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Ciencia

El Gran Agujero Azul de Belice no es solo una cavidad de 125 metros en medio del Caribe. Sus sedimentos conservan 5.700 años de huracanes y una advertencia sobre el futuro del océano

Un núcleo de sedimento de 30 metros permitió reconstruir 574 tormentas tropicales ocurridas durante casi seis milenios. La formación también conserva las huellas de una antigua cueva terrestre y refleja las amenazas que afrontan los arrecifes del Caribe.
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En medio de las aguas turquesas del Caribe aparece un círculo tan oscuro que parece abrirse hacia otra parte del planeta. Es el Gran Agujero Azul de Belice, una cavidad submarina que durante décadas ha atraído a buceadores y exploradores, pero cuyo verdadero valor científico se encuentra mucho más abajo.

Con aproximadamente 300 metros de diámetro y 125 metros de profundidad, esta formación situada en el atolón Lighthouse Reef conserva restos de una antigua cueva terrestre, estalactitas formadas cuando el nivel del mar era mucho más bajo y capas de sedimento capaces de reconstruir miles de años de historia climática.

Según explica el Observatorio de la Tierra de la NASA, el agujero se formó inicialmente sobre tierra firme, cuando una gran parte del agua del planeta permanecía atrapada en los glaciares. El posterior ascenso del nivel del mar inundó la cavidad y dejó sus formaciones minerales sumergidas bajo decenas de metros de agua.

Una antigua cueva convertida en archivo climático

Un misterio en las profundidades que podría cambiar lo que sabemos del océano
© Shutterstock / Mlenny.

Las estalactitas que cuelgan de las paredes ofrecen una prueba evidente de que el lugar estuvo alguna vez expuesto al aire. Estas estructuras solo pueden desarrollarse cuando el agua cargada de minerales gotea lentamente dentro de una cueva seca.

Sin embargo, el hallazgo más revelador no procede de sus paredes, sino de su fondo. En 2022, un equipo internacional trasladó una plataforma de perforación hasta el centro del agujero y extrajo un núcleo de sedimento de 30 metros de longitud.

Tal como detalla un estudio publicado en Science Advances, el fondo contiene capas finas que se han depositado casi sin alteraciones gracias a la falta de oxígeno y a la estratificación de sus aguas. Su estructura funciona de una manera parecida a los anillos de un árbol: cada capa permite reconstruir las condiciones ambientales de un momento concreto.

La secuencia completa conserva sedimentos acumulados durante aproximadamente 20.000 años. No obstante, los últimos 5.700 años resultan especialmente valiosos porque corresponden a la etapa en la que el agujero quedó completamente conectado con el mar y comenzó a registrar de forma regular las tormentas que atravesaban la región.

El fondo conserva las huellas de 574 tormentas

Cuando un ciclón tropical pasa cerca del atolón, las olas y las marejadas arrancan partículas gruesas del arrecife y las transportan hacia el interior de la cavidad. Estos materiales forman capas claras, conocidas como tempestitas, que se distinguen de los sedimentos más finos acumulados durante los periodos tranquilos.

Según indica la Universidad Goethe de Frankfurt, los investigadores identificaron y fecharon 574 episodios de tormentas tropicales y huracanes durante los últimos 5.700 años. Se trata del registro continuo y con resolución anual más largo disponible para estudiar la frecuencia de ciclones en el Atlántico.

Hasta ahora, las observaciones meteorológicas y los documentos históricos apenas permitían estudiar los últimos 175 años. El Gran Agujero Azul amplía ese periodo varios milenios y permite diferenciar las fluctuaciones naturales de los cambios recientes relacionados con el calentamiento global.

Los datos muestran que la frecuencia de las tormentas aumentó de forma gradual durante el Holoceno. Los investigadores relacionan parte de esta tendencia con el desplazamiento hacia el sur de la Zona de Convergencia Intertropical y con variaciones de la temperatura superficial del Atlántico.

Sin embargo, el incremento de las últimas décadas destaca incluso dentro de esa tendencia prolongada. De acuerdo con la Universidad de Colonia, las capas más recientes indican una frecuencia varias veces superior a la observada en buena parte del registro antiguo, un máximo que los autores consideran compatible con el cambio climático provocado por la actividad humana.

El equipo calcula que alrededor de 45 tormentas tropicales y huracanes podrían atravesar la zona durante el siglo XXI, frente a los cuatro a dieciséis episodios por siglo registrados durante la mayor parte de los últimos seis milenios. Los propios investigadores advierten que se trata de una proyección basada en el ritmo reciente, no de una predicción exacta de cada futura tormenta.

El agujero forma parte de un ecosistema mucho mayor

Un misterio en las profundidades que podría cambiar lo que sabemos del océano
© Shutterstock / Mlenny.

El Gran Agujero Azul no es un ecosistema aislado. Forma parte del Sistema de Reservas de la Barrera del Arrecife de Belice, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1996.

Según señala la organización, esta red reúne arrecifes, atolones, manglares, lagunas costeras y estuarios que sirven de hábitat para tortugas marinas, manatíes, cocodrilos americanos y numerosas especies amenazadas. Es, además, el mayor complejo de arrecifes del Atlántico y el Caribe.

El fondo profundo del agujero contiene muy poco oxígeno y una capa de sulfuro de hidrógeno que limita drásticamente la vida en sus zonas inferiores. Durante las exploraciones también se encontraron residuos plásticos, una señal de que ni siquiera una cavidad alejada decenas de kilómetros de la costa permanece completamente protegida de la actividad humana.

No existen, por ahora, evidencias suficientes para afirmar que el Gran Agujero Azul haya proporcionado nuevas especies con aplicaciones médicas concretas. Su importancia científica mejor documentada está en su geología, en sus sedimentos climáticos y en el valor ecológico del arrecife que lo rodea.

Una advertencia escrita bajo el mar

La UNESCO identifica el aumento de la temperatura del agua, la acidificación, el ascenso del nivel del mar, el blanqueamiento de los corales y las tormentas más intensas como algunas de las principales amenazas para el arrecife de Belice. A estas presiones se suman el desarrollo costero, la contaminación y la explotación excesiva de los recursos marinos.

El Gran Agujero Azul cuenta así dos historias al mismo tiempo. Sus estalactitas recuerdan un mundo en el que el nivel del mar era mucho más bajo, mientras que sus sedimentos muestran cómo los huracanes han cambiado durante casi seis milenios.

Lo que desde el aire parece únicamente un círculo oscuro es, en realidad, uno de los archivos climáticos más precisos del Caribe. Y las últimas páginas de ese archivo contienen una señal difícil de ignorar: las tormentas están dejando sus marcas con una frecuencia que el agujero apenas había registrado en miles de años.

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