, cuando los ríos cercanos se desbordan, el agua recorre los 6,3 kilómetros de túneles antes de acumularse en el depósito. Desde allí, el sistema la bombea de forma controlada hacia el Edogawa y finalmente hacia el mar. En agosto de 2024, durante las lluvias asociadas al tifón Shanshan, la instalación volvió a activarse para proteger una cuenca vulnerable del área metropolitana.

No es una ciudad habitable, pero sí una ciudad funcional: pozos, túneles, cámaras, bombas, pasarelas y salas técnicas trabajando para que la superficie siga pareciendo normal. Ahí está su rareza. Cuando el G-Cans funciona bien, casi nadie lo nota. Su éxito consiste precisamente en evitar que el desastre se vuelva visible.

Una joya de la ingeniería aún desconocida

La ciudad que Tokio oculta bajo tierra: un templo sin fieles que protege millones de vidas
© flickr / Mayuki Sawatari.

Aunque parezca mentira, esta maravilla tecnológica está abierta al público cuando no está operando por lluvias o inspecciones. El Ministerio de Tierra, Infraestructura, Transporte y Turismo de Japón la incluye dentro de sus rutas de “infraestructura turística”, con visitas al museo subterráneo RyuQkan y distintos recorridos por la instalación.

La oficina de turismo de Saitama también ofrece recorridos por el llamado “Underground Shrine Course”, centrado en el tanque principal, además de rutas más largas que incluyen pozos verticales, salas de bombeo e incluso partes internas del sistema. Las visitas requieren reserva y pueden modificarse o cancelarse según el clima o las condiciones de operación.

Aun así, el G-Cans no ocupa el mismo lugar en el imaginario turístico que Shibuya, Asakusa o Akihabara. Y quizá por eso resulta tan fascinante: no es un monumento pensado para ser fotografiado, sino una infraestructura que terminó pareciendo monumental por la escala de su misión. Japan Travel señala que el lugar también ha sido usado como escenario para películas, comerciales y videojuegos, precisamente por esa atmósfera de otro planeta.

Tecnología con alma: una respuesta silenciosa al cambio climático

El G-Cans ya no puede entenderse solo como una obra contra inundaciones del siglo XX. También forma parte de una conversación mucho más actual: cómo deben adaptarse las ciudades a lluvias más intensas, repentinas y difíciles de gestionar. Reuters informó en 2024 que Tokio está ampliando y reforzando su red subterránea de control de agua ante el aumento de precipitaciones extremas asociadas al calentamiento global.

El dato económico también ayuda a medir su importancia. Según estimaciones del Ministerio de Tierra recogidas por Reuters, el complejo costó unos 230.000 millones de yenes y, desde su entrada en funcionamiento en 2006, habría evitado más de 150.000 millones de yenes en daños por inundaciones. Aun así, las lluvias extremas de 2023 mostraron que el sistema no alcanza para todo: más de 4.000 hogares de la cuenca sufrieron inundaciones, lo que impulsó nuevas obras de refuerzo.

Esa es la lección menos turística y más importante del G-Cans. Las ciudades del futuro no se van a proteger solo con edificios más altos o avenidas más limpias, sino con infraestructuras invisibles capaces de absorber golpes cada vez más bruscos. Bajo Kasukabe, el hormigón, las bombas y los túneles recuerdan algo sencillo: a veces, la tecnología más decisiva no es la que deslumbra en la superficie, sino la que trabaja en silencio para que la ciudad pueda seguir respirando.

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